Mitos de la creación de dinero en la Escuela Austríaca

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Sara de Mingo Fernández

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Introducción

Durante los últimos meses me he dado cuenta de que nadie ha expli­cado debidamente cómo funciona el proceso de creación de dinero de la nada por parte de los bancos. Algunos autores, como Jesús Huerta de Soto, ofrecen una descripción bastante detallada, pero que termina siendo confusa al mezclar ideas. En este texto intentaré explicar de forma muy sencilla cómo se crea el dinero de la nada, para que pueda enten­derlo cualquier persona sin necesidad de tener conocimientos previos; y expondré algunos errores que cometen diversos teóricos de la Escuela Austríaca.

Según el profesor Huerta de Soto, se crea dinero de la nada con el simpl­e hecho de que los banqueros se apropien indebidamente del dinero que sus clientes depositan a la vista, y se lo presten a otras personas o lo inviertan en sus negocios particulares. En realidad, si los banqueros se limitaran a hacer esto no estarían creando ningún dinero de la nada, sino tan solo redistribuyendo el dinero ya existente. Para que efectivamente se cree dinero de la nada es necesario que los banqueros lo falsifiquen, y pongan así en circulación más dinero del que realmente existe. Pero vamos a explicar esto con detalle, y a ver cuáles son los posibles procedimientos que pueden seguir los banqueros cuando una persona deposita dinero en sus bancos.

Para empezar, hay que tener en cuenta que los depósitos que reciben los banqueros pueden ser depósitos a plazo o depósitos a la vista. Un depósito a la vista es aquel en el que el depositante (o persona que lleva el dinero al banco) sabe que podrá retirar su dinero en el momento que quiera. Un depósito a la plazo es aquel en el que el depositante acuerda con el banquero una fecha de retirada, sabiendo que no podrá sacar su dinero hasta ese momento, salvo que esté dispuesto a pagar una penalización.

Cuando una persona lleva su dinero a un banco y lo deposita a la vista (sabiendo que de este modo podrá retirarlo cuando quiera), el banquero puede hacer dos cosas completamente diferentes, de las cuáles depende que se cree o no se cree dinero de la nada.

-En caso de que el banquero preste el dinero del depositante, y a su vez le entregue algún tipo de instrumento que pueda utilizar como medio de pago en cualquier sitio —como por ejemplo una cuenta asociada a una tarjeta bancaria, a un talonario, etc—, estará creando dinero de la nada.

-En caso de que el banquero preste el dinero del depositante, pero no le entregue ningún tipo de objeto que pueda utilizar como medio de pago en cualquier sitio —simplemente le de un recibo o acuerde con él que le devolverá su dinero en cuanto vaya a retirarlo, tal y como está estipulado con los depósitos a la vista—, entonces no estará creando dinero de la nada.

Si el banquero únicamente entrega al depositante una libreta, pero no la asocia a ningún tipo de tarjeta bancaria u otros instrumentos con los que el depositante pueda efectuar pagos desde cualquier sitio (de la misma manera que si llevara su propio dinero), entonces no crea ningún medio de pago de la nada.

Tanto en el primer escenario como en el segundo, el depositante tiene garantizada la disponibilidad inmediata de su dinero en cuanto vaya al banco a retirarlo; sólo que en el primer caso también podrá efectuar pagos (mediante tarjeta bancaria, extendiendo un cheque, etc) sin necesidad de sacar previamente su dinero del banco, y en el segundo caso el depositante tendrá que ir a retirar el dinero antes de poder utilizarlo.

Aunque pueda parecer que los dos casos son idénticos, porque en ambos el depositante mantiene —en teoría— la disponibilidad inmediata de su dinero, en realidad son muy diferentes, por lo que vamos a ver más detenidamente cada uno de ellos.

Cuándo sí se crea dinero de la nada

Volvamos al primer caso, y supongamos que un depositante lleva 100 euros al banco. Entonces el banquero le abre una cuenta a su nombre por valor de 100 euros y la asocia a una tarjeta con la que puede realizar pagos sin necesidad de sacar el dinero del banco. El depositante ahora dispone de un saldo de 100 euros virtuales con los que puede hacer pagos mediante su tarjeta bancaria, pero los 100 euros en efectivo ya no los tiene físicamente, porque están en el banco. Hasta ahora no hay ningún tipo de creación de dinero, ya que el depositante sigue teniendo los mismos 100 euros que antes, solo que materializados de una forma diferente.

El problema surge cuando el banquero, amparándose en el sistema de reserva fraccionaria (que permite prestar el dinero de los depositantes) aunque constituya una violación de los principios generales del derecho, se apropia indebidamente de los 100 euros del depositante y se los presta a otra persona (el prestatario). En ese momento se produce una multiplicación de los medios de pago existentes, pues el prestatario recibe los 100 euros en efectivo del depositante, y al mismo tiempo el depositante puede realizar pagos virtuales por valor de 100 euros con su tarjeta bancaria. Vemos entonces cómo el prestatario dispone ahora de los 100 euros en efectivo del depositante, y a su vez éste dispone de 100 euros que ha falsificado el banco.

Más adelante veremos que, en realidad, tanto el depositante como el prestatario reciben el dinero como un ingreso en sus cuentas bancarias, mientras que el dinero originalmente depositado permanece en el banco; pero por ahora nos quedamos con este ejemplo, donde el prestatario recibe los 100 euros en efectivo del depositante.

La creación de dinero en este caso es evidente, tal y como afirma Jesús Huerta de Soto en su libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos.

      La materialización de este dinero es muy distinta según consideremos el caso del que recibe el préstamo(Z), o el del que ha realizado los depósitos (X). En efecto, Z dispone de novecientas mil unidades físicas de dinero (por ejemplo, en forma de dinero mercancía o de papel moneda o dinero fiat), mientras que el depositante X tiene una cuenta corriente de depósito por importe de un millón de u.m. Es preciso insistir en que los depósitos a la vista son, a todos los efectos, como las unidades físicas, es decir, que son sustitutos monetarios perfectos. El depositante puede utilizarlos para efectuar pagos en cualquier momento mediante la emisión del correspondiente cheque o talón en el que escribe la cifra que desea pagar y da orden al banco para que efectúe el pago. (Pág. 151).

       Es decir, que el prestatario dispone del dinero en efectivo del depositante y, a su vez, éste tiene otro objeto que le permite realizar compras de la misma manera que si llevara su propio dinero. En este sentido, tanto el cheque o el talón como la tarjeta bancaria —que el depositante utiliza como si fuera su propio dinero—, no es sino una falsificación de éste. Todos estos instrumentos de pago permiten que se utilice un dinero virtual que, como dicen Mises y el profesor Huerta de Soto, son sustitutos monetarios perfectos, puesto que cumplen las mismas funciones que el dinero, aún sin serlo.

Una persona puede realizar un pago de 100 a otra persona mediante su tarjeta bancaria (que se quedará a 0), y la que recibe el pago podrá hacer posteriormente un pago (dejando su tarjeta a 0) a otra persona, que verá los 100 euros incrementados en el saldo de su cuenta, sin que en ningún momento se haya movido ni un solo euro de verdad. Del mismo modo, una persona puede extender a otra un cheque por valor de 100 euros, y a su vez esta persona puede entregárselo a otra a cambio de un bien o servicio, sin necesidad de que los euros reales se muevan de sitio.

Si no fuera por las tarjetas bancarias, los cheques, y demás instrumentos de pago, no podríamos transferir el saldo virtual de unas cuentas a otras; y por lo tanto sería como si los sustitutos monetarios (el saldo virtual) no existieran. Todos iríamos al banco a retirar nuestro dinero en efectivo, y entonces nos daríamos cuenta de que el banco solo dispone de una pequeñísima parte de lo que ha anotado en nuestras cuentas bancarias. Gracias a las tarjetas, los talonarios, etc, podemos utilizar íntegramente el saldo virtual de nuestras cuentas. Si no fuera por todos esos instrumentos de pago, los sustitutos monetarios (el saldo virtual) no podrían circular, y entonces sería como si no existieran. Solo nos quedaría nuestro dinero en efectivo, de tal forma que el número 1000 de las cuentas bancarias se quedaría en un 100, porque sería la máxima cantidad que podríamos extraer de los bancos.

Las tarjetas bancarias, los cheques, etc, son la representación física de los sustitutos monetarios; si no hay tarjetas bancarias tampoco hay sustitutos monetarios (saldo virtual). Hay dinero en efectivo, pero es un porcentaje muchísimo menor. Todos los sustitutos monetarios (materializados en forma de cheques, tarjetas de crédito, etc) son anotaciones que el banquero hace en la cuenta del depositante, asegurándole que serán cambiados por dinero en efectivo en cuanto regrese a por él, si es que no se lo gasta mediante su tarjeta. En ese caso, se lo canjeará a la persona que haya recibido el ingreso.

Igual que el banquero hace esto, también podría escribir un número en la cuenta del depositante, y a continuación entregarle unos cuantos billetes del Monopoly. Vemos entonces que es esencial que el banquero le entregue al depositante algún tipo de instrumento de pago (los billetes del Monopoly, una tarjeta bancaria, o lo que sea) con el que pueda utilizar el saldo (los sustitutos monetarios) de su cuenta. De lo contrario, cuando el depositante quiera utilizar su dinero, tendrá que ir al banco a sacarlo.

El depositante prefiere tener su dinero en forma de sustitutos monetarios (en forma de saldo virtual que pueda utilizar como medio de pago mediante su tarjeta bancaria) antes que llevarlo en efectivo; pero el depositante quiere que su dinero en efectivo permanezca en el banco, por si alguna vez prefiere devolver los sustitutos monetarios —dejando su cuenta a cero— y recuperar el dinero en efectivo. Si el banco, en lugar de conservarlo, se lo presta a otra persona, lo está falsificando o duplicando, porque está poniendo en circulación el mismo dinero dos veces. El depositante puede utilizar su tarjeta bancaria como medio de pago, y al mismo tiempo el prestatario puede hacer pagos con el dinero en efectivo de éste.

El banco promete la devolución de los depósitos a la vista en cualquier momento en el que sus depositantes regresen a por su dinero; el problema es que es posible que los prestatarios aún no hayan devuelto sus créditos, que en este caso es el dinero en efectivo de los depositantes. Si las demandas de conversión (o retiradas de dinero en efectivo) por parte de los depositantes son tan altas que los bancos quiebran, el Banco Central tiene que rescatarlos imprimiendo —y entregando a los bancos— tantos billetes como saldo virtual quede en las cuentas de los depositantes (o de las personas que hayan recibido pagos con tarjeta por parte de estos), ya que ahora quieren canjear el saldo virtual de sus cuentas bancarias por dinero en efectivo.

Todo este dinero que el Banco Central imprime, es un dinero que ya estaba antes en circulación, sólo que materializado de una forma diferente (como saldo virtual en las cuentas bancarias de la gente). Cuando el Banco Central entrega los nuevos billetes a los bancos y estos se los devuelven a los depositantes, no aumenta la cantidad de medios de pago en circulación, porque estos simplemente se ven plasmados de otra manera diferente. Las cuentas bancarias de la gente quedan a cero al canjear su saldo por dinero en efectivo. No hay creación de dinero (aunque los billetes que reciben los depositantes están recién impresos), ya que la cantidad de medios de pago existentes sigue siendo la misma que había antes. Fueron los bancos privados los que crearon el dinero de la nada, al emitir los sustitutos monetarios que ahora simplemente han sido canjeados por billetes.

Posteriormente, a medida que los prestatarios van devolviendo los préstamos a los bancos, estos a su vez pueden ir devolviendo al Banco Central el dinero que éste les prestó al efectuar el rescate, reduciéndose la cantidad de dinero en circulación y volviendo a la situación inicial.

En cualquier caso, siempre que los bancos entregan sustitutos monetarios perfectos al depositante —mientras prestan su dinero a otra persona— aumenta la cantidad de medios de pago existentes, al ponerse en circulación un dinero extra. Si los prestatarios son capaces de devolver sus créditos a los bancos, éstos a su vez podrán devolver el dinero a sus depositantes, que canjearán los sustitutos monetarios (dejando sus cuentas bancarias a cero) por su dinero en efectivo. Si los prestatarios no devuelven el dinero a tiempo, y el Banco Central tiene que rescatarlos, imprimirá unos billetes que luego los banqueros utilizarán para canjear los sustitutos monetarios de sus depositantes y, cuando ya los prestatarios devuelvan sus créditos, los bancos podrán devolver a su vez el dinero al Banco Central, reduciéndose nuevamente la oferta monetaria hasta regresar a la situación inicial.

Cuándo no se crea dinero de la nada:

Vayamos ahora al segundo caso —aquel en el que el depositante no dispone de ningún instrumento de pago, y por lo tanto tampoco dispone de sustitutos monetarios—, y supongamos que una persona lleva 100 euros al banco, con intención de depositarlos a la vista. Entonces el banquero le abre una cuenta a su nombre por valor de 100 euros, y simplemente le da un recibo o le dice que en cuanto quiera podrá ir al banco a retirarlos; pero no le facilita ningún tipo de tarjeta bancaria ni de instrumento de pago. Cuando el depositante ya se ha ido, el banquero se apropia indebidamente de sus 100 euros y se los presta a otra persona durante un plazo de tiempo definido de, por ejemplo, un año.

En ese momento se produce una redistribución del dinero existente, en la que los 100 euros del depositante los recibe el prestatario. El depositante, que no dispone de ninguna tarjeta ni de ningún tipo de instrumento de pago, tiene que retirar en efectivo su dinero del banco si es que quiere utilizarlo. Cuando esto ocurre, el banquero simplemente le entrega el dinero de otro depositante, que lo pierde en favor del anterior.

Se puede apreciar claramente la diferencia con el otro caso, en el que el depositante podía realizar pagos con su tarjeta por valor de 100 euros, sin necesidad de sacarlos previamente del banco, ni de llevarse el dinero de otra persona.

No obstante, según el profesor Huerta de Soto también hay creación de dinero de la nada en este caso; donde el banquero entrega al prestatario el dinero del depositante, sin facilitarle a éste ningún tipo de instrumento de pago. El profesor defiende que contablemente existen 100 euros en forma de sustitutos monetarios (saldo virtual) que se encuentran a disposición inmediata del depositante, y otros 100 de los que dispone físicamente el prestatario. Pero es que, en realidad, el depositante no tiene sustitutos monetarios, porque no dispone de tarjeta bancaria.

Es evidente que físicamente sigue habiendo solo 100 euros, porque el depositante no dispone de ningún tipo de instrumento de pago que simule 100 más, como ocu- rría en el caso anterior. Entonces, el término creación de dinero en este caso es incorrecto, aunque el profesor Huerta de Soto lo utilice simbólicamente al considerar que los prestatarios están recibiendo el dinero de los depositantes sin que estos a su vez lo hayan ahorrado. Para él, los depositantes no están ahorrando el dinero que mantienen depositado a la vista, puesto que tienen una disponibilidad continua sobre él, y por lo tanto es un dinero que los banqueros no deben prestar. Puesto que los depositantes no han renunciado a la disponibilidad inmediata de su dinero, si ahora los banqueros se lo prestan a otras personas, generan una doble disponibilidad.

Nada de esto es cierto, porque en realidad los depositantes sí están ahorrando su dinero, y renunciando a la disponibilidad inmediata que tienen sobre el mismo; aunque esté depositado a la vista. Vamos a analizar por qué todos los depositantes ahorran el dinero que mantienen en los bancos, y por qué entonces no hay creación de dinero de la nada aunque los banqueros lo presten, siempre y cuando no emitan sustitutos monetarios.

Ya hemos visto que, según el profesor Huerta de Soto, el depositante no renuncia a la disponibilidad inmediata de su dinero, puesto que continuamente lo tiene disponible y puede sacarlo cuando quiera. Sin embargo, igual que podemos verlo bajo esta perspectiva, también podemos verlo bajo la perspectiva contraria. Entonces nos daremos cuenta de que cada segundo que un depositante mantiene su dinero en el banco está renunciando a la disponibilidad inmediata del mismo —ya que podría ir a sacarlo si quisiera—, y de que por lo tanto lo está ahorrando voluntariamente. El depositante, en realidad, renuncia a su dinero hasta el mismo momento en que va a retirarlo; y si va a retirarlo a los cuatro meses de haber realizado el depósito, durante todo ese tiempo ha estado ahorrando su dinero.

La condición sine qua non para producir bienes de capital es el ahorro, entendido como la renuncia al consumo inmediato”. (Jesús Huerta de Soto en la pág. 219 de su libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

El hecho de que esos cuatro meses de renuncia no sean suficientes para que el prestatario devuelva el préstamo (si, por ejemplo, el banco le ha concedido el préstamo a un año), no implica que el dinero no haya sido ahorrado durante cuatro meses, aunque no sea suficiente para cubrir todo el plazo que dura el préstamo. Cuando el depositante va a retirar de forma inesperada su dinero a los cuatro meses, el banquero (que no presta todos los depósitos que recibe, como veremos más adelante) simplemente le entrega el dinero de otro depositante que ha renunciado a retirarlo hasta esa fecha. Y, si también éste quiere retirar su depósito, el banquero le entregará el de otro depositante, y así hasta que el prestatario devuelva el préstamo, y el banco pueda devolver su dinero al último depositante al que se lo quitó para pagar al anterior. En definitiva, siempre hay depositantes que renuncian voluntariamente a su dinero (porque, de lo contrario, el banco quebraría), el cual utilizan los bancos para pagar a esos otros que lo requieren de inmediato.

El dinero que los banqueros entregan al depositante inicial no es un dinero creado de la nada, porque previamente ya existía y lo estaban ahorrando los otros depositantes por el mero hecho de mantenerlo en el banco. Cuando el banquero les quita el dinero para dárselo al otro depositante, no se genera una doble disponibilidad, porque estos depositantes lo pierden. El profesor Huerta de Soto defiende que sí la hay, porque subjetivamente siguen creyendo que todavía tienen la disponibilidad de su dinero. Pero no la tienen porque, si van al banco a retirarlo, les entregarán a su vez el dinero de otras personas; de modo que éste siempre se reparte (hasta que en algún momento se acabe), nunca se crea o se fabrica. Para que haya doble disponibilidad tiene que ponerse en circulación un dinero extra —los sustitutos monetarios—, de modo que una persona utilice estos, y la otra el dinero originalmente depositado. De este modo, no será necesario que se realice ningún tipo de reparto —como el que acabamos de ver—, porque las personas que han recibido sustitutos monetarios no necesitarán que les den el dinero de otras personas. Por lo tanto, y aunque el profesor Huerta de Soto defienda lo contrario, no hay creación de dinero de la nada cuando se      prestan los depósitos a la vista; siempre y cuando no se emitan sustitutos monetarios. O, dicho de otro modo, siempre y cuando los depositantes no dispongan de tarjetas bancarias u otros instrumentos de pago (la representación física de los sustitutos monetarios).

No obstante, la motivación del contrato de depósito a la vista siempre es de guarda o custodia, y por lo tanto constituye un delito que los banqueros se apropien del dinero de sus depositantes. El hecho de que estos no lo estén utilizando en ese momento, no legitima a los banqueros para apropiarse de él y prestarlo. Si aún así lo hacen, los préstamos estarán basados en un ahorro real y voluntario, pues nadie obliga a los depositantes a renunciar al consumo y a mantener su dinero en el banco. Además, al contrario que en el caso que vimos antes, donde los depositantes podían utilizar sustitutos monetarios mientras los prestatarios disponían de su dinero (y por lo tanto no existía ninguna necesidad de ahorro ni de sacrificio por parte de nadie), aquí los bancos sí que precisan de la renuncia o ahorro por parte de sus depositantes para seguir funcionando pues, si van a retirar su dinero todos a la vez (al no disponer de sustitutos monetarios que puedan utilizar mientras los prestatarios tienen su dinero), obviamente no tardan en quebrar.

En este caso, si el Banco Central quisiera rescatarlos, tendría que imprimir unos billetes —de nueva creación— que los bancos pondrían en circulación en el momento de devolvérselos a los depositantes. Puesto que en esta ocasión los bancos no llegaron a emitir sustitutos monetarios, los billetes recién impresos serían de nueva creación, ya que no estarían reemplazando a un dinero previamente existente. Pero estos billetes no estarían creados por los bancos (los únicos medios de pago que pueden crear los bancos son los sustitutos monetarios), sino por el Banco Central al imprimirlos. Posteriormente, cuando los prestatarios devuelvan los préstamos, los banqueros podrán a su vez devolver al Banco Central el dinero que éste les prestó, reduciéndose de nuevo la cantidad de dinero en circulación hasta regresar a la situación inicial.

Si bien —en el anterior capítulo— vimos cómo los bancos privados creaban dinero de la nada (al entregar sustitutos monetarios perfectos a los depositantes), en este caso hemos visto que es el Banco Central el que literalmente lo crea, al imprimir los billetes necesarios para que los bancos puedan devolver el dinero que deben. Pero, hasta que llega el momento del rescate (pudiendo transcurrir incluso años sin que ningún banco lo necesite), no se produce ningún tipo de subida de precios ni de inflación generalizada, ya que la cantidad de dinero existente no varía, independientemente de cómo se reparta. Por eso, mientras que los bancos privados no emitan sustitutos monetarios, no crean ningún tipo de medio de pago de la nada, aunque presten el dinero que sus clientes depositan a la vista.

Aquí entendemos, por lo tanto, la posición del profesor Juan Ramón Rallo respecto a los préstamos a la vista; que deberían poder prestarse aunque no tengan un plazo de devolución claramente establecido.

En los préstamos a la vista, el cliente presta su dinero al banco con la intención de cobrar un interés y de poder retirarlo en el momento en que desee. Por lo tanto, es lógico que también el banquero pueda prestar el dinero de su cliente, siempre que lo haga a corto plazo y respetando la teoría de la liquidez, pues no sabe en qué momento se presentará en el banco para recuperarlo. En los depósitos a la vista, por el contrario, el cliente lleva al banco su dinero con la intención de que no salga de ahí. La motivación del depositante siempre es de guarda o custodia (salvo que se trate de un depósito a plazo, que constituye un verdadero préstamo del cliente al banco), y por lo tanto su dinero no debe ser prestado bajo ningún concepto. Pero, tal y como hemos dicho, sí debe (o puede) ser prestado en caso de que sea un préstamo del cliente al banco, tanto si es a plazo como si es a la vista.

A fin de cuentas, los bancos privados no crearían ningún dinero de la nada si no fuera por la emisión de sustitutos monetarios perfectos (en forma de dinero virtual asociado a tarjetas bancarias, cheques, pagarés, etc), aún prestando a otras personas el dinero que a ellos les presten a la vista. Únicamente se limitarían a redistribuir el dinero existente, y no sería hasta el momento del rescate cuando se crearía el dinero de la nada, pero no por parte de los propios bancos privados, sino del Banco Central, que tendría que imprimir los billetes necesarios para rescatarlos.

Respecto a la doble disponibilidad:

Antes dijimos que un banco no presta todo el dinero que le llega, sino que conserva una fracción con la que tiene que hacer frente a la devolución de los depósitos que sus clientes quieran ir retirando. A ese porcentaje de dinero en efectivo que el banco conserva respecto del total que debe se le denomina coeficiente de caja. Supongamos, entonces, que un banco tiene un coeficiente de caja del 10%, es decir, que por cada 100 euros que recibe en efectivo, el banco guarda 10 y presta los otros 90 (también en efectivo). Luego veremos que, en realidad, por cada 100 euros en efectivo que recibe puede emitir hasta 1000 en forma de sustitutos monetarios (porque, en realidad, el banco no presta el dinero en efectivo de sus clientes, sino sustitutos monetarios), pero por ahora nos quedamos con este ejemplo:

Un banco tiene un coeficiente de caja del 10%, lo cual significa que el banco puede prestar en efectivo hasta el 90% del dinero que recibe, y que por lo tanto los depositantes solo pueden retirar el 10% de su dinero, que es lo que el banco no ha prestado. Vamos a suponer, además, que el banco no ha entregado a los depositantes ningún tipo de sustituto monetario, por lo que efectivamente estos solo conservan el 10% de su dinero (que es lo que el banco ha guardado), mientras que el otro 90% lo tienen los prestatarios. Entonces, tal y como se puede apreciar, la doble disponibilidad entre los depositantes y los prestatarios es nula. En ningún momento podrán utilizar el mismo dinero a la vez ya que, al no haberse emitido sustitutos monetarios —que permitirían al depositante utilizar su dinero mientras aún lo tiene el prestatario—, el dinero se encuentra repartido entre ambos.

No hay ninguna doble disponibilidad mientras que los depositantes estén utilizando el 10% de su dinero (o menos), y los prestatarios el 90% del dinero de los depositantes, porque en total está en circulación el 100% del dinero existente. La doble disponibilidad, precisamente, se produciría si los depositantes consiguieran utilizar el 11% de su dinero mientras que los prestatarios todavía dispusieran del 90% del mismo. Pero, como es imposible que tal cosa suceda; entonces esa doble disponibilidad (que haría que hubiese en circulación un 1% más de la cantidad de dinero originalmente existente) jamás llegará a materializarse, porque el banco no entregó a los depositantes ningún sustituto monetario que la hiciera posible. Si —ante la ausencia de sustitutos monetarios que permitan una doble disponibilidad— el depositante va al banco a retirar su dinero y aún lo tiene el prestatario, lo único que se produce es un descalce de plazos.

Todo esto implica que, para que el banco no quiebre, el conjunto de los depositantes tiene que estar renunciando voluntariamente a la retirada inmediata del 90% de su dinero o, dicho de otro modo, que tiene que estar ahorrando el 90% de su dinero, que es precisamente el que se ha entregado a los prestatarios. Por lo tanto, y aunque el profesor Huerta de Soto afirme lo contrario, no es cierto que se genere una doble disponibilidad entre los depositantes y los prestatarios cuando se presta el dinero procedente de los depósitos a la vista a menos, claro está, que el banco entregue sustitutos monetarios perfectos al depositante, para que los use mientras el prestatario dispone de su dinero.

En ese caso, puesto que el depositante utiliza su tarjeta bancaria (sustitutos monetarios) como medio de pago, y al mismo tiempo el prestatario utiliza el dinero en efectivo del depositante, sí existe una doble disponibilidad entre ambos. Pero esta doble disponibilidad termina en cuanto el depositante (o la persona que ha recibido pagos con tarjeta) va a canjear sus sustitutos monetarios al banco, que tendrá que entregarle el dinero en efectivo de otro depositante si es que el prestatario —debido a un descalce de plazos— aún no lo ha devuelto.

De este modo, toda la teoría de la liquidez que emplean los banqueros, tan solo se aplicará para establecer un coeficiente de caja (o porcentaje de reservas) lo suficientemente alto como para que puedan devolver a sus depositantes el dinero que les pidan. Si los banqueros son capaces de canjear por dinero en efectivo todos los sustitutos monetarios que las personas presentan, entonces ya no les afecta la desaparición de la doble disponibilidad que antes existía; cuando los depositantes aún estaban dispuestos a utilizar sustitutos monetarios mientras que los prestatarios tenían su dinero. Los banqueros en ningún momento intentarán limitar la doble disponibilidad emitiendo menos sustitutos monetarios; ya que estos les permiten multiplicar la cantidad de medios de pago en circulación sin esfuerzo, y sin verse luego expuestos a problemas de liquidez, debido a que la gente no suele canjear los sustitutos monetarios.

Esta conducta por parte de la gente lleva a los banqueros a pensar que la doble disponibilidad se va a mantener de forma permanente, y a emitir todavía más sustitutos monetarios, debiendo por lo tanto más dinero. O, dicho de otro modo, lleva a los bancos a bajar todavía más el coeficiente de caja y a efectuar los préstamos a plazos más largos, al creer que los depositantes seguirán sin retirar su dinero en efectivo. De esta forma se distorsionan las señales que utilizan los banqueros, que ya no pueden distinguir el ahorro real del que no lo es, porque la gente ya no necesita sacar su dinero del banco para poder utilizarlo. Evidentemente, siempre que exista una doble disponibilidad entre los depositantes y los prestatarios será porque no haya un ahorro real, ya que en ese caso ni siquiera se produciría. Pero esto a la teoría de la liquidez no le interesa saberlo mientras que los bancos no quiebren, y vayan haciendo frente a sus compromisos.

En total, continuamente estará en circulación prácticamente el 100% del dinero en efectivo existente (90% por parte de los prestatarios, más 10% aproximadamente por parte de los depositantes; teniendo en cuenta que será algo menos, porque si los depositantes quisieran retirar más del 10% de sus ahorros el banco quebraría), más todo el dinero virtual —sustitutos monetarios— que estén usando el 90% de los depositantes. Aparentemente estarán ahorrando su dinero al mantenerlo en el banco, pero en realidad estarán utilizando como medio de pago sus tarjetas bancarias. Si realmente los depositantes estuvieran ahorrando todo su dinero (sin sacarlo del banco y sin utilizar sus tarjetas), tan solo estaría en circulación el 90% del dinero que tendrían los prestatarios. Pero, como obviamente no es así, a ese 90% hay que sumarle los sustitutos monetarios que estén utilizando los depositantes. Si el 100% de ellos está utilizando sus sustitutos monetarios, la cantidad de medios de pago en circulación asciende al 190%; y la doble disponibilidad existente entre depositantes y prestatarios es del 90%.

En definitiva, si el coeficiente de caja del banco es del 10%, y por lo tanto presta en efectivo el 90% del dinero que recibe —entregando a su vez sustitutos monetarios a los depositantes—, la cantidad total de medios de pago susceptibles de estar en circulación será del 190%; de los cuales 90 corresponderán al dinero en efectivo originalmente existente (entregado a los prestatarios), y los otros 100 serán sustitutos monetarios (entregados a los depositantes). De este modo, se superará el 100% de dinero en efectivo del que se partía, y se duplicará la cantidad de medios de pago en circulación.

El caso de los depósitos a plazo:

Los depósitos a plazo, al contrario de lo que ocurre con los depósitos a la vista, constituyen verdaderos préstamos que los clientes hacen a los bancos, a pesar de llamarse “depósitos”. Mientras que en el depósito a la vista los depositantes renuncian a retirar su dinero durante un plazo indefinido (durante el cuál los banqueros no deberían prestarlo, porque la motivación de los depositantes es de guarda o custodia), en el depósito a plazo renuncian a retirarlo durante un periodo de tiempo claramente establecido, durante el cual el banquero puede prestar el dinero a un prestatario, sabiendo que el depositante no irá a retirarlo hasta la fecha especificada y que por lo tanto no habrá ningún descalce de plazos.

Cuando se presta el dinero procedente de los depósitos a plazo, y siempre y cuando no se entreguen sustitutos monetarios a los depositantes (tal y como sucede en la actualidad), tampoco se produce ningún tipo de doble disponibilidad entre estos y los prestatarios; pues primero utilizan el dinero unos, y cuando lo devuelven lo utilizan los otros. Aún así, la cantidad de dinero que se pone en circulación cuando los banqueros prestan los depósitos a plazo es similar, o incluso mayor, que cuando prestan los depósitos a la vista.

Recordemos que, al prestar los depósitos a la vista, los banqueros mantenían un coeficiente de caja (o cantidad de reservas mínima) con el que hacer frente a las retiradas de sus depositantes. Es decir, que si el coeficiente de caja era del 10%, los banqueros guardaban (o no prestaban) el 10% del dinero que recibían. Ahora, al ser conscientes de que los depositantes no van a retirar su dinero hasta que lo hayan devuelto los prestatarios (pues para eso se ha fijado un plazo de devolución para ambos), los banqueros pueden prestar todo el dinero que reciben. Es decir, que el 100% del dinero que los depositantes depositan a plazo está siempre en circulación porque lo reciben los prestatarios y, cuando estos lo devuelven, continúa en circulación porque lo recuperan los depositantes. En el caso de los depósitos a la vista, si el coeficiente de caja era del 10%, el banco solo prestaba el 90% del dinero que recibía, y el otro 10% no necesariamente estaba en circulación, si es que no lo retiraban los depositantes.

Cabe añadir también que, siempre y cuando se consiga devolver de forma coordinada y paulatina el dinero procedente de los depósitos a la vista, el resultado es el mismo que si se prestan depósitos a plazo. A fin de cuentas, si los banqueros son capaces de predecir de una manera aproximada las fechas en las que los depositantes querrán recuperar sus depósitos —al no disponer de sustitutos monetarios—, el efecto es el mismo que si ya las conocieran de antemano. Dice el profesor Juan Ramón Rallo que un préstamo a la vista es un préstamo a plazo, postdeterminado. Efectivamente lo es, puesto que el depositante siempre renuncia a su dinero durante un plazo, aunque en el caso del depósito a la vista es indeterminado, y por eso el banquero tiene que anticiparse.

Cabe por último mencionar que, si todos los prestamistas que han realizado depósitos a plazo fueran a retirarlos al mismo tiempo (cosa imposible, porque han fijado una fecha de retirada y evidentemente no va a ser la misma para todos; pero es solo un ejemplo a efectos didácticos) hoy mismo, la cantidad de dinero que tendría que imprimir el Banco Central —para que los bancos pudieran devolver su dinero a los prestamistas— sería la misma que si hoy todos los depositantes fueran a retirar sus depósitos a la vista. La única diferencia sigue siendo que, en los depósitos a plazo, los depositantes no reciben sustitutos monetarios (no se les anota ninguna cifra en sus cuentas bancarias); y en los depósitos a la vista sí.

La importancia de que los sustitutos monetarios sean perfectos.

Antiguamente, los depositantes llevaban su oro a los bancos, y los banqueros les entregaban unos papeles llamados certificados de depósito, que tenían que presentar en los bancos para poder retirar su oro. Eran simples papeles en los que los banqueros escribían algo como “vale por tantas onzas de oro” o “entregaré tantas onzas de oro al portador”; y el equivalente a lo que hoy en día son las libretas bancarias, que el depositante debe presentar en el banco para poder retirar su dinero en efectivo. Los certificados de depósito que los banqueros entregaban se convertían en sustitutos monetarios cuando empezaban a utilizarse como medios de pago; del mismo modo que actualmente el saldo virtual se convierte en un sustituto monetario cuando empieza a circular como medio de pago gracias a las tarjetas bancarias.

Si antiguamente los certificados de depósito que entregaban los bancos empezaban a ser utilizados por los depositantes como medios de pago en sus compras (al estar respaldados por el oro que ellos mismos habían depositado), y al mismo tiempo los banqueros prestaban el oro de los depositantes, se multiplicaba la cantidad de medios de pago existentes. Por un lado, el depositante podía emplear en una tienda su certificado de depósito para comprar lo que quisiera y, al mismo tiempo, el prestatario podía utilizar el oro del depositante como medio de pago en la misma tienda.

Ahora bien, los certificados de depósito tenían que cumplir unas determinadas características para que efectivamente pudieran convertirse en sustitutos monetarios perfectos. La más importante era que debían ser canjeables por oro en cualquier circunstancia, y por cualquier persona que presentara su certificado en el banco, independientemente de que esa persona fuera la propietaria original del depósito, u otra diferente. Si solo el propietario original del depósito podía retirar su oro del banco, entonces cabe pensar que nadie aceptaría su certificado de depósito como medio de pago, al no poder canjearlo por oro. En estas circunstancias, el certificado de depósito solo podía tener valor para el propio depositante, pero no para el resto de personas.

Para el banquero que emitía los certificados, podía resultar interesante garantizar la devolución de los depósitos únicamente a los propietarios de los mismos; pues en este caso solo tenía que devolverlos si la persona que presentaba el certificado en el banco era la misma que había hecho el depósito. Sin embargo, seguro que resultaba mucho más útil para el banquero entregar los depósitos correspondientes a todas las personas que presentaran certificados ya que, si estos siempre estaban respaldados por oro, podían empezar a circular como medios de pago, lo que hacía que para la gente fuera más práctico utilizarlos directamente en sus compras que ir primero al banco a canjearlos por oro.

Solo así podían crearse medios de pago de la nada ya que, si los certificados no se consideraban dinero (porque solo podían canjearlos por oro los propietarios de los depósitos), no podían circular como tal. Como ya habíamos dicho, es la emisión de sustitutos monetarios perfectos la que marca la diferencia entre que se cree dinero de la nada o que simplemente se reparta el ya existente. En ese sentido, no podemos saber si por ejemplo el banquero Calisto, al que Jesús Huerta de Soto menciona en su libro, creaba dinero de la nada (entregando sustitutos monetarios perfectos a sus depositantes) o si se limitaba a redistribuir el dinero que recibía.

      Hipólito cuenta cómo Calisto, siendo esclavo del también cristiano Carpóforo, emprendió por cuenta de éste un negocio de banca, captando los depósitos preferentemente de las viudas y hermanos cristianos que, a la sazón, ya empezaban a ser un grupo numeroso e influyente de Roma. Calisto, no obstante, se apropia de manera fraudulenta de los depósitos recibidos y, no pudiendo hacer frente a su inmediata devolución, intenta huir por mar e incluso suicidarse. Después de varias peripecias es flagelado y condenado a trabajos forzados en las minas de Cerdeña. (Pág. 48 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

Y es que, como ya hemos visto, la existencia de los sustitutos monetarios perfectos es la condición necesaria para que los medios de pago se multipliquen, en lugar de dividirse.

En la actualidad, los sustitutos monetarios empleados (a través de tarjetas bancarias, pagarés, cheques, etc) son tan perfectos como antiguamente pudieran serlo los certificados o papeles que emitían los bancos. Estos circulaban de mano en mano como si fueran billetes y, aunque hoy en día las tarjetas bancarias no circulen de mano en mano, en la práctica es como si lo hicieran, porque el dinero virtual se transfiere de una cuenta a otra. Por lo tanto, todos los asientos contables y depósitos que crean los bancos no tendrían ningún efecto de creación de dinero sin unas tarjetas de crédito o instrumentos de pago que permitieran su uso. Sin ellos, el saldo virtual no podría ser transferido de una cuenta a otra, y por lo tanto nunca llegaría a convertirse en un sustituto monetario.

Y en cuanto a los depósitos a plazo (o verdaderos préstamos que los depositantes hacen a los bancos) veremos que, antiguamente, también al prestarse el dinero procedente de los mismos se creaba dinero de la nada, siempre que se emitieran sustitutos monetarios perfectos.

Si una persona realizaba un depósito a plazo, y reci-bía del banquero un certificado de depósito en el que se especificaba que podía retirar su oro en un año, nada le impedía a esa persona utilizar el certificado de depósito como medio de pago justo después de salir del banco. La única condición para que se lo aceptaran en las tiendas es, como ya vimos antes, que el banquero entregara el oro depositado a cualquier persona que presentase el certificado en el banco (por supuesto, un año después de haberlo emitido, porque para eso en este caso se ha establecido un plazo de devolución del oro). Se puede apreciar que, al igual que en el caso de los depósitos a la vista, el prestatario recibe el oro del depositante mientras que éste dispone de un certificado que puede utilizar como si fuera el oro propiamente depositado; aunque el depositante —o la persona que recibe su certificado como pago por algún bien o servicio— no puede retirar el oro hasta dentro de un año, al tratarse de un depósito a plazo. Pero, mientras tanto, el certificado puede pasar de una mano a otra y, transcurrido el año, la persona que en ese momento lo tenga tampoco se ve obligada a llevarlo al banco para canjearlo por oro, pues puede seguir utilizándolo como medio de intercambio, tal y como se ha hecho hasta entonces.

      Ahora bien, si el banco depositario cumple durante un periodo prolongado de tiempo sus compromisos y la gente confía plenamente en él, es seguro que el público paulatinamente empezará a utilizar los billetes de banco (o resguardos o certificados de depósito que el banco entregó a cambio de las unidades monetarias depositadas) como si fueran las propias unidades monetarias, con lo cual los billetes se convertirían, por sí mismos, en unidades monetarias (sustitutos monetarios perfectos en la terminología de Mises). (Pág. 197 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos; de Jesús Huerta de Soto).

En caso de que algún banquero llegase a emplear esta táctica, podría decirse que fue prácticamente sublime. Por un lado, entregaba certificados de depósito que cualquier persona podía canjear por oro presentándolos en el banco, lo que hacía que muy pocas personas los quisieran canjear, al disponer de sustitutos monetarios que podían utilizar como medio de pago en cualquier sitio. Y por otro, al tratarse de depósitos a plazo, el banquero no tenía ninguna obligación de devolver el oro depositado hasta la fecha especificada en cada contrato. Es decir, que al hecho de que casi nunca tenía que devolver los depósitos, se le sumaba la ventaja de que siempre sabía a partir de qué fecha tenía que devolverlos en caso de que se los pidieran.

No obstante, existía un problema, y es que la emisión de sustitutos monetarios perfectos originaba una creación de medios de pago de la nada que, en última instancia, terminaba desencadenando una crisis económica, tal y como explica el profesor Huerta de Soto. Llegados a este punto, y ante la pérdida de confianza generalizada en los bancos, muchos depositantes (o personas a las que estos hubieran pagado mediante sus certificados de depósito) iban a retirar el oro de los bancos, en caso de que ya hubiera llegado la fecha de devolución especificada en los contratos. Pero entonces los banqueros, acostumbrados a un número de retiradas muy reducido, no disponían de la suficiente cantidad de oro y quebraban en masa; al haberlo prestado sin tener en cuenta las fechas de devolución acordadas con los depositantes. Y es que, como ya hemos visto antes, la emisión de sustitutos monetarios perfectos lleva a los banqueros a operar con un coeficiente de caja más bajo del que deberían, al creer que los depositantes —o las personas a las que estos hayan realizado pagos— nunca querrán canjear los sustitutos monetarios por el oro depositado, y a prestarlo a plazos demasiado largos pese a que hayan acordado devolverlo en plazos más cortos.

El depósito a plazo, por otra parte, tenía para los banqueros la ventaja de que sabían cuándo tendrían que devolverlo, pero el inconveniente de que les obligaba a pagar intereses a sus clientes, al constituir un verdadero préstamo que estos hacían al banco. El depósito a la vista, por el contrario, tenía para los banqueros el inconveniente de que no sabían cuándo tendrían que devolverlo; pero la ventaja de que eran sus clientes los que les pagaban a ellos a cambio de que realizaran los servicios de guarda y custodia, al entenderse que eran verdaderos depósitos —y no préstamos— que los clientes hacían a los bancos. En cualquier caso, ya hemos visto que los banqueros creaban medios de pago de la nada al prestar tanto los unos como los otros, siempre y cuando entregaran sustitutos monetarios perfectos a los depositantes.

Lo que ocurre en la actualidad:

En la actualidad el banquero entrega sustitutos monetarios tanto al depositante como al prestatario, conservando en el banco el dinero originalmente depositado. Por un lado el banquero ingresa 100 euros virtuales en la cuenta del depositante, y por otro crea un depósito (o cuenta) de la nada para el prestatario, y le ingresa otros 100 euros virtuales a él. En este caso el coeficiente de caja es del 50%, porque el banco guarda los 100 euros en efectivo del depositante, pero en total debe 200 (100 al depositante y 100 al prestatario).

Como acabamos de ver, los 100 euros depositados en efectivo se han quedado en el banco; pero ahora el banquero debe 100 euros en efectivo al depositante y otros 100 en efectivo al prestatario. A los 100 euros en forma de sustitutos monetarios (saldo virtual asociado a una cuenta y tarjeta bancaria) que recibe el depositante se le siguen llamando certificados de depósito, porque están respaldados por el dinero en efectivo de éste; mientras que a los 100 euros en forma de sustitutos monetarios que recibe el prestatario se le llaman medios fiduciarios, puesto que no tienen ningún tipo de respaldo económico. Tanto el depositante como el prestatario podrán elegir si quieren utilizar sus tarjetas como medio de pago, o si prefieren ir al banco para retirar el dinero en efectivo. A su vez, las personas que reciban pagos con tarjeta por parte de estos, podrán elegir entre seguir pagando con tarjeta ellas también, o ir al banco para retirar su dinero y pagar a quien quieran en efectivo. En cualquier caso, el banco debe 200 euros y solo dispone de 100. Si el depositante y el prestatario —o unas personas a las que estos hayan hecho pagos mediante tarjeta— van a retirar los 100 euros a la vez, el banco tendrá que entregarle a uno de ellos los 100 euros de otro depositante.

Este procedimiento genera los mismos resultados que los que analizábamos antes, en los que el banquero entregaba sustitutos monetarios al depositante mientras prestaba su dinero en efectivo al prestatario. En aquella ocasión, el depositante podía utilizar 100 euros en forma de sustitutos monetarios, mientras que el prestatario disponía de 100 euros en efectivo; y ahora tanto el depositante como el prestatario tienen 100 euros en forma de saldo virtual, que pueden utilizar gracias a sus tarjetas bancarias.

Si los depositantes están utilizando sus tarjetas bancarias (o sustitutos monetarios) al mismo tiempo que los prestatarios están empleando las suyas, se produce una doble disponibilidad entre ambos. O, dicho de otro modo, si 100 depositantes reciben sustitutos monetarios a cambio del dinero que depositan, y 100 prestatarios reciben sustitutos monetarios en forma de créditos, la cantidad de medios de pago existentes se duplica, siendo ahora de 200. Aunque sólo en la medida en que los 100 depositantes utilicen sus tarjetas al mismo tiempo que los 100 prestatarios se producirá una doble disponibilidad entre ambos. En la medida en que no lo hagan, y renuncien al consumo inmediato, dejará de existir la doble disponibilidad, y los préstamos habrán sido concedidos en base a un ahorro real. El dinero siempre es ahorrado hasta el mismo momento en que se utiliza, ya sea en efectivo o por medio de sustitutos monetarios (tarjetas, cheques, etc).

En cuanto a los banqueros, a ellos les da igual si la gente ahorra o no, tal y como vimos antes. Lo que quieren es que los depositantes, los prestatarios, y las personas que reciben pagos por parte de ambos, utilicen siempre sus tarjetas y demás instrumentos bancarios, para que el porcentaje de retiradas en efectivo sea el mínimo, y así no tengan que subir ellos el coeficiente de caja, lo que les obligaría a realizar menos préstamos. Los bancos, además, prefieren la metodología de entregar sustitutos monetarios a los depositantes y a los prestatarios; antes que la de entregar sustitutos monetarios a los depositantes y prestar su dinero en efectivo a los prestatarios. Esto es así porque al banco le conviene conservar el dinero en efectivo, sabiendo que muy pocos depositantes y prestatarios —o personas a las que estos paguen— irán a retirarlo, al disponer de sustitutos monetarios perfectos.

      La expansión crediticia se respalda con la creación de nuevos depósitos o billetes que, al convertirse en dinero, desde el punto de vista subjetivo del público nunca, en circunstancias normales, son retirados. (Pág. 199 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos; de Jesús Huerta de Soto).

Por si fuera poco, vamos a ver —con ayuda de varios ejemplos— cómo el coeficiente de caja del banco es mayor cuando presta el dinero en forma de sustitutos monetarios, que si lo presta directamente en efectivo; pese a que luego siempre le falte la misma cantidad (que en los siguientes casos será de 100 euros) para poder pagar todo lo que debe.

-En el primer ejemplo, un banquero recibe 100 euros y, sin entregar sustitutos monetarios al depositante, presta sus 100 euros en efectivo. En este caso no hay creación de dinero de la nada, porque el dinero del depositante simplemente lo recibe prestatario. El coeficiente de caja del banco es de 0, ya que guarda 0 euros y debe 100, los cuales le faltan para poder pagar lo que debe al depositante.

-En el segundo ejemplo, un banquero recibe 100 euros y, entregando sustitutos monetarios al depositante, presta sus 100 euros en efectivo a otra persona. En este caso sí hay creación de dinero de la nada, porque el prestatario podrá utilizar 100 euros en efectivo, mientras que el depositante utiliza otros 100 euros en forma de sustitutos monetarios. Vemos que el coeficiente de caja del banco también es de 0, ya que guarda 0 euros en su caja y debe 100 al depositante —o a la persona a la que éste realice pagos mediante su tarjeta bancaria—, que en cualquier momento puede retirar en efectivo. Al banco, igual que antes, le faltan 100 euros para poder pagar lo que debe.

-En el tercer ejemplo, un banquero recibe 100 euros y los guarda en el banco, entregando sustitutos monetarios por valor de 100 euros tanto al depositante como al prestatario. Hay exactamente la misma creación de dinero que en el caso anterior, donde también veíamos que el depositante disponía de 100 euros al mismo tiempo que el prestatario. Sin embargo, ahora el banquero conserva los 100 euros en efectivo del depositante, y esto hace que su coeficiente sea del 50%. Vemos entonces cómo el banco, al igual que antes, necesita 100 euros para poder pagar todo lo que debe; pero que sin embargo su coeficiente de caja es del doble.

Observamos entonces cómo el coeficiente de caja es más alto cuando el banco conserva 100 euros en efectivo y debe 200, que cuando conserva 0 euros y debe 100; aunque en ambos casos le falten 100 euros para poder pagar lo que debe. Por lo tanto el banquero, tal y como venimos diciendo, preferirá emitir una deuda de 200 euros y conservar en caja 100; a emitir una deuda de 100 euros (los cuales el depositante podrá ir a retirar en efectivo en cualquier momento) y conservar en caja 0, al entregarle todo el dinero al prestatario.

El banco, efectivamente, prefiere prestar el dinero en forma de sustitutos monetarios, porque de esta forma solo pierde el dinero en efectivo cuando alguien quiere canjearlos, mientras que de la otra manera lo pierde desde el principio. Además, tal y como también habíamos dicho, los sustitutos monetarios muy pocas veces son canjeados.

      Si existe confianza en el banco, los prestatarios aceptarán recibir sus préstamos en billetes y éstos pasarán de unas manos a otras como si fueran dinero. En estas circunstancias, el banco podrá incluso, y con mucho fundamento, llegar a considerar que tales billetes nunca serán devueltos al banco para retirar el dinero originariamente depositado.(…). Al adquirir los billetes de banco la naturaleza de unidades monetarias, los mismos nunca serán devueltos al banco para retirar el dinero, puesto que pasan ya de mano en mano y son considerados como dinero por sí mismos. Solamente se reconoce en el pasivo 1.000.000 de billetes emitidos, pues se sabe que con un 10 por ciento, es suficiente para hacer frente a las demandas normales de conversión. (Pág. 198 y 199 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos; de Jesús Huerta de Soto).

Tanto si entregan sustitutos monetarios a los depositantes y a los prestatarios como si solo se los facilitan a los depositantes, ya hemos visto que la cantidad de medios de pago en circulación se duplica de la misma manera; pasando de haber 100 euros a haber 200. Al final, la cantidad de medios de pago en circulación será del 200% sobre la masa monetaria real (100), si es que todos los depositantes y prestatarios están utilizando sus medios de pago —sean los que sean— a la vez.

El proceso de expansión crediticia como tradicionalmente se explica:

Ya hemos visto lo que sucede cuando el banco entrega sustitutos monetarios tanto al depositante como al prestatario y hemos comprobado que, salvo porque el coeficiente de caja del banco es mayor, produce los mismos efectos que si únicamente facilitara sustitutos monetarios al depositante, y entregara su dinero al prestatario. Vamos entonces a regresar a éste último caso, donde el banco entrega sustitutos monetarios al depositante, prestando su dinero en efectivo a otra persona.

Cuando esta persona pide un préstamo en el banco, y éste le concede dicho crédito en efectivo, normalmente el prestatario utiliza ese dinero como medio de pago en sus compras. Si las personas que lo reciben vuelven a depositarlo a su vez en el mismo banco —o en otros bancos diferentes— y el banco lo presta de nuevo, se inicia un proceso por el que la cantidad de medios de pago puede aumentar hasta diez veces, si es que el coeficiente de caja es del 10%.

Vamos a ver de forma detallada cómo funciona este proceso, llamado multiplicador bancario. Supongamos que el depositante A lleva 100 euros a un banco, y que éste opera con un coeficiente de caja del 10%. Es decir, que por cada 100 euros que recibe (y por lo tanto debe al depositante) tiene que conservar 10, pudiendo prestar el resto en efectivo. Entonces:

 

A deposita 100 euros. El banco le ingresa 100 euros virtuales (sustitutos monetarios) en su cuenta, y presta 90 euros (el 90%) en efectivo a B.

El banco conserva 10 euros (de A), pero le debe 100 en efectivo.                           Coeficiente de caja del 10%.

B hace un pago en efectivo a B´, y B´ deposita los 90 euros en el banco. Éste le ingresa 90 virtuales, y presta 81 euros (el 90%) en efectivo a C.

El banco conserva 19 euros (10 de A y 9 de B), pero les debe 190.                        Coeficiente de caja del 10%.

C hace un pago en efectivo a C´, y C´ deposita los 81 euros en el banco. Éste le ingresa 81 euros virtuales, y presta 72 euros en efectivo a D.

El banco conserva 28 euros en efectivo (de A, B y C), de los que 8 son de C; pero en total les debe 271. Coeficiente de caja del 10%.

D hace un pago en efectivo a D´, y D´ deposita los 72 euros en el banco. Éste le ingresa 72 euros virtuales, y presta 65 euros en efectivo a E.

El banco conserva 34 euros (de A, B, C y D), de los cuales 7 son de D; pero en total        les debe 343. Coeficiente de caja del 10%.

E hace un pago en efectivo a E´, y E´ deposita los 65 euros en el banco. Éste le ingresa 65 euros virtuales, y presta 59 euros en efectivo a F.

El banco conserva 40 euros (de A, B, C, D y E), de los cuales 6 son de E;  pero en total les debe 408. Coeficiente de caja del 10%.

F hace un pago en efectivo a F´, y F´ deposita los 59 euros en el banco. Éste le ingresa 59 euros virtuales, y presta 53 euros en efectivo a G.

El banco conserva 46 euros (de A, B, C, D, E y F), de los cuales 6 son de F; pero en total les debe 467. Coeficiente de caja del 10%.

G hace un pago en efectivo a G´, y G´ deposita los 53 euros en el banco. Éste le ingresa 53 euros virtuales, y presta 47 euros en efectivo a H.

El banco conserva 52 eur. (de A, B, C, D, E, F y G), de los que 5 son de G; pero en total les debe 520. Coeficiente de caja del 10%.

H hace un pago en efectivo a H´, y H´ deposita los 47 euros en el banco. Éste le ingresa 47 euros virtuales, y presta 43 a I.

El banco conserva 56 (de A, B, C, D, E, F, G y H), de los que 4 son de H; pero en total les debe 567. Coeficiente de caja del 10%.

I hace un pago en efectivo a I´, e I´ deposita los 43 euros en el banco.  Éste le ingresa   43 euros virtuales, y presta 38 a J.

El banco conserva 61 (de A, B, C, D, E, F, G, H e I), de los que 4 son de I; pero en total les debe 610. Coeficiente de caja del 10%.

J hace un pago en efectivo a J´, y J´ deposita los 38 euros en el banco.  Éste le ingresa   38 euros virtuales, y presta 34 a K.

El banco conserva 65 (A, B, C, D, E, F, G, H, I y J), de los que 3 son de J; pero en total les debe 648. Coeficiente de caja del 10%.

Etc.

 

En total, y finalizado el proceso, el banco llegará a deber 1000 euros —que ha ido ingresando en forma de saldo virtual en las cuentas de todos sus depositantes—, conservando en caja únicamente 100.

Si bien acabamos de ver el conjunto de fases detalladamente, ahora las resumiremos esquemáticamente en un cuadro, añadiendo varios decimales para mayor exactitud. Recordemos que, al inicio del proceso, la Persona A realiza un depósito de 100 euros, los cuales quedan ingresados como dinero virtual (sustitutos monetarios) en su cuenta; tal y como ya hemos visto. Posteriormente el banco le presta a B el 90%, es decir, 90 euros en efectivo. Entonces B le hace un pago a B´, que deposita de nuevo los 90 euros en el banco, el cual los ingresa en la cuenta de B´ como dinero virtual, igual que antes. El banco vuelve a prestar el 90% de esa cantidad a C, y así sucesivamente.

Columna 1: Persona que realiza el depósito.
Columna 2: Cantidad de dinero que deposita (y recibe en forma de sustitutos monetarios).
Columna 3: Cantidad de dinero que el banco presta (en efectivo).
Columna 4: Cantidad de dinero que se queda en la caja del banco (en efectivo).

Columna 1              Columna 2               Columna 3              Columna 4

Persona A:                    100                             90                             10
Persona B´:                    90                              81                              9
Persona C´:                    81                           72,90                          8,10
Persona D´:                 72,90                         65,61                         7,29
Persona E´:                  65,61                        59,05                         6,56
Persona F´:                  59,05                         53,15                         5,90
Persona G´:                  53,15                        47,84                          5,31
Persona H´:                  47,84                       43,06                          4,78
Persona I´:                    43,06                       38,75                          4,31
Persona J´:                    38,75                       34,88                          3,87
Persona K´:                   34,88                       31,39                          3,49
Persona L´:                   31,39                        28,25                         3,14
Persona LL´:                 28,25                       25,43                          2,82
Persona M´:                 25,43                        22,89                          2,54
Persona N´:                  22,89                        20,60                          2,29
Persona O´:                  20,60                        18,54                          2,06
Persona P´:                   18,54                       16,69                           1,85
Persona Q´:                  16,69                        15,02                           1,67
Persona R´:                   15,02                        13,52                           1,50
Persona S´:                   13,52                        12,17                           1,35
Persona T´:                   12,17                        10,95                           1,22
Persona U´:                   10,95                       9,86                             1,09
Persona V´:                       ..                                ..                                  ..

                                          901                          811                              90

 

Observamos, pues, cómo a partir de los 100 euros iniciales que deposita la persona A, el banco termina debiendo a sus depositantes 901 euros en efectivo, que en ese momento están circulando en forma de sustitutos monetarios mientras que los prestatarios disponen de los 811 euros en efectivo de los depositantes. Los otros 90 euros de los depositantes permanecen en la caja del banco, que los ha mantenido como reserva. El coeficiente de caja es siempre del 10% aproximadamente (las variaciones son debidas a que no se han tenido en cuenta todos los decimales), tal y como se puede comprobar mediante la siguiente regla de tres:

Con la Persona B´:

Si de 90 euros, el banco guarda 9
de 100 euros, el banco guardaría   X          X= 10%

Con la Persona K´:

Si de 34,88 euros, el banco guarda 3,49
de 100 euros, el banco guardaría X            X= 10%

Con la Persona T´:

Si de 12,17 euros, el banco guarda 1,22
de 100 euros, el banco guardaría X           X=10%

Etcétera. También se puede sumar un conjunto de cifras de la columna de la izquierda, y luego las que correspondan en la columna de la derecha, para finalmente realizar la regla de tres.

Al final del proceso, y puesto que el banco termina conservando 90 euros de los 901 que debe, el coeficiente de caja es también del 10% (concretamente del 9,9%). Sin embargo, ya no podrá seguir concediendo préstamos durante mucho tiempo, porque en caja apenas conserva 1 euro de su último depositante (la Persona U´); y el dinero que estos vayan reingresando continuará siendo cada vez menor, hasta que se reduzca a 0. Esto es así porque todo el dinero procedente del primer depósito (el que hizo la persona A) está ya nuevamente en la caja del banco (que al final ha recuperado 90 euros), gracias a todos esos depositantes que lo fueron llevando otra vez al banco a medida que éste lo prestaba. El problema es que ahora el banco tiene 90 euros, pero debe 901.

Si ahora el banco volviese a prestar los 90 euros que guarda, su coeficiente de caja bajaría del 10%. Por eso, con un coeficiente de caja del 10%, lo mucho que puede hacer es multiplicar por 10 la cantidad de dinero depositada originalmente.

El proceso de expansión crediticia como realmente es:

Hemos visto cómo se desarrolla el proceso de expansión crediticia cuando los bancos prestan el dinero en efectivo de los depositantes, mientras a estos les entregan sustitutos monetarios en forma de saldo asociado a sus tarjetas bancarias. Sin embargo, y a menos que el prestatario pida el crédito en efectivo, normalmente el banco conserva el 100% del dinero en efectivo del depositante, y tanto a éste como al prestatario les entrega sustitutos monetarios. Al final el resultado es exactamente el mismo, puesto que en ambos casos se multiplica hasta 10 veces la cantidad de medios de pago en circulación; pero generalmente se explica de la otra manera porque la gente no suele concebir que los bancos presten otra cosa que no sea el propio dinero de los depositantes. Sin embargo, vamos a ver ahora lo que generalmente hacen los bancos cuando reciben un depósito de 100 euros, y tienen que mantener un coeficiente de caja del 10%.

 

A deposita 100 euros en efectivo.

El banco crea un depósito de 100 euros virtuales —en forma de saldo asociado a una cuenta y tarjeta bancaria— para A (el depositante), y otro depósito de 90 euros virtuales para B (el prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 190 (100 a A y 90 a B). El coeficiente de caja es del 52%. Todavía puede continuar prestando más dinero.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para C (otro prestatario), asociados a su cuenta y tarjeta bancaria.

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 280. El coeficiente de caja es del 35%. Todavía puede continuar prestando más dinero.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para D (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 370. El coeficiente de caja es del 27%. Todavía puede continuar prestando más dinero.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para E (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 460. El coeficiente de caja es del 21%. Todavía puede continuar prestando más dinero.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para F (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 550. El coeficiente de caja es del 18%.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para G (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 640. El coeficiente de caja es del 15%.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para H (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 730. El coeficiente de caja es del 13%.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para I (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 820. El coeficiente de caja es del 12%.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para J (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 910. El coeficiente de caja es del 10%.

El banco crea otro depósito de 90 euros virtuales para K (otro prestatario).

El banco conserva 100 euros en efectivo, pero debe 1000. El coeficiente de caja es del 10%.

De estos 1000 euros que el banco debe —al haber emitido sustitutos monetarios por valor de 1000 euros—, tan solo tienen respaldo económico los 100 euros que el depositante ha recibido como un ingreso en su cuenta bancaria; ya que sus 100 euros en efectivo permanecen en el banco. Si ahora el depositante —u otra persona a la que éste realice pagos con tarjeta por valor de 100 euros— va al banco para retirar su dinero en efectivo, el banquero le entregará los 100 euros que aún conserva. Sin embargo, los otros 900 euros que el banco ha emitido en forma de sustitutos monetarios no tienen ningún tipo de respaldo económico. Por eso reciben el nombre de medios fiduciarios, y se dice que han sido creados de la nada. Si ahora el banco crea otro depósito de 90 euros virtuales más, y se los presta a L; el banco conservará 100 euros en efectivo y deberá 1090, por lo que su coeficiente de caja será del 9%.

Si de 1090 euros, el banco conserva 100
de 100 euros, el banco conservará X               X= 9%.

Por lo tanto, legalmente el banco ya no puede seguir prestando más dinero; y en total ha multiplicado por 10 la cantidad de medios de pago iniciales, igual que en el caso que habíamos estudiado antes, cuando prestaba el dinero en efectivo de sus depositantes, entregándoles a estos sustitutos monetarios. Con aquel procedimiento, además, el coeficiente de caja siempre se mantenía alrededor del 10%, porque el banco iba prestando en la medida en que iba reponiendo; al contrario que en este caso, donde el coeficiente de caja va bajando paulatinamente, porque el banco presta sin reponer.

Por otra parte, el banco puede seguir todos estos pasos que acabamos de describir, o solo varios, o ninguno, y limitarse a crear un único depósito (asociado a una cuenta y a una tarjeta bancaria) de 900 euros para un solo prestatario, en cuanto recibe un depósito de 100. No hace falta que vaya poco a poco. Simplemente, en cuanto el banco recibe 100 euros, puede crear inmediatamente 1000 (100 para el depositante y 900 para el prestatario) en forma de sustitutos monetarios perfectos. El coeficiente de caja se cumple, porque el banco —al emitir el dinero en forma de sustitutos monetarios— conserva inicialmente los 100 euros del depositante, que constituyen el 10% de todo el dinero que el banco pone en circulación (1000 euros). Si en lugar de prestar el dinero en forma de sustitutos monetarios, fuese a prestarlo en efectivo, entonces ya sí tendría que guardar 10 euros del depositante —pudiendo prestar los otros 90— para respetar el coeficiente de caja. Pero, en cuanto el banco presta el dinero en forma de sustitutos monetarios, el mecanismo es diferente.

Los sustitutos monetarios son promesas de pago que emite el banco (o deudas que el banco tiene con sus clientes), y quienes las reciben tienen un derecho de cobro contra él. Esto significa que, cuando el banco ingresa 900 euros virtuales en la cuenta de un prestatario, éste tiene derecho a que el banco le entregue 900 euros en efectivo, dejando entonces su cuenta a 0. Y lo mismo sucede con las personas que reciben pagos con tarjeta por parte del prestatario, y que pueden ir al banco a canjear los saldos de sus cuentas —dejándolas a cero— por dinero en efectivo cuando quieran.

Supongamos entonces que la persona A, tras haber recibido del banco X un préstamo de 1000 euros (ingresados en su cuenta bancaria), hace una transferencia a la persona B. Al hacer la transferencia, la cuenta de la persona A se queda a cero y la persona B recibe un derecho de cobro contra el banco X. Lo que ocurre es que la persona B no tiene una cuenta abierta en el banco X, sino en el banco Z. Entonces va al banco Z (el que generalmente utiliza) para retirar en efectivo el importe de la transferencia. El banco Z, al comprobar que su cliente lleva un derecho de cobro contra el banco X (al que pertenece la persona que emitió el pago), le cobra a dicho banco el dinero en efectivo y se lo entrega a la persona B. Obviamente, todo esto funciona a nivel informático, mediante apuntes contables (no es necesario que un empleado del banco Z vaya en el ese momento al banco X a retirar el dinero de su caja).

Sin embargo, también puede suceder que el banco Z reciba este derecho de cobro contra el banco X, pero al mismo tiempo el banco X tenga otro derecho de cobro (de por ejemplo 900 euros) contra el banco Z; porque otra persona diferente haya recibido una transferencia y quiera retirar su dinero en efectivo. Si el banco Z tiene que cobrarle al banco X una transferencia de 1000 euros, pero al mismo tiempo el banco X tiene que cobrarle al banco Z una transferencia de 900, ambos pagos se compensan, y únicamente recibe el banco Z los 100 euros en efectivo de diferencia. Esto no significa que la persona B (la dueña del derecho de cobro) no vaya a recibir sus 1000 euros. El banco Z (donde ha ido a retirarlos) tendrá que entregárselos igual; lo único que en lugar de provenir de la caja del banco X —porque de ahí sólo ha podido extraer 100—, provendrán de la suya propia. Todas estas compensaciones entre bancos se producen todos los días (a nivel informático) en la llamada Cámara de Compensación Interbancaria.

Ahora que la persona B ha retirado del banco el importe de la transferencia, puede volver a depositarlo en el banco si quiere aunque —lógicamente— en este caso el banco se quedará con las mismas reservas que tenía antes.

Nótese la diferencia entre lo que sucede aquí; y lo que ocurría cuando el banco realizaba los préstamos con dinero en efectivo y más adelante volvían a depositarle el mismo dinero que había prestado. En aquel escenario el banco no necesitaba extraer ningún dinero de su caja, porque recibía de vuelta el mismo dinero en efectivo que había prestado. Ahora, sin embargo, el banco recibe de vuelta el mismo saldo virtual que había emitido; por lo que tiene que descontar el importe de su caja —pues debe ese dinero al dueño del depósito— antes de volver a reingresarlo.

O dicho de otro modo: Si el banco Z tiene 1000 euros y una persona deposita otros 1000 en efectivo, entonces el banco tendrá 2000; pero si el banco Z tiene 1000 euros y una persona pretende depositar el importe de una transferencia por valor de 1000 euros, el banco primero tendrá que sacar esos 1000 euros de su caja. Cuando la persona deposite otra vez el dinero en el banco, éste dispondrá de los mismos 1000 euros que tenía antes; pero no de 2000, como habría sucedido si directamente hubiese recibido el depósito en efectivo.

Pese a todo, circulan por internet videos donde el banco crea 1000 euros de la nada, y luego ese dinero —que ya tiene el prestatario en forma de sustitutos monetarios— se vuelve a depositar y a prestar una y otra vez, creándose 10000 más; pero como ya hemos visto se trata de un error. La creación de medios de pago ya se produjo al principio, en el momento en que el banco X recibió un depósito de 100 euros en efectivo y emitió 1000 en forma de sustitutos monetarios; y por lo tanto ya no se pueden crear más. Con 100 euros y un coeficiente de caja del 10%, la máxima cantidad de medios de pago que se pueden crear —en forma de sustitutos monetarios— son 1000. Si con 100 euros se crearan 10000 en forma de sustitutos monetarios, el coeficiente de caja bajaría al 1%.

Los límites del multiplicador bancario:

Según Ludwig von Mises y el profesor Huerta de Soto, el dinero puede clasificarse en dinero mercancía y en dinero crédito. El dinero mercancía es cualquier medio de intercambio generalmente aceptado y que tenga un valor por sí mismo, como por ejemplo el oro. El dinero crédito es cualquier medio de intercambio generalmente aceptado que esté respaldado por el dinero mercancía, como por ejemplo un billete canjeable por una determinada cantidad de oro. Pues bien, el dinero que se deposita en el banco puede ser dinero mercancía, si por ejemplo se trata de un depósito de varias onzas de oro; o puede ser dinero crédito, si por ejemplo se trata de un depósito de 100 euros en billetes. Dinero crédito es, a efectos prácticos, sinónimo de sustitutos monetarios; porque se supone que en teoría todo sustituto monetario está en última instancia respaldado por dinero mercancía.

      Si una persona realiza un depósito de 100 euros en billetes (sustitutos monetarios), y el banco ingresa en la cuenta del prestatario 900 euros virtuales (sustitutos monetarios); esto no significa que el banco haya creado sustitutos monetarios a partir de los sustitutos monetarios. Significa que el banco ha creado sustitutos monetarios a partir del dinero originalmente depositado; que en este caso son sustitutos monetarios también, pero obviamente de un tipo diferente. Lo otro es confuso, ya que da a entender que un banco que recibe 100 euros en billetes (sustitutos monetarios), puede multiplicar la cantidad de dinero existente entregando al prestatario 900 euros en billetes también. O que un banco podría incluso recibir una transferencia (o un cheque) de 100 euros virtuales, y emitir 900 euros virtuales más.

Obviamente un banco que recibe 100 euros en billetes no puede emitir un préstamo de 900 euros en billetes; los emite en forma de saldo virtual asociado a la cuenta del prestatario. Y evidentemente un banco no puede recibir como depósito una transferencia o un cheque, porque estos ya son depósitos en sí mismos —representan un dinero que el banco debe—, y el banco no va a hacer un depósito de un depósito. Si una persona recibe una transferencia, y quiere mantener depositado el importe, simplemente no va a retirar el dinero en efectivo y ya está. O también puede ir a retirarlo, como ya vimos, y posteriormente depositarlo de nuevo. Ambas opciones producen el mismo resultado para el banco, que en cualquier caso se queda con el mismo dinero que tenía antes.

No obstante, vamos a suponer a efectos didácticos que el banco pudiera recibir como depósito un ingreso de 100 euros virtuales, y a partir de ellos emitir un préstamo de 900 euros virtuales. En este caso pasaría a deber 1000 euros (100 a la persona que ha hecho el ingreso y 900 al prestatario) sin tener nada en efectivo, por lo que su coeficiente de caja sería de 0. Los sustitutos monetarios se emiten a partir del dinero originalmente depositado —que en este caso tendrían que ser billetes—, no a partir de los propios sustitutos monetarios ya emitidos.

Ya hemos visto entonces que el dinero originalmente depositado puede ser dinero mercancía o dinero crédito. Si el dinero originalmente depositado es dinero mercancía (como por ejemplo oro), los sustitutos monetarios creados a partir del oro no pueden depositarse y prestarse una y otra vez; lo que se deposita y se presta una y otra vez es el propio oro. Y si el dinero originalmente depositado es dinero crédito (como por ejemplo billetes), los sustitutos monetarios creados a partir de los billetes no pueden depositarse y prestarse una y otra vez; lo que se deposita y se presta una y otra vez son los propios billetes.

Antiguamente, el dinero originalmente depositado era oro (dinero mercancía); y los sustitutos monetarios que los banqueros emitían eran canjeables por oro. Actualmente, el dinero originalmente depositado son billetes, y los sustitutos monetarios que los banqueros emiten —en forma de saldo virtual asociado a cuentas y tarjetas bancarias— son canjeables por billetes. Estos billetes deberían ser canjeados por oro si los lleváramos al Banco Central, porque todo tipo de dinero crédito debería estar respaldado por dinero mercancía. Sin embargo, desde que se abandonó el Patrón Oro dejó de ser obligatoria la conversión.

Puesto que antiguamente los sustitutos monetarios eran los billetes, y actualmente los sustitutos monetarios son el saldo virtual de las cuentas bancarias (asociadas a tarjetas, cheques, etc); hay gente que piensa que a partir de los antiguos sustitutos monetarios —los billetes— se han creado los nuevos sustitutos monetarios. Esto es incorrecto; a partir del dinero originalmente depositado (los billetes) se han creado los sustitutos monetarios actuales. No se pueden crear sustitutos monetarios a partir de sustitutos monetarios, porque siempre tiene que haber un dinero que sea el originalmente depositado, para que puedan crearse los sustitutos monetarios a partir de él. Recordemos que los sustitutos monetarios no se pueden depositar sin previamente haber retirado el importe; de tal modo que lo que en realidad se deposita siempre es el propio dinero originalmente existente.

Si, antiguamente, llegó un día en que los billetes pudieron depositarse y prestarse una y otra vez, sin necesidad de ser previamente canjeados por oro; es porque dejaron de cumplir el papel de sustitutos monetarios —aún siendo dinero crédito—, y empezaron a desempeñar las funciones del propio oro. Los sustitutos monetarios actuales (como es el saldo virtual que se usa a partir de las tarjetas, cheques, pagarés, etc) no se pueden depositar sin antes haber sido canjeados por el dinero originalmente depositado (que ahora son los billetes); y el día en que los sustitutos monetarios actuales —el dinero virtual— se puedan depositar sin ser previamente canjeados, entonces pasarán a ocupar el rol del dinero originalmente depositado; y los sustitutos monetarios que se creen a partir de ellos serán los que no se puedan depositar sin antes haber sido canjeados por saldo virtual.

Para canjear los sustitutos monetarios, el dinero originalmente depositado tiene que salir de la caja de algún banco. Si el cliente presenta los sustitutos monetarios en el mismo banco que los ha emitido, el dinero que obtenga procederá de la caja de ese mismo banco; y si el cliente presenta los sustitutos monetarios en un banco diferente, éste le cobrará el importe al anterior. Al final, todo lo que un banco pueda prestar de más lo podrá prestar otro de menos y, cuando no sea así, será a costa de reducir su propio coeficiente de caja, al deber más dinero y mantener las mismas reservas.

Los banqueros simplemente se encargan de que todos los medios fiduciarios que el coeficiente de caja les permita crear permanezcan siempre en circulación; concediendo nuevos préstamos a medida que sus clientes devuelven los antiguos y ellos aumentan sus reservas. Mientras los antiguos préstamos no se devuelven, los bancos no pueden conceder otros nuevos, porque entonces estarían operando al margen del coeficiente de caja legal. Para que pudieran dar más préstamos y crear nuevos medios de pago tendría que aumentar la cantidad de billetes (o dinero fiat) en circulación —mediante la intervención del Banco Central, que se encargaría de imprimirlos o simplemente de anotar contablemente las nuevas cifras— o bien, como ya hemos dicho, tendría que disminuir el coeficiente de caja. De lo contrario, la cantidad de sustitutos monetarios existentes se mantiene siempre constante en sus limitaciones; ya que sólo se crean sustitutos monetarios a partir del dinero originalmente existente, y no a partir de los propios sustitutos monetarios.

Algunas personas podrán pensar que, entonces, no pasa nada porque los bancos creen medios de pago de la nada, ya que la cantidad de sustitutos monetarios que pueden emitir está limitada por el coeficiente de caja legal y por la cantidad de dinero existente. Podrán pensar que, si por ejemplo existen 100 euros y por lo tanto los bancos emiten 1000 euros en forma de sustitutos monetarios; es el equivalente a que existieran 1000 euros en efectivo, que por algún motivo o prohibición estuvieran exentos de prestarse en forma de sustitutos monetarios.

No es lo mismo una cosa que otra porque, aunque la cantidad de dinero en circulación sea la misma en ambos casos, el hecho de que se encuentre materializada en forma de sustitutos monetarios implica que el dinero ha sido prestado y seguirá prestándose sin necesidad de que se ahorre.

Supongamos que inicialmente existen 100 euros en efectivo y que la gente los lleva a los bancos. Entonces estos entregan 100 euros en forma de sustitutos monetarios a los depositantes, y 900 euros en forma de sustitutos monetarios a los prestatarios. Durante varios años hay 1000 euros en circulación, de los cuales 900 son falsos. La gente dispone para el consumo y la producción de un dinero virtual que, realmente, no ha sido ahorrado. Esto produce una subida de los precios que en última instancia genera una crisis económica, y mucha gente va a retirar su dinero de los bancos, que sólo tienen un 10% de los medios de pago que se están utilizando. Entonces el Banco Central imprime 900 euros para que los banqueros puedan canjear todos los sustitutos monetarios que emitieron.

A partir de ese momento sigue habiendo 1000 euros en circulación, sólo que ahora se encuentran materializados en billetes en efectivo, y no en forma de sustitutos monetarios. Imaginemos que estos billetes en efectivo están exentos de prestarse en forma de sustitutos monetarios. La situación es, entonces, idéntica a la que existía antes, porque hay 1000 euros en circulación, de los cuales 900 se han impreso de la nada. Sólo existe una diferencia y es que, de esos 1000 que existen ahora, no se van a poder crear 9000 más. Los banqueros, a partir de este momento, van a tener que conceder los préstamos en base a un ahorro real, porque hemos dicho que en este ejemplo los depositantes no van a disponer sustitutos monetarios, y por lo tanto van a tener que renunciar a su dinero mientras los prestatarios lo utilizan.

Antes, la cantidad de medios de pago en circulación era de 1000 euros, de los cuales 900 —que se encontraban en forma de sustitutos monetarios— habían sido creados de la nada. Ahora se parte igualmente de 1000 euros en efectivo, de los cuales 900 se han impreso de la nada durante el rescate del Banco Central. La situación —repetimos— parece idéntica, pero no lo es, porque el hecho de que forzosamente los 1000 euros tengan que ahorrarse para ser prestados, hará que cambie la operativa de los bancos. Si bien antes, con un coeficiente de caja del 10%, emi-tían 1000 euros en forma de sustitutos monetarios por cada 100 que recibían; ahora, por cada 1000 euros que reciban, podrán prestar 100. Se puede apreciar cómo la situación es justamente la contraria, aún manteniendo el mismo coeficiente de caja.

El problema es que en realidad, cuando el Banco Central imprime nuevo dinero, los bancos pueden seguir prestándolo en forma de sustitutos monetarios. De esta forma, si el Banco Central imprime 1000 euros para rescatar a los bancos, estos a su vez pueden emitir otros 10000 euros en forma de sustitutos monetarios. Con el problema adicional de que, en esta ocasión, los bancos parten de 1000 euros que ya de por sí no fueron ahorrados, puesto que fueron impresos por el Banco Central. Afortunadamente, los bancos tienen que ir devolviendo al Banco Central estos 1000 euros que les prestaron durante el rescate, lo cual frena la emisión de nuevos sustitutos monetarios. No obstante al final, e independientemente de que existan rescates bancarios o no, el Banco Central siempre va imprimiendo billetes a una velocidad mayor a la que los bancos los devuelven.

Al Banco Central le gusta que continuamente exista una inflación —o subida de los precios debida al aumento de la cantidad de medios de pago en circulación— moderada. Es por ello que la cantidad de billetes existentes va aumentando lentamente de una forma continua e inexorable, al igual que la cantidad de sustitutos monetarios, que se van multiplicando exponencialmente. Lo cierto, no obstante, es que la cantidad de dinero en circulación se va incrementando de una forma tan sutil que de un día para otro resulta imperceptible. Únicamente notamos la inflación con el paso de los años, en caso de que no se hayan producido bienes en la misma proporción en la que ha aumentado la cantidad de dinero disponible; y por lo tanto estos hayan subido de precio. Pero es que los economistas del Banco Central piensan —sin mucho criterio— que una deflación moderada conduciría a la ruina.

Los errores del profesor Huerta de Soto:

Ya hemos visto, durante todas estas páginas —y, sobre todo, en el capítulo Cuándo no se crea dinero de la nada, que era el introductorio a éste— que solo se crean medios de pago cuando al prestatario se le entrega el dinero del depositante mientras a éste se le facilitan sustitutos monetarios; o bien cuando se entregan sustitutos monetarios a ambos. Y hemos visto que, del mismo modo que antiguamente los banqueros emitían certificados de depósito que se convertían en sustitutos monetarios cuando empezaban a circular como medios de pago; actualmente los banqueros crean depósitos —cuentas bancarias— de la nada cuyo saldo se convierte en sustituto monetario cuando empieza a circular como medio de pago mediante las tarjetas bancarias. Sin estas, todo el dinero que los bancos crean contablemente no tendría ninguna materialización física, y por lo tanto no podría circular en forma de sustitutos monetarios.

Pues bien, según el profesor Huerta de Soto, la creación de medios de pago de la nada se produce en cualquier contexto en el que el dinero procedente de un depósito a la vista se le entregue a un prestatario; independientemente de que el depositante disponga de sustitutos monetarios (de un saldo virtual que pueda utilizar mediante una tarjeta bancaria) o no. Para el profesor Huerta de Soto, el propio saldo virtual ya son sustitutos monetarios en sí mismos, pues es un apunte contable que garantiza la doble disponibilidad.

     “El banco crea de la nada dinero que presta en forma de bienes presentes a Z, sin que nadie se haya visto obligado a ahorrar esa misma cifra con carácter previo, puesto que el depositante originario X sigue pensando subjetivamente que tiene a su disposición el millón íntegro de u.m. que depositó en el banco, es decir, que dispone de un activo plenamente líquido (dinero) por importe de un millón de u.m.; y al mismo tiempo, el prestatario Z recibe para sus inversiones 900.000 u.m. de nueva liquidez que nadie ahorró con carácter previo. Es decir, dos personas distintas consideran que disponen perfecta y simultáneamente de la misma liquidez” (pág. 153 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

Da igual lo que el depositante considere subjetivamente. Si el depositante X es el único del banco, no podrá recuperar su dinero en efectivo por muy convencido que esté. Solo si dispone de una tarjeta bancaria (o de cualquier otro tipo de instrumento de pago) podrá utilizar su dinero al mismo tiempo que lo tiene el prestatario. El profesor Huerta de Soto no se da cuenta de que, sin tarjetas bancarias ni transferencias, no puede haber doble disponibilidad, porque dos personas no pueden tener los mismos billetes a la vez; a pesar de que un apunte contable diga lo contrario. Los apuntes contables y el saldo virtual de las cuentas bancarias no son sustitutos monetarios hasta que no empiezan a circular como tal, gracias a las tarjetas y demás instrumentos de pago. Los bancos, por lo tanto, no crean ningún dinero por el simple hecho de que se apropien del dinero de sus depositantes para prestarlo, aunque el profesor Huerta de Soto afirme que sí:

      “La propia institución, jurídicamente contradictoria, del depósito irregular sin obligación de custodia, es decir, con reserva fraccionaria a favor del banco, por sí misma genera unos procesos económicos que hacen que los préstamos e inversiones que realizan los bancos con los depósitos que se apropian o crean, tiendan a ser erróneos de manera generalizada, porque en última instancia se financian con una expansión del crédito sin previo aumento del ahorro real”. (Pág. 122 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

El profesor Huerta de Soto simplemente no distingue entre que se emitan sustitutos monetarios o no, porque únicamente está centrado en el hecho de que, si se presta un dinero que previamente no ha sido ahorrado, se generan malas inversiones y crisis económicas. Piensa que, como los depositantes consideran que tienen la completa disponibilidad sobre su dinero, ni están renunciando a él ni lo están ahorrando. No se da cuenta de que, en realidad, los depositantes siempre renuncian a su dinero mientras lo mantienen en el banco, ya que podrían ir a retirarlo en cualquier momento y hacer que éste quebrase. Los banqueros, en caso de que no emitan sustitutos monetarios que los depositantes puedan utilizar en lugar de su propio dinero, dependen plenamente del ahorro (o renuncia al consumo) de sus depositantes.

Sólo cuando un banco quiebra se demuestra que, efectivamente y en ese caso en particular, el dinero prestado no ha sido ahorrado durante el tiempo necesario, pues los depositantes —que no disponen de sustitutos monetarios— han ido a retirarlo antes de que los prestatarios lo hubieran devuelto. Pero esto tampoco significa que ese dinero depositado no haya sido ahorrado hasta el mismo momento de su retirada; simplemente los plazos no han coincidido. Pero, para eso, la teoría de la liquidez se encarga de estudiar durante cuánto tiempo hay que prestar el dinero de los depositantes, en función de si acostumbran a mantenerlo durante mucho tiempo en el banco o de si lo retiran enseguida. Obviamente el dinero procedente de los depósitos a la vista no debería salir del banco —a fin de respetar la motivación de guarda o custodia del contrato— pero, en caso de que los banqueros violen este principio, al menos deberían prestar el dinero durante periodos muy cortos de tiempo, para que se encuentre otra vez en el banco cuando los depositantes vayan a retirarlo.

Si los bancos quiebran por prestar el dinero procedente de los depósitos a la vista y conducir a los prestatarios a realizar malas inversiones generalizadas, será el Banco Central el que cree el dinero de la nada, al imprimir los billetes necesarios para rescatar a los bancos que aún no hayan recuperado los depósitos. Pero no serán estos los que habrán creado el dinero de la nada, sino el Banco Central. Cuando los bancos privados no emiten sustitutos monetarios, es un error hablar de creación de dinero de la nada. Ni es creación (porque no emiten ningún tipo de medio de pago, sólo redistribuyen los ya existentes), ni es de dinero (en tal caso sería de sustitutos monetarios, porque dinero —como tal— jamás crean los bancos), ni es de la nada (porque ya hemos demostrado que el dinero depositado a la vista se ahorra hasta el mismo momento en que se retira).

Según el profesor Huerta de Soto, no obstante, solo el dinero procedente de los préstamos (y, más concretamente, de los préstamos a plazo) ha sido ahorrado, al tratarse de un dinero que los clientes han prestado al banco —a cambio de recibir un interés— durante un periodo de tiempo perfectamente definido. Pero esto no es cierto; cualquier dinero que una persona renuncia a utilizar está siendo ahorrado, independiente de que lo deposite, de que lo preste, o de que simplemente lo tenga en un cajón de su casa.

Para que haya creación de medios de pago de la nada no necesariamente tiene que producirse un delito de apropiación indebida (a partir del cual los banqueros se apropian del dinero de sus depositantes para prestarlo); pero sí es esencial que se produzca siempre un delito de falsificación. El banquero siempre tiene que falsificar el dinero de sus depositantes —entregándoles sustitutos monetarios en forma de saldo virtual asociado a cuentas y tarjetas bancarias—; y luego puede prestar los depósitos en efectivo (cometiendo un delito de apropiación indebida) o bien en forma de sustitutos monetarios. En este caso no necesita apropiarse indebidamente del dinero de sus depositantes para poder prestarlo, ya que lo que presta es otra falsificación del mismo. Mientras que el prestatario —o la persona que reciba pagos con tarjeta por parte de éste— no vaya al banco a retirar el dinero en efectivo, el banquero no comete ningún delito de apropiación indebida, ya que conserva físicamente el dinero del depositante.

El delito de apropiación indebida no es necesario para que se produzca una creación de medios de pago de la nada, ya que el banquero puede prestar el dinero del depositante en forma de sustitutos monetarios. El delito de falsificación, en cambio, sí es esencial para que se creen medios de pago de la nada; porque si el banquero únicamente presta el dinero de sus depositantes —sin haberles entregado previamente sustitutos monetarios—, solo se produce una redistribución de los medios de pago existentes. El profesor Huerta de Soto, no obstante, afirma que sí hay apropiación indebida cuando el banquero crea depósitos de la nada (o cuentas bancarias) asociados a instrumentos de pago como cheques, pagarés, tarjetas, etc. No es cierto, lo que hay en ese caso es un delito de falsificación. El banquero no necesita apropiarse del dinero de nadie cuando puede prestarlo en forma de sustitutos monetarios; pero vamos a ver lo que dice el profesor Huerta de Soto al respecto:

      No existe diferencia económica alguna entre la emisión de billetes sin respaldo y la expansión ex nihilo de crédito bancario respaldada con depósitos generados de la nada. La única diferencia que existe es de tipo jurídico, puesto que, de acuerdo con los principios universales del derecho, en el caso de la emisión de billetes sin respaldo se produce, como ya hemos visto, una falsificación de documento y un delito de estafa, mientras que en el caso del contrato de depósito bancario de dinero tan sólo hay una apropiación indebida. (Pág. 202 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

Como ya decíamos, y aunque el profesor afirme lo contrario, existe un delito de falsificación en ambas situaciones, porque tanto los billetes que antiguamente prestaban los banqueros (en lugar del oro depositado, que mantenían en el banco) como los depósitos que actualmente crean y prestan —en forma de dinero virtual asociado a cuentas bancarias e instrumentos de pago—, son del mismo modo sustitutos monetarios. El delito de falsificación es exactamente el mismo en ambos casos. Si éste no se produjera y por lo tanto no hubiera emisión de sustitutos monetarios, entonces ya sí tendría que haber un delito de apropiación indebida, porque el banquero tendría que apropiarse del dinero de sus depositantes para poder prestarlo.

No es el delito de apropiación indebida el que genera la creación de medios de pago de la nada (como mucho, genera una redistribución errónea del dinero ya existente), sino el delito de falsificación. Así pues, una empresa que se dedique a vender sellos a sus clientes, garantizándoles la devolución de su dinero —como si hubieran hecho un depósito a la vista— en cuanto devuelvan los sellos, no origina ningún tipo de creación de medios de pago, aunque al mismo tiempo dicha empresa entregue el dinero de sus clientes a otras personas. Estamos hablando de negocios como el del Fórum Filatélico, o de cualquier tipo de estafa piramidal, en la que el dinero de unas personas se distribuya entre otras (produciéndose un delito de apropiación indebida), sin que en ningún momento se produzca una creación de medios de pago de la nada. Puesto que los sellos que los clientes reciben no pueden utilizarlos como medio de pago en las tiendas —al contrario de lo que sucedía con los certificados de depósito que emitían los bancos, o con el saldo virtual que emiten ahora—, no constituyen verdaderos sustitutos monetarios, y por lo tanto no existe creación de medios de pago.

Baldomera Larra, hija del escritor español Mariano José de Larra, fue antecesora de Ponzi, y figura como una de las primeras personas que realizó una estafa piramidal a lo largo de la historia. Supuestamente ofrecía un interés mensual del 30%, es decir, que por cada 100 onzas de oro que le depositaban a la vista (pudiendo los clientes retirarlas cuando quisieran), prometía 30 onzas al mes. Obviamente esto no implicaba ningún tipo de creación de medios de pago de la nada, puesto que el oro que depositaban los nuevos clientes lo utilizaba para pagar lo que había prometido a los antiguos, tratándose así de una simple redistribución. En ningún momento les entregaba instrumentos de pago que pudiesen utilizar como si fuera el oro propiamente depositado. Tampoco Ponzi creó dinero de la nada, puesto que los cupones postales que vendía a sus clientes (con la promesa de devolverles su dinero en cuanto los presentaran, como si hubieran hecho un depósito a la vista) no podían utilizarlos como medio de pago en las tiendas. Solo los bancos —que también siguen un esquema piramidal— crean medios de pago de la nada, al emitir sustitutos monetarios perfectos.

Un fondo de inversión, por ejemplo, tampoco crea medios de pago de la nada; aún recibiendo préstamos a la vista que los clientes —que han prestado su dinero a la empresa— pueden retirar cuando quieran, y que el fondo invierte como si fueran a plazo. En caso de que se produzca alguna retirada antes de lo previsto, la empresa desinvierte el dinero de sus clientes o utiliza sus propias reservas (el dinero de otros clientes) para devolver lo que corresponda.

Si un prestamista lleva 1000 euros en efectivo a un fondo de inversión, éste por ejemplo puede invertir 900 euros en comprar acciones y guardar los otros 100 en su caja; manteniendo así un coeficiente de caja del 10%. Si el prestamista quiere salirse del fondo de inversión antes del plazo acordado (convirtiéndose así el préstamo a plazo en un préstamo a la vista), el fondo de inversión tendrá que ver a qué precio se encuentran las acciones en ese momento, para calcular cuánto dinero le debe a su cliente. Si las acciones han bajado, éste recibirá de vuelta menos dinero del que invirtió. La empresa, para no tener que vender las acciones que había comprado con el dinero de su cliente, cogerá el dinero de las reservas de otros clientes, hasta que el importe sume lo que le tenga que devolver. En ese momento el coeficiente de caja de la empresa se reducirá (porque conservará menos dinero del resto de sus clientes); lo que implica que ya no podrá seguir invirtiendo tanto dinero como antes hasta haber recuperado las reservas, mediante los beneficios —si es que se producen— de la venta de las acciones o mediante las aportaciones de los nuevos clientes.

También puede suceder que el prestamista, en lugar de llevar los 1000 euros en efectivo, ingrese 1000 euros de su cuenta en el fondo de inversión. En este caso, el saldo de-saparece de la cuenta del prestamista y aparece en la cuenta del fondo de inversión. Si a su vez éste traspasa 900 euros a otra cuenta —o compra acciones por valor de 900 euros—, la suya propia pierde 900 euros. En ningún momento el fondo de inversión puede mantener los 1000 euros que le han prestado, y a su vez comprar acciones por valor de 900 euros. Cuando el fondo de inversión tiene que efectuar un ingreso en la cuenta de alguno de sus clientes, el saldo disminuye en la suya propia. Y cuando el fondo de inversión tiene que efectuar algún pago en efectivo, también saca el importe de su propia cuenta o de su caja. Tanto si las operaciones se realizan con dinero en efectivo como por medio de sustitutos monetarios, el dinero nunca está en dos lugares a la vez.

El fondo de inversión nunca crea dinero de la nada —porque los papeles informativos que entregan a sus clientes no se utilizan como sustitutos monetarios—, al igual que sucede con otras empresas que se dedican a invertir el dinero de sus clientes, sin facilitarles a su vez ningún tipo de instrumento de pago que puedan utilizar en sustitución de su dinero. Y cuando tienen que devolvérselo, o lo desinvierten o lo sacan de su propia cuenta o de las reservas del resto de los clientes. Los bancos, en cambio, no desinvierten ni extraen de ninguna parte los medios de pago que  prestan, porque los depositantes todavía pueden utilizarlos aunque también dispongan de ellos los prestatarios. Solo los bancos tienen el privilegio legal de poder asignar el mismo dinero a dos agentes a la vez.

      “Las autoridades terminan concediendo un privilegio (ius privilegium) en forma de licencia gubernativa mediante la cual se consiente que los bancos operen con un coeficiente de reserva fraccionaria. Los gobernantes fueron, en la mayor parte de las circunstancias, los primeros que se aprovecharon de la actividad bancaria fraudulenta, obteniendo de ella una financiación pública más fácil (en forma de préstamos de los banqueros). Parece como si a los banqueros se les concediera el privilegio de poder hacer uso del dinero propiedad de sus depositantes en beneficio propio, a cambio del acuerdo tácito de que tal uso se materializara, básicamente, en financiación y préstamos concedidos a las autoridades públicas.” (Págs. 54 y 55 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

Aunque muchas empresas —y no sólo los fondos de inversión— operen con un coeficiente de reserva fraccionaria en los préstamos a la vista, solo los bancos (que todo el dinero lo reciben como si fueran préstamos, aunque la motivación del cliente haya sido la de hacer un depósito) crean medios de pago de la nada, al emitir sustitutos monetarios. Dice el profesor Huerta de Soto lo siguiente:

El que se «garantice» en muchas operaciones «irregulares» la continua disponibilidad tiene como fin convencer al cliente de que no precisa renunciar a la misma ni efectuar el sacrificio que exige el ahorro, lo cual facilita enormemente la captación de fondos, especialmente entre ingenuos a los que se tienta, como en todo engaño o timo, con la posibilidad de obtener altas rentabilidades sin sacrificio ni riesgo alguno.” (Pág. 127 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos).

No vamos a explicar otra vez por qué el cliente, pese a mantener continuamente la disponibilidad de su dinero, está renunciando a él —y lo está ahorrando— mientras no lo utilice. Tan solo insistir, como ya habíamos dicho antes, en que la mayoría de la empresas (y no sólo los bancos) ofrecen a sus clientes la posibilidad de retirar su dinero cuando quieran. Si un cliente presta su dinero durante un plazo, y quiere recuperarlo antes de que haya finalizado, simplemente se le cobra una penalización por cancelación o amortización anticipada. En el caso de los fondos de inversión, el cliente obtiene el importe que corresponda al precio actual de las acciones. Un préstamo que inicialmente era a plazo, se convierte inmediatamente en un préstamo a la vista; en el que el cliente acepta perder una parte de su dinero para poder recuperarlo antes. Sólo el contrato de depósito a la vista garantiza la devolución del 100% del dinero depositado, independientemente de cómo vaya la empresa y del momento en el que el cliente vaya a retirarlo.

La gran mayoría de las empresas operan con los préstamos a la vista de sus clientes (que son conscientes de que, en muchas circunstancias, no tienen garantizada la recuperación del 100% del dinero que han prestado), sin crear ningún dinero de la nada. Solo los bancos multiplican la cantidad de medios de pago, al facilitar sustitutos monetarios a los depositantes, mientras entregan su dinero —en efectivo o en forma de sustitutos monetarios— a los prestatarios. Si lo que se pretende es que los bancos no creen medios de pago de la nada, basta con que no emitan sustitutos monetarios cuando presten el dinero de sus clientes. Cumpliendo con esta única premisa, su funcionamiento será idéntico al de los fondos de inversión y demás empresas que también invierten el dinero de sus clientes sin crear dinero de la nada, aún manteniendo un coeficiente de reserva fraccionaria en los préstamos a la vista.

Los errores del profesor Juan Ramón Rallo:

Según el profesor Juan Ramón Rallo, en cambio, los bancos no crean dinero de la nada, sino deuda, que para él es algo completamente diferente. El profesor Rallo define el dinero como un bien presente que, según Carlos Bondone, es aquel que no necesita respaldo porque ya tiene valor por sí mismo; y la deuda como un bien futuro, que es aquel que será canjeado por bienes presentes al no tener respaldo por sí mismo. Un ejemplo de un bien presente sería para ellos el oro, y un ejemplo de bienes futuros serían los billetes (o cualquier tipo de promesa de pago) que los banqueros emiten, y que se supone que tendrían que estar respaldados por oro (el bien presente).

La mejor de estas taxonomías nos la ofrece el economista argentino Carlos Bondone en su libro Teoría de la Moneda (2012). (…). Para Bondone, todos los medios de intercambio son moneda y toda moneda es un bien económico. Los bienes económicos, a su vez, pueden ser bienes económicos presentes y bienes económicos futuros; a los primeros Bondone los denominará moneda-dinero y a los segundos moneda-crédito. La moneda-dinero es todo bien económico presente que cumple la función de moneda, es decir, satisface la necesidad de liquidez desde su condición de ser bien económico presente (oro, plata, cereal, etc.). La moneda-crédito es todo crédito que cumple la función de moneda, es decir, satisface la necesidad de liquidez desde su condición de ser crédito”. (La redefinición moderna del origen y de las funciones del dinero; artículo de Juan Ramón Rallo).

Vemos entonces que, para el profesor Rallo, es lo mismo hablar de bienes presentes que hablar de dinero mercancía (que, tal y como vimos anteriormente, es todo medio de intercambio generalmente aceptado que tenga valor por sí mismo); y que a su vez es lo mismo hablar de bienes futuros que hablar de dinero crédito (todo medio de intercambio generalmente aceptado y canjeable por una cantidad determinada de dinero mercancía). Sin embargo a continuación veremos que, aunque el profesor Rallo utilice los dos primeros conceptos (bienes presentes y dinero mercancía) y los dos segundos como si fueran sinónimos; no lo son en absoluto. El hecho de utilizar indistintamente todos estos términos conlleva a una enorme confusión que, posiblemente, es la responsable del resto de sus errores.        

Si recogemos la definición que ofrece Mises, un crédito consiste en un intercambio de bienes presentes por bienes futuros o, lo que es lo mismo, en que una persona entregue un bien hoy para recibir otro bien de más valor mañana. Ejemplos de crédito:

Una persona deja oro en el banco hoy (bien presente), para recibir de vuelta una mayor cantidad de oro mañana (bien futuro).

Una persona deja billetes en el banco hoy (bien presente), para recibir de vuelta más billetes mañana (bien futuro).

Una persona entrega un cheque hoy (bien presente), para recibir un televisor mañana (bien futuro).

Una persona entrega un televisor hoy (bien presente), para recibir los billetes mañana (bien futuro).

La cantidad de ejemplos puede ser infinita; pero el caso es que nos demos cuenta de que, según la definición de crédito que ofrece Mises, cualquier tipo de bien puede actuar como un bien presente o como un bien futuro en determinadas circunstancias. En este sentido, es un error clasificar permanentemente los cheques o los billetes como bienes futuros, tal y como hacen Bondone —el único autor de todos los que aquí mencionamos que no pertenece a la Escuela Austríaca— o el profesor Rallo. Pero, del mismo modo, también es un error clasificarlos permanentemente como bienes presentes, tal y como hace el profesor Huerta de Soto, y supuestamente también Mises y Böhm-Bawerk. No obstante, y puestos ya a hacerlo mal, es mucho mejor clasificarlos invariablemente como bienes presentes, pues la mayoría de las veces los cheques, billetes y demás instrumentos de pago son entregados al contado, en el mismo momento de realizar las compras.

Recordemos que los bienes presentes son aquellos que tenemos hoy, utilizamos hoy, recibimos hoy, etc; y los bienes futuros son aquellos que tendremos mañana, utilizaremos mañana, recibiremos mañana, etc. Decir que un cheque que utilizamos hoy (bien presente) como medio de pago en una tienda es un bien futuro —por el simple hecho de que en el futuro deba ser canjeado por oro— es distorsionar la realidad hasta tal punto que ya incluso se duda de si lo harán de forma intencionada.

      “Mientras que el dinero es un bien presente, las promesas son bienes futuros, es decir, las promesas simplemente son un compromiso a entregar dinero al acreedor en un momento futuro (sea ese futuro de muy corto o largo plazo)”. (La redefinición moderna del origen y de las funciones del dinero; artículo de Juan Ramón Rallo).

Esta clasificación de Bondone que el profesor Rallo apoya es, como ya hemos visto, un atentado contra el sentido común de la gente. La clasificación correcta es la que hace el profesor Huerta de Soto cuando define el oro como dinero mercancía y los billetes como dinero crédito; o la que hace el propio Juan Ramón Rallo cuando define el oro como un activo real y los billetes como un activo financiero. Que sean bienes presentes o bienes futuros dependerá —en ambos casos— de si se utilizan como medio de pago hoy o mañana; independientemente de que representen una deuda o no. Afirmar que los medios de pago basados en deudas son siempre bienes futuros, produce teorías tan increíbles y desconcertantes como las que veremos a continuación.

Según Bondone y el profesor Rallo, puesto que los préstamos de los bancos no consisten en la emisión de bienes presentes (oro, o algún tipo de bien que tenga valor por sí mismo), sino en la emisión de deuda (sustitutos monetarios o promesas de pago que en el futuro serán canjeadas por bienes presentes), los bancos no estarían creando ningún dinero (bien presente) de la nada. Lo que estarían creando son bienes futuros, o deuda. Y, puesto que la deuda —o el crédito— supone por definición una renuncia a ciertos bienes presentes hoy a cambio de recibir una mayor cantidad de bienes presentes en el futuro, los bancos no estarían creando su deuda a partir “de la nada”, sino a partir de esos bienes presentes a los que se renuncia. Esto, a su vez, implicaría que no puede existir una doble disponibilidad, porque el que debe cobrar su deuda tiene que renunciar a los bienes presentes (el oro, y lo que pueda comprar con éste) hasta que cobre dicha deuda.

Aquí se aprecia claramente cómo, valiéndose de condicionantes y de pequeñas alteraciones en el lenguaje, intentan colar una teoría de dudosa credibilidad cuya validez científica no deben tener muy clara ni ellos; pero que —mientras van profundizando sobre el tema— les viene muy bien para justificar la metodología de los bancos. Obviamente, estos sí crean dinero de la nada (concretamente dinero crédito), haciendo que el depositante y el prestatario puedan utilizar sustitutos monetarios mientras que el dinero originalmente depositado permanece en el banco. No hay renuncia por parte de nadie, por lo que el crédito como tradicionalmente se entiende ni siquiera existe, puesto que la renuncia es imprescindible en el crédito.

Se supone que, en una operación de crédito, una persona entrega bienes en el presente para obtener una cantidad mayor de bienes en el futuro; y que la persona que entrega los bienes presentes tiene que renunciar a ellos. Por ejemplo, así:

      Un prestamista entrega oro, billetes —o lo que sea— al banco hoy (bienes presentes), para recibir una mayor cantidad de oro, billetes —o lo que sea— mañana (bienes futuros).

En este caso sí hay renuncia. Pero esto no es lo que sucede actualmente. Lo que sucede actualmente es esto:

Un prestamista entrega oro, billetes —o lo que sea— al banco hoy (bienes presentes), a cambio de recibir sustitutos monetarios hoy (bienes presentes), y la devolución del dinero prestado mañana (bienes futuros) junto con el interés, en caso de que no se haya gastado los sustitutos monetarios cuando vuelva (es decir, en caso de que no regrese con su cuenta a 0).

Se puede apreciar claramente que, en este último caso, no existe ningún tipo de operación de crédito, en el sentido de que nadie renuncia a sus bienes presentes a cambio de obtener bienes futuros. Lo único que ocurre es que el mal llamado prestamista da unos bienes ahora (el oro en este caso) a cambio de recibir otros bienes ahora (los sustitutos monetarios). Estos bienes, aunque no tengan un valor real, tienen valor porque éste es siempre subjetivo, y las personas han proyectado en ellos el valor de aquellos bienes que pueden conseguir a cambio de entregar esos papeles.

Todos nos damos cuenta —y Mises y el profesor Huerta de Soto los primeros— de que las promesas de pago emitidas por los bancos (en forma de dinero virtual asociado a cuentas bancarias, cheques, etc) están basadas en un derecho de cobro que tendrá lugar en el futuro (cuando las promesas de pago sean canjeadas por el dinero originalmente depositado); y de que aún así las personas las utilizan para comprar bienes en el presente, al igual que harían con el oro si todavía fuera un medio de intercambio generalmente aceptado. Por lo tanto, y aunque Bondone se empeñe en que las promesas de pago que emiten los bancos son —según su terminología nefasta y engañosa— bienes futuros (deuda), lo cierto es que son bienes presentes (dinero) al mismo tiempo. Parece una contradicción, pero no lo es: Para los clientes que las reciben son dinero, porque las utilizan para comprar otros bienes en el presente o en el futuro, igual que si tuvieran oro; mientras que para los bancos que las emiten son deuda. Por eso, la denominación dinero crédito es la más apropiada de todas, ya que abarca ambos conceptos al mismo tiempo.

Hemos dicho que, según la definición clásica de crédito, este consiste en que alguien entrega bienes presentes a cambio de recibir bienes futuros. El que otorga el crédito es, por lo tanto, la parte que aporta los bienes presentes, y la que los recibe es la que más adelante los devolverá. Pues bien, en todo crédito tiene que haber una persona que aporte los bienes presentes iniciales, y lógicamente en el crédito bancario también. Tradicionalmente, la persona que aportaba los bienes presentes era siempre el depositante de oro; pero actualmente ya nadie deposita ni presta oro a los bancos, sino billetes, que para Bondone y el profesor Rallo no entran en la categoría de bienes presentes. Esto implica que, bajo sus propias definiciones, no haya nadie que aporte los bienes presentes necesarios para el crédito; y que por lo tanto les toque buscarlo un poco en donde surja.

Así pues, nos sorprenden con una nueva visión donde la persona que aporta los bienes presentes ya no es la que presta su dinero al banco, o el propio banco en sí (pues ni uno ni otro entregan —a juicio del profesor Rallo— bienes presentes); sino cualquier vendedor que, tras entregar sus mercancías (bienes presentes), recibe sustitutos monetarios (bienes futuros) como medio de pago. Es decir que, según Bondone y el profesor Rallo, si una persona va al banco a pedir dinero porque quiere comprarse un televisor, el banco no le estaría concediendo ningún crédito porque no es quien entrega el televisor. Quien le financia con su ahorro real (con su televisor) es el vendedor, porque es éste quien hace entrega de los bienes presentes. En realidad, esto podría ser así de no ser porque el vendedor al igual que ocurre con el prestamista cuando deja su dinero en el banco recibe sustitutos monetarios en el momento de entregar el bien presente; lo que hace que ya no exista ningún tipo de ahorro por su parte.

Vemos, en cualquier caso, hasta dónde llega el grado de ingenio y sofisticación de los teóricos de la liquidez, pero aún pueden dar más de sí. También afirman que el vendedor del televisor —o del bien presente— no solo le da crédito a la persona que lo recibe, sino que además le da crédito al propio banco en sí pues, cuando el vendedor de la tele recibe como medio de pago los sustitutos monetarios que el banco había emitido, pasa a tener una deuda contra él, lo que ya le convierte en su acreedor. Repetimos: Cuando el vendedor del televisor acepta como medio de pago un pagaré procedente del banco, obtiene una deuda contra él. Y, puesto que ahora el banco le debe billetes, esto convierte al vendedor de la tele en el acreedor del banco, que tendrá que darle el dinero correspondiente cuando vaya a descontar (o canjear) el pagaré.

Si el vendedor de la tele, en lugar de ir al banco a cobrar su pagaré, decidiera utilizarlo para comprar otros bienes presentes (por ejemplo, un ordenador), el que ahora daría el crédito sería el vendedor del ordenador que, a su vez, también pasaría a ser el nuevo acreedor del banco, al haber recibido durante la venta una promesa de pago contra él. Mientras que el vendedor del ordenador no vaya al banco a canjear el pagaré por dinero en efectivo —o por un ingreso en su cuenta bancaria—, según el profesor Rallo le está dando crédito al banco.

El crédito se articula cuando tú vas con un pagaré a ese vendedor y le dices “te compro tu coche con este pagaré”; con lo cual el vendedor si acepta el pagaré está renunciando a su bien presente, que es el coche, a cambio de un crédito exigible contra el banco. Por lo tanto es el vendedor el que, al vender el bien, está dando crédito; no el banco. El banco es un intermediario para conectar el crédito que da el vendedor y el crédito que recibe el comprador; pero el banco no da crédito, sino que reconoce crédito. Conecta acreedor y deudor, pero no genera nuevo crédito de la nada. De hecho es que, además, es todavía más flagrante, porque para que el banco pueda dar crédito alguien se lo tiene que dar. Entonces, ¿quién le está dando crédito al banco en este ejemplo que he puesto yo? El vendedor del coche. Cuando el vendedor del coche acepta la deuda del banco, le está dando crédito al banco mientras no cobre la deuda. Por lo tanto, ¿quién está prestándole al banco? ¿Quién está renunciando a los bienes presentes? El vendedor de automóviles. ¿Quién está recibiendo bienes presentes por el sacrificio que ha sufrido el vendedor de automóviles? El que compra el automóvil; y el banco está en medio. (Juan Ramón Rallo, entre el minuto 1:17:00 y 1:18:30 de la conferencia titulada “Algunos errores (graves) en la teoría monetaria de Mises”, que puede verse en youtube).

De esta forma, siempre tendrán a alguien que aporte los bienes presentes, pues todos los vendedores aceptarán como medio de pago el dinero crédito emitido por los bancos. En esta ocasión el vendedor del coche es el que entrega los bienes presentes pero, en cuanto transfiera los sustitutos monetarios a otro vendedor, éste pasará a ser el nuevo proveedor de los bienes presentes, y el nuevo acreedor del banco. Puesto que, además, estos vendedores tienen que renunciar a sus bienes presentes al entregarlos, el profesor Rallo defiende que se está produciendo un intercambio de crédito entre el vendedor (que aporta los bienes presentes) y el comprador (que aporta las promesas de pago del banco, o bienes futuros), durante el cuál el banco tan solo es el intermediario.

Pues bien, todo esto no es sino un intento del profesor Rallo de convertir al vendedor en un emisor de crédito mediante toda una serie de argucias verbales bastante sorprendentes. Para empezar, no es cierto que el vendedor le esté dando crédito al banco mientras no vaya a cobrar el importe de su pagaré, tal y como afirmaba el profesor Rallo. En todo caso, podría decirse que no le está quitando crédito al banco mientras no vaya a cobrar su pagaré; pero claro, es más llamativo cambiar el significado de las palabras para dar la vuelta a las cosas. Así, también se podría defender que un asesino le está dando la vida a su víctima mientras no la mate, o que un ladrón le está dando dinero a su víctima mientras no se lo robe; cuando lo correcto en ambos casos es decir que el asesino no le está quitando la vida a su víctima mientras no la mate, y que el ladrón no le está quitando dinero a su víctima mientras no se lo robe. Y por supuesto el hecho de que, por definición, el vendedor sea ahora el acreedor del banco (ya que el banco le debe dinero), no significa que el vendedor le haya dado o le esté dando ningún tipo de crédito al banco. La persona que da crédito al banco es, siempre, la que aporta su dinero en efectivo y ejerce así de prestamista.

En cualquier caso, toda esta maraña de alteraciones semánticas con la que se pretende justificar el intercambio de roles tampoco es que tenga ningún objetivo más allá del de aturdir a la gente; así que pasaremos directamente al punto importante, que es el que llevamos tratando todo el tiempo. El vendedor del televisor no da crédito, porque en ningún momento entrega sus bienes presentes (el televisor) a cambio de bienes futuros. Entrega bienes presentes a cambio de recibir un pagaré o un ingreso bancario en el mismo momento de la venta, lo cual convierte a esos sustitutos monetarios en bienes presentes también. El pagaré solo podría clasificarse como un bien futuro si, por ejemplo, el vendedor aceptara recibirlo seis meses después de haber entregado el televisor; o si —pese a recibir el pagaré en el mismo momento de la venta— no pudiera utilizarlo como medio de pago hasta dentro de seis meses. Para que el pago sea a crédito, la persona que lo realiza tiene que dejar a deber el importe de la compra, sin entregar ningún tipo de sustituto monetario. De lo contrario, los efectos son los mismos que si hubiese realizado un pago al contado.

Ahora bien, el saldo virtual o el pagaré que transfiere el comprador, puede proceder de un depósito o de un préstamo.

En el primer caso, el depositante habría ido al banco a realizar un depósito, y posteriormente habría utilizado el saldo virtual de su cuenta bancaria para emitir un pagaré; o bien para realizar una transferencia. Esto no originaría ningún tipo de creación de medios de pago, siempre y cuando el banco no prestara el dinero de esta persona al mismo tiempo.

En el segundo caso, el comprador del coche sería un prestatario que habría utilizado el crédito del banco para emitir un pagaré, o para hacer una transferencia mediante su tarjeta al vendedor. Tanto si emite el pagaré como si hace la transferencia, el prestatario tiene que devolver el importe al banco. Esto, obviamente, sí genera una creación de medios de pago; puesto que el depositante dispone de su dinero (en efectivo o en forma de sustitutos monetarios) mientras que el prestatario recibe un ingreso bancario con el que puede emitir una transferencia o un pagaré.

También puede suceder que el prestatario emita el pagaré sin ningún tipo de saldo en su cuenta. En este caso, únicamente tiene que conseguir dicho saldo —o llevar al banco el importe en efectivo— antes de la fecha de vencimiento del pagaré. De esta forma, el banco podrá transferir el importe del pagaré a la persona que lo haya comprado.

E igualmente puede ocurrir que el prestatario sea un empresario que, en lugar de pedir crédito en el banco, emita sus propios pagarés. En este caso, la persona que los compra es la que financia al empresario, el cual recibe dinero a cambio de entregar los pagarés. El comprador, una vez que ya tiene los pagarés, puede llevarlos al banco en cualquier momento para que se los descuenten; y cobrar de este modo el importe en efectivo, o en forma de sustitutos monetarios (si es que mantiene en su cuenta el ingreso que reciba). El empresario que emitió los pagarés ya no debe dinero a la persona que se los compró, sino al banco donde ésta los ha descontado. Vemos entonces cómo, aunque el banco no haya emitido inicialmente los pagarés, es exactamente como si lo hubiera hecho. Al final, su función ha sido adelantar un dinero (en efectivo o en forma de sustitutos monetarios) que el empresario, ejerciendo de prestatario, tiene que devolver.

En este caso, hemos visto que el prestatario entrega los pagarés a cambio de financiación inmediata (a cambio de dinero en efectivo o de sustitutos monetarios). En los otros casos, veíamos que el prestatario entregaba los pagarés a cambio de un coche, de un televisor, o de cualquier otro bien. Es lo mismo; tan solo cambia el tipo de objeto por el que se intercambian los pagarés. En ninguno de los dos casos hay renuncia por parte de nadie, ya que la persona que entrega los pagarés obtiene dinero —o un coche, o lo que sea— a cambio; y la que los recibe puede descontarlos en el banco, cobrando una parte del importe en efectivo o en forma de sustitutos monetarios. Obviamente, tanto si el prestatario utilizó los pagarés para obtener un coche, como si los utilizó para obtener financiación inmediata, tendrá que devolver el importe del préstamo.

De todos estos casos en los que una persona puede emitir un pagaré ejerciendo de prestatario, el más visual es el primero que hemos mencionado; donde alguien pide un crédito al banco y, posteriormente, emite un pagaré contra el saldo virtual de su cuenta bancaria. A partir de entonces, la persona que compra o recibe el pagaré puede llevarlo en cualquier momento al banco para cobrar su importe; de tal forma que el saldo virtual se trasladará desde la cuenta de la persona que emitió el pagaré, hasta la cuenta de la persona que lo ha comprado. A continuación, y ya con el nuevo saldo virtual en su cuenta bancaria, esta persona decidirá si quiere retirar su dinero en efectivo, o si prefiere mantenerlo en forma de sustitutos monetarios. El proceso es exactamente el mismo que con una transferencia bancaria, salvo porque en este caso el traspaso de una cuenta a otra es inmediato; mientras que con los pagarés sólo se produce cuando una persona los lleva al banco y da la orden de cobrar el importe.

Vamos a ver, entonces, los diferentes eventos que pueden ocurrir cuando un prestatario compra un coche (para utilizar el ejemplo del profesor Rallo y enlazar así con lo que él decía) utilizando como medio de pago un pagaré; sabiendo que, además, el banquero también tendrá que devolver su dinero al depositante —que en este caso es prestamista— inicial, del que Bondone y el profesor Rallo decidieron prescindir a la hora de elaborar sus teorías porque para qué tenerle en cuenta si, según ellos, el papel del prestamista (o de la persona que renuncia a sus bienes) puede desempeñarlo igualmente el vendedor del coche, sin necesidad de efectuar tampoco ahorro alguno.

Primero veremos qué ocurre cuando el banco entrega sustitutos monetarios imperfectos al prestatario (de tal forma que no haya creación de dinero de la nada), y posteriormente veremos qué ocurre cuando le entrega sustitutos monetarios perfectos. Pero expondremos el proceso desde el principio:

-Un prestamista lleva 1000 euros al banco. En este caso es dinero crédito (en forma de billetes), pero el resultado sería el mismo con dinero mercancía (como por ejemplo oro). Lo importante es que el banco no entregue ningún tipo de sustituto monetario a la persona que lleva el dinero, puesto que a su vez va a prestárselo a otra.

-El prestatario le pide al banco un préstamo de 1000 euros, y un talonario para emitir un cheque. El banco le especifica que debe escribir en el cheque el nombre de la persona X —a la que va dirigido—, y que solo esta podrá canjearlo al cabo de seis meses, exclusivamente por dinero en efectivo. Se trata por lo tanto de un sustituto monetario no perfecto, ya que solo la persona X querrá aceptarlo como medio de pago, si es que realmente está dispuesta a esperar seis meses antes de poder cobrarlo. El banco, a su vez, le dice al prestatario que tendrá que devolver los 1000 euros (en billetes) en cinco meses.

-El prestatario va a la tienda, y la persona X le entrega un coche (que en este caso es un bien presente) a cambio del cheque (que en este caso es un bien futuro, porque el vendedor no podrá utilizarlo como medio de pago hasta que al cabo de seis meses lo canjee por billetes), por lo que aquí sí existe un verdadero crédito del vendedor —que renuncia a sus bienes presentes a cambio de bienes futuros— al comprador.

-Un mes después, el prestamista inicial (el que dejó 1000 billetes en el banco) vuelve a por su dinero. El banco, como no ha prestado los 1000 billetes —sino que ha realizado un ingreso por éste valor—, los conserva físicamente y puede devolvérselos. Como el vendedor del coche dispone ahora mismo de un sustituto monetario imperfecto (que no podrá utilizar como medio de pago hasta dentro de cinco meses), el banco puede devolver al prestamista su dinero sin generar una doble disponibilidad. Si el vendedor del coche hubiera recibido un ingreso por valor de 1000 euros  —en lugar de un cheque que por el momento no puede utilizar—, entonces sí existiría una doble disponibilidad entre ambos.

-Seis meses después de que el prestatario pidiera el crédito para comprarse el coche, regresa al banco para devolver los 1000 euros. Entonces el vendedor va al banco y —después de que éste le haya ingresado en su cuenta el importe del cheque— retira el dinero en efectivo. Todo este proceso que acabamos de ver es el equivalente a que un depositante guardase su dinero en el banco durante un mes y que, paralelamente a esto, una persona pactara hoy la compra de un vehículo que fuera a pagar en seis meses. En ninguno de los dos escenarios hay creación de dinero de la nada.

Vamos a ver ahora el mismo proceso solo que, en lugar de recibir el vendedor un pagaré que no pueda utilizar durante seis meses, va a recibir un ingreso (sustituto monetario perfecto) en su cuenta bancaria, a partir del cual puede —si quiere— extender un pagaré normal y corriente; o bien realizar una transferencia. Y, a su vez, vamos a ver primero qué ocurre cuando el vendedor decide canjear los sustitutos monetarios por dinero en efectivo; y luego qué ocurre cuando el vendedor decide seguir utilizando los sustitutos monetarios como medio de pago.

-Un prestamista lleva 1000 euros al banco, que en este caso tampoco entrega ningún tipo de sustituto monetario a la persona que lleva el dinero.

-El banco ingresa en la cuenta del prestatario 1000 euros (sustitutos monetarios) que tendrá que devolver en seis meses. Por ahora, los 1000 euros en efectivo que dejó el prestamista permanecen en el banco. No hay doble disponibilidad, porque únicamente están en circulación los 1000 euros virtuales de los que dispone el prestatario. El banco debe en total 2000 euros (1000 al prestamista y 1000 al prestatario) y conserva solo 1000, por lo que tiene un coeficiente de caja del 50%.

-El prestatario compra un coche realizando un pago mediante su tarjeta bancaria, y el vendedor del coche va al banco a sacar su dinero en efectivo. Como todavía no han pasado seis meses y el prestatario no ha devuelto el importe del préstamo, el banco le entrega los 1000 euros en efectivo del prestamista inicial. En ese momento se canjean los sustitutos monetarios (el saldo virtual por valor de 1000 euros) por dinero en efectivo. Al desaparecer los sustitutos monetarios, ya no hay posibilidad de que el prestamista y el vendedor puedan utilizar el mismo dinero a la vez —uno de ellos en efectivo y el otro en forma de sustitutos monetarios—, por lo que ya en ningún momento podrá haber una doble disponibilidad entre ambos. En la práctica es como si el banco hubiera prestado directamente los billetes del prestamista, puesto que ahora los ha recibido el vendedor (al sacar el dinero del banco), y el prestamista ya no puede recuperarlos.

-El prestamista inicial va a por su dinero y el banco, al no tenerlo, le entrega el de otra persona. Ahora hay 1000 euros en circulación por parte del prestamista y otros 1000 por parte del vendedor; pero no hay doble disponibilidad, porque nadie está utilizando unos sustitutos monetarios que permitirían que el mismo dinero estuviera en circulación dos veces. El prestamista inicial está utilizando el dinero de otro prestamista que en este momento está renunciando a él, porque de lo contrario habría ido a sacarlo ya del banco.

Acabamos de ver, por lo tanto, lo que ocurre cuando el banco presta el dinero en forma de sustitutos monetarios, y el vendedor que los recibe decide canjearlos por el dinero en efectivo del prestamista; y hemos comprobado que se produce el mismo efecto que si el banco hubiera prestado directamente su dinero en efectivo. Ahora vamos a ver lo que ocurre cuando el vendedor del coche continúa utilizando los sustitutos monetarios como medio de pago en otra tienda —sin previamente canjearlos por dinero en efectivo—, y el resto de vendedores hacen lo mismo durante seis meses.

-Un prestamista lleva su dinero al banco.

-El banco ingresa en la cuenta del prestatario 1000 euros virtuales que tendrá que devolver en seis meses; manteniendo los 1000 euros en efectivo en su caja.

-El prestatario compra un coche utilizando como medio de pago los sustitutos monetarios recibidos —emitiendo un pagaré o realizando un ingreso al vendedor—, y éste compra otra cosa con los mismos sustitutos monetarios, al igual que los siguientes vendedores durante seis meses.

-A los seis meses, el prestatario devuelve los 1000 euros en efectivo y posteriormente el último vendedor canjea el pagaré. Vemos que en ese caso no ha habido descalce de plazos —porque el prestatario ha devuelto el dinero antes de que el vendedor hubiera ido a cobrar en efectivo el pagaré, y por lo tanto el banco no ha tenido que darle el dinero del prestamista inicial— ni doble disponibilidad, porque el prestamista inicial ha mantenido su dinero en el banco mientras que los diferentes vendedores utilizaban sustitutos monetarios como medio de pago. Pero, ¿qué habría pasado si el prestamista hubiera ido a retirar su dinero un mes después de haberlo dejado en el banco?

Obviamente, en ese caso sí habría habido una doble disponibilidad entre el prestamista y los diferentes vendedores, por lo que vemos que la única forma segura de evitar que exista una doble disponibilidad es entregando al prestatario algún tipo de sustituto monetario imperfecto que, además, solo sea canjeable por dinero en efectivo. De este modo, aunque el prestamista vaya a retirar su dinero al poco tiempo de haberlo dejado en el banco, nunca habrá una doble disponibilidad permanente, porque el vendedor no podrá utilizar los medios de pago que reciba hasta dentro de varios meses, cuando vaya a canjearlos por dinero en efectivo. En cambio, si el prestatario dispone de pagarés, existe la posibilidad de que las personas que los reciban quieran canjearlos por saldo virtual o de que prefieran el dinero en efectivo. Y, a su vez, existe la posibilidad de que el prestamista quiera sacar su dinero del banco o de que no. Dependiendo de lo que suceda en cada caso habrá —o no habrá— doble disponibilidad y creación de dinero de la nada.

A su vez, si el vendedor se ve obligado a esperar un tiempo antes de poder canjear su pagaré, es como si recibiera el pago en el futuro, porque  existe un intercambio de bienes presentes (aquellos que vende) por bienes futuros. Si hay renuncia por parte del vendedor (al no poder canjear el pagaré), ya no pasa nada si no la hay por parte del prestamista, y va a retirar su dinero al poco tiempo de haberlo dejado en el banco. En cambio, si el vendedor recibe sustitutos monetarios perfectos, ya no existirá ninguna renuncia por su parte; y sí será necesario que la haya por parte del prestamista. Dicha persona deberá mantener su dinero en el banco por lo menos hasta que los sustitutos monetarios hayan desaparecido, para que el mismo dinero no esté en circulación dos veces. Una vez que el vendedor haya canjeado los sustitutos monetarios por dinero en efectivo (y por lo tanto los sustitutos monetarios hayan desaparecido) ya no podrá existir una doble disponibilidad porque, si el prestamista también quiere retirar su dinero en efectivo, el banco tendrá que entregarle el de otra persona.

Si, por el contrario, no hay renuncia por parte del prestamista, y saca su dinero del banco cuando todavía el vendedor está utilizando los sustitutos monetarios, entonces sí existirá una doble disponibilidad entre ambos. Esta doble disponibilidad solo terminará cuando el vendedor vaya también a sacar su dinero del banco, y por lo tanto tengan que entregarle el dinero de otro prestamista que sí esté renunciando a él. Por eso es tan importante que el banco preste inicialmente el propio dinero del prestamista, y no sustitutos monetarios. Al prestar el propio dinero del prestamista, el banco perderá su disponibilidad a la hora de devolverlo, de tal modo que tendrá que entregarle el dinero de otra persona. Esto, a su vez, hará que disminuyan las reservas del banco, y que por lo tanto pueda prestar menos dinero en las siguientes ocasiones. Si, por el contrario, el banco presta sustitutos monetarios y por lo tanto conserva generalmente el dinero de todos sus prestamistas; al final recibirá la información implícita de que puede seguir bajando el coeficiente de caja, porque las reservas que tiene ya son lo suficientemente altas.

Hemos visto diferentes ejemplos donde puede existir o no una verdadera operación de crédito (intercambio de bienes presentes por bienes futuros), en función de lo que vaya ocurriendo en cada escenario. En cualquier caso, en todos ellos hay algo que por lo menos se puede asemejar a un intento de crédito, aunque luego no siempre se cumpla. Sin embargo, el procedimiento que se sigue en la actualidad —consistente en que un banco con un coeficiente de caja del 10% pueda extender en forma de sustitutos monetarios un crédito de 9000 euros por cada 1000 que recibe— únicamente puede definirse como una excrecencia crediticia, salvo porque ni siquiera es crediticia.

Recordemos que la forma habitual de explicar el proceso bancario de expansión crediticia es suponiendo que un depositante —o un prestamista— deja 1000 euros en efectivo en el banco; y que entonces el banquero, suponiendo que no mantenga ningún coeficiente de caja, ingresa 1000 euros virtuales en la cuenta del depositante, antes de entregar los 1000 euros en efectivo al prestatario. A continuación, el prestatario realiza un pago en efectivo al vendedor, y éste vuelve a depositar el mismo dinero en el banco, que a su vez vuelve a prestarlo y a ingresar también el dinero virtual (sustitutos monetarios) en la cuenta del nuevo depositante. Así una y otra vez hasta que, a partir de 1000 euros iniciales, se crean 9000 más. Pues bien, en este caso tampoco se articula el crédito, porque una vez más no hay renuncia por parte de nadie. Cada depositante entrega sus bienes presentes (los billetes) a cambio de recibir otros bienes presentes (el saldo virtual en su cuenta bancaria); y a su vez cada vendedor entrega sus bienes presentes (la mercancía que vende) a cambio de recibir otros bienes presentes (el dinero en efectivo que le pagan al contado). Únicamente el banco entrega sus bienes presentes (el dinero del depositante) a cambio de recibir otros bienes en el futuro (el mismo dinero más un interés). Sin embargo, es obvio que el banco no está haciendo ningún sacrificio —porque no está prestando su propio dinero—, aunque sea el encargado de conceder el crédito.

Ludwig von Mises distinguía entre crédito circulatorio y crédito mercancía. Definía el crédito mercancía como aquel que impone un sacrificio a aquella parte que cumple su obligación antes de que lo haga la otra; y el crédito circulatorio como aquel en el que el beneficio de una parte no está equilibrado por el sacrificio de la otra. En todos los ejemplos que hemos visto podía distinguirse claramente en cuál había crédito mercancía y en cuál había crédito circulatorio. Aunque aquí hemos dicho que el crédito circulatorio no es crédito —porque, al no haber renuncia por parte de nadie, no hay un intercambio de bienes presentes por bienes futuros—, en realidad puede llamarse como se quiera. Personalmente prefiero la denominación pago al contado, pero lo importante es que veamos la diferencia entre un verdadero crédito y uno que no lo es, independientemente del nombre.

      “Una persona que acepta y tiene billetes no concede un crédito: no cambia un bien presente por un bien futuro. El billete inmediatamente convertible de un banco solvente se emplea en todas las transacciones comerciales, y nadie establece una distinción entre el dinero y los billetes que tiene en caja. El billete es un bien presente igual que el dinero (…) Quien compra un artículo y lo paga en dinero, en billetes o por transferencia de cualquier otro título pagadero al instante, realiza una transacción al contado; quien paga aceptando una letra a tres meses realiza una transacción a crédito” (Ludwig von Mises en “Teoría del dinero y el crédito”).

El crédito que actualmente emiten los bancos es siempre crédito circulatorio porque, al entregar sustitutos monetarios tanto al depositante como al prestatario (o bien al facilitar sustitutos monetarios al depositante mientras utiliza su dinero al prestatario), permiten que dos agentes disfruten de los mismos medios de pago a la vez. Si los bancos emitieran crédito mercancía, y no crédito circulatorio —tal y como ocurre—, no existiría creación de medios de pago de la nada, ni se produciría nunca una doble disponibilidad, aunque prestaran los depósitos a la vista de sus clientes. Si los bancos prestaran el dinero de los depositantes sin entregarles a su vez sustitutos monetarios perfectos habría crédito mercancía, en lugar de crédito circulatorio. Los fondos de inversión, tal y como ya vimos, invierten el dinero de sus prestamistas sin facilitarles a su vez sustitutos monetarios, y por eso no crean dinero de la nada.

Por otra parte, y según la propia clasificación que Bondone y el profesor Rallo efectúan sobre el dinero y el crédito, éste último no puede ser un bien futuro como ellos defienden, porque para eso debería ser canjeado por un bien presente en algún momento; y vemos que eso nunca ocurrirá. El saldo virtual de las cuentas bancarias, así como los cheques y demás promesas de pago, nunca será canjeado por un activo real como el oro. Será canjeado por billetes —que son otro activo financiero—, los cuales tampoco serán convertibles en oro si los llevamos al Banco Central, porque actualmente no está vigente el Patrón Oro. A lo sumo, los billetes podrían estar respaldados por otros activos financieros como acciones, bonos, deudas hipotecarias y demás. Pero estos activos financieros no solo no son bienes presentes (según la propia definición de Rallo) sino que, para colmo, muchos no tienen ningún valor.

En cualquier caso, y para el análisis que estamos realizando, esta es una cuestión secundaria. Lo importante es que los bienes futuros no son futuros cuando se usan en el presente; y que un pago a crédito no es crédito cuando se entregan sustitutos monetarios perfectos al contado.

La compensación de deuda:     

      Volviendo, pues, a las teorías del profesor Rallo, también éste afirma que —puesto que la deuda de un banco se compensa con la deuda de otro banco— prácticamente toda la deuda que existe entre bancos puede cancelarse. Esto implicaría que la deuda puede crearse sin mayores consecuencias, pues tal y como se crea se destruye.

Supongamos que una persona realiza un pago a otra mediante su tarjeta bancaria. La máquina donde se introduce la tarjeta —para efectuar el pago— emite un comprobante que, entre otras cosas, indica el nombre de la persona o empresa que recibe el pago, y el nombre del banco (al que llamaremos A) donde esta persona tiene abierta su cuenta. Cuando dicha persona va luego al banco a retirar en efectivo el importe del ingreso y presenta su libreta, lo que obtiene el banco A es un derecho de cobro contra el banco B (al que pertenece la persona que emitió el pago). Entonces el banco A le cobra la deuda al banco B y le entrega el importe en efectivo a su cliente. Pero también puede ocurrir que el banco B tenga algún derecho de cobro —que haya presentado otra persona— contra el banco A. En este caso, ambos bancos compensan sus deudas, y únicamente efectúan entre ellos el cobro de la diferencia.

Lo mismo sucede con los cheques y los pagarés. Cuando una persona tiene un cheque (promesa de pago) del banco A, e intenta cobrarlo en el banco B, es éste banco el que cobra el importe del cheque al anterior banco, para poder entregar el dinero en efectivo a su cliente. Si a su vez el banco A recibe un cheque (una promesa de pago) contra el banco B, las   deudas entre bancos se cancelan. No obstante, cada banco seguirá debiendo el importe del cheque a la persona que lo ha presentado. Solo si esta tuviera a su vez alguna deuda con el banco (como un préstamo impagado), se cancelaría definitivamente la deuda. Ni el banco le debe- ría ya nada a su cliente (no le tendría que dar el importe del cheque), ni el cliente le debería ya nada al banco (no le tendría que devolver el préstamo).

En definitiva, que mientras que todos los clientes deban dinero a los bancos banco, y al mismo tiempo todos los bancos deban dinero a los clientes —de tal manera que las deudas puedan cancelarse—, según el profesor Rallo la cosa marcha bien. Vamos a ver esto más detenidamente (y desde el principio) con un ejemplo curioso que podría suceder en la actualidad:

Un prestamista lleva 100 euros al banco, recibiendo un ingreso en su cuenta (sustitutos monetarios) por valor de 100 euros. Este dinero virtual lo utiliza para realizar compras mediante su tarjeta bancaria.

El banco presta 900 euros (en forma de sustitutos monetarios) a un prestatario, realizando un ingreso en su cuenta. El banco conserva 100 euros en efectivo pero en total debe 1000, por lo que tiene un coeficiente de caja del 10%. El prestatario debe devolver 900 euros en 6 meses.

-El prestatario va a una tienda y compra un ordenador, entregándole al vendedor un pagaré por valor de 900 euros.

-El vendedor utiliza ese pagaré para comprar otra cosa, y todos los vendedores hacen lo mismo durante seis meses. El último vendedor es el prestatario del principio, que recupera el mismo pagaré que él había endosado.

-A los cinco meses esta persona regresa al banco porque quiere cobrar el importe del pagaré. Para ello, el banco tiene que traspasar 900 euros desde la cuenta de la persona que emitió el pagaré, hasta la cuenta de la persona que pretende cobrar el pagaré. Como, en este caso, ambas personas son la misma; los 900 euros virtuales —que el prestatario recibió al pedir el crédito— saldrán de su cuenta y posteriormente volverán a entrar, o simplemente no se producirá ningún movimiento. El prestatario, en cualquier caso, seguirá teniendo los mismos 900 euros que tenía antes.

-A los seis meses el banco tiene que recuperar los 900 euros que prestó. Vemos entonces que, por un lado, el prestatario mantiene una deuda de 900 euros con el banco; pero al mismo tiempo el banco tiene una deuda con el prestatario, pues éste conserva en su cuenta 900 euros virtuales que en cualquier momento puede retirar en efectivo. El banco, ante esta situación, compensa las   deudas (dejando la cuenta de su cliente a 0); de forma que el prestatario ya no tendrá que ir al banco para devolver los 900 euros que debía y, a su vez, tampoco el banco tendrá que entregarle a él 900 euros en efectivo.

Se puede apreciar que, al final del proceso, el prestatario ha devuelto al banco exactamente los mismos sustitutos monetarios (el saldo virtual de 900 euros) que recibió. Con ellos ha comprado primero un ordenador, y posteriormente han regresado a él al vender un televisor. Todo ello sin que en ningún momento se haya movido ni un solo billete de verdad. En cualquier caso, ahora ya no están en circulación ni los sustitutos monetarios —puesto que los 900 euros virtuales ya no aparecen anotados en la cuenta del prestatario— ni el dinero en efectivo porque, lógicamente, con su cuenta a cero ya no tiene ningún dinero que retirar. En definitiva, ya no hay medios de pago en circulación por parte del prestatario, que tendrá en su libreta el mismo saldo virtual que tuviera antes de pedir el crédito.

Todavía permanecen en circulación los 100 euros (en forma de sustitutos monetarios) que el banco le entregó al prestamista inicial; pero estos tienen respaldo económico, porque el banco conserva sus 100 euros en efectivo. Entonces da igual que el prestamista (o el vendedor que haya recibido pagos por parte de éste) utilice 100 euros virtuales o 100 euros en efectivo, mientras que el prestatario no esté utilizando los sustitutos monetarios al mismo tiempo. Como estos ya no están en circulación, ahora ya no puede haber una doble disponibilidad entre ambos. Cuando el último vendedor que haya recibido un ingreso de 100 euros vaya al banco para retirar el dinero en efectivo, el banco simplemente le entregará los 100 euros que aún conserva.

¿Y cuál es el problema de todo esto?

El problema (aparte de que el prestatario haya comprado un ordenador con dinero falsificado, que posteriormente ha podido devolver al banco al vender un televisor) es que antes de que el prestamista inicial —o la persona que ha recibido pagos por parte de éste— vaya al banco a sacar sus 100 euros en efectivo, el banco ya ha vuelto a prestar otros 900 en forma de sustitutos monetarios. El banco, que ya ha cancelado su deuda con el prestatario, y que aún conserva los 100 euros en efectivo del prestamista inicial (porque todavía el vendedor no ha ido a retirarlos), se da cuenta de que en ese momento mantiene un coeficiente de caja del 100%, ya que debe 100 euros y tiene 100. Entonces, inmediatamente vuelve a prestar otra vez los 900 euros virtuales que hace un momento dejaron de estar en circulación; realizando un ingreso en la cuenta de un nuevo prestatario. De este modo se regresa a la situación inicial, con un prestamista —o un vendedor que ha recibido pagos por parte de éste— que tiene 100 euros en forma de sustitutos monetarios; y un prestatario que tiene otros 900 euros en forma de sustitutos monetarios.

Si ahora el vendedor —que recibió un ingreso por parte del prestamista— va al banco para retirar el dinero, entonces el banquero le entregará los 100 que inicialmente dejó el prestamista. Los sustitutos monetarios dejarán de estar en circulación, pero en su lugar lo estarán 100 euros en efectivo que ahora el vendedor mantendrá en circulación mientras que el prestatario utiliza 900 euros en forma de sustitutos monetarios. Es obvio que la doble disponibilidad entre ambos vuelve a producirse, y que además ahora el prestatario está utilizando unos medios fiduciarios que no tienen ningún respaldo económico. Aunque ahora el banco ya no podrá prestar más dinero hasta que reciba más préstamos y sus reservas vuelvan a aumentar; ya que el coeficiente de caja se lo impide. No obstante, todavía es posible que las reservas del banco bajen aún más porque, cuando el prestatario utilice su tarjeta bancaria como medio de pago, el vendedor que reciba el ingreso tal vez querrá canjear el saldo de su cuenta por 900 euros en efectivo. Sin embargo, también es posible que este vendedor y los siguientes quieran seguir utilizando sus tarjetas como medio de pago hasta que el prestatario haya devuelto los 900 euros; o incluso que en el banco se puedan compensar las deudas de alguna manera.

El problema es que la deuda que se destruye —ya sea por compensación o porque se cancela al ser pagada— vuelve a emitirse inmediatamente de nuevo. Entonces, aunque el profesor Rallo diga que no pasa nada porque se cree deuda, porque tal y como se crea se destruye; en realidad sí pasa. La deuda puede tardar años en destruirse (porque la gente no suele canjear los sustitutos monetarios por dinero en efectivo); y sin embargo vuelve a crearse al instante. Con un coeficiente de caja del 10%, continuamente —y si es que la demanda de crédito es siempre la misma, cosa en la realidad no suele suceder— habrá en circulación 1000 euros en forma de sustitutos monetarios por cada 100 en efectivo que originalmente existan. Y todo ese dinero creado de la nada es el principal responsable de las crisis económicas o ciclos de auge y recesión, tal y como explica la Teoría Austríaca del Ciclo Económico.

Pero es que, y volviendo otra vez al ejemplo de antes, el transcurso de los hechos podría haber sido de cualquier otra manera. Antes vimos que el prestatario era también el vendedor final; pero podrían haber sido personas diferentes (que es además lo más usual), y haber sucedido por ejemplo así:

Un prestamista lleva 100 euros al banco, recibiendo un ingreso en su cuenta (sustitutos monetarios) por valor de 100 euros.

El banco presta 900 euros (en forma de sustitutos monetarios) a un prestatario, realizando un ingreso en su cuenta. El banco conserva 100 euros en efectivo pero en total debe 1000, por lo que tiene un coeficiente de caja del 10%. El prestatario debe devolver 900 euros en 6 meses.

-El prestatario va a una tienda y compra algo, transfiriendo 900 euros —por medio de su tarjeta bancaria— al vendedor. También el prestamista va a una tienda y compra algo, transfiriendo 100 euros a otro vendedor.

-Ambos vendedores utilizan sus tarjetas bancarias para comprar otras cosas, y todos los vendedores hacen lo mismo durante seis meses; manteniéndose siempre una doble disponibilidad.

-A los seis meses, el prestatario devuelve los 900 euros al banco en efectivo.

-El último vendedor que recibió una transferencia por parte del prestatario va al banco a retirar los 900 euros en efectivo. Mientras tanto, el vendedor que recibió una transferencia por parte del prestamista continúa teniendo 100 euros en forma de sustitutos monetarios, pero ya no hay doble disponibilidad —después de haberla habido durante seis meses—, porque sus 100 euros virtuales tan solo están remplazando a los 100 euros en efectivo que continúan guardados en el banco; y los otros 900 euros hemos visto que ya están circulando en efectivo. El problema es que ahora el banco vuelve a tener un coeficiente de caja del 100% y que, si vendedor no va a retirar los 100 euros del banco, éste volverá a prestarlos, emitiendo otra vez 900 euros en forma de sustitutos monetarios. De este modo, el banco deberá de nuevo 1000 euros (100 al vendedor y 900 al prestatario) y tendrá solamente 100, manteniendo por lo tanto un coeficiente de caja del 10%; y regresando a la situación inicial.

-El vendedor que recibió el ingreso por parte del prestamista inicial, va al banco a retirar sus 100 euros en efectivo; de modo que el banco no vuelve a prestar 900 más. Sin embargo, es posible que estos 100 euros terminen pronto en otro banco y sea éste el que los preste, emitiendo 900 en forma de sustitutos monetarios.

E igual que puede suceder todo eso, también puede suceder que el prestatario devuelva los 900 euros a los seis meses de haber recibido el préstamo pero que el último vendedor, en lugar de canjearlos, continúe utilizando su tarjeta bancaria como medio de pago; manteniendo la doble disponibilidad con el vendedor al que hizo pagos el prestamista, que tampoco va a retirar el dinero de su cuenta tras haber recibido un ingreso de 100 euros por parte de éste. En este caso, el banco se quedaría con 1000 euros en efectivo (100 que el prestamista inicial dejó hace seis meses y otros 900 que acaba de traerle ahora el prestatario); y puede emitir otros 10000 euros en forma de sustitutos monetarios, teniendo así un coeficiente de caja del 10%. Pero entonces los 900 euros en efectivo que el prestatario acaba de llevarle al banco dejan de estar en circulación en otra parte, de modo que ya no existe la posibilidad de que otro banco diferente pueda emitir 9000 euros a partir de ellos. Recordemos que la cantidad de dinero en efectivo es finita mientras que el Banco Central no imprima más billetes. Si existen 10000 euros virtuales en circulación, es porque en billetes hay 1000. Y si los 1000 billetes están en manos de X bancos o personas, no pueden estar en manos de otros bancos o personas al mismo tiempo. Para eso ya se han inventado los sustitutos monetarios, pero la cantidad de estos también está delimitada por la cantidad de dinero existente (que, de cualquier modo, el Banco Central amplía cuando quiere).

En este último caso hemos visto que el prestatario devuelve el dinero y el último vendedor continúa utilizando su tarjeta; al igual que el vendedor al que realiza pagos el prestamista. Sin embargo, también puede suceder que el prestatario devuelva los 900 euros y que el vendedor canjee los sustitutos monetarios; pero que luego el otro vendedor —al que el prestamista ha hecho pagos— no pueda sacar sus 100 euros del banco, porque el banquero se los haya dado a otra persona, si es que tenía una deuda con ella y le faltaban reservas. Según el profesor Rallo tampoco en este caso habría ningún problema porque, seguramente, el vendedor deberá a su vez algún dinero al banco, y por lo tanto podrán compensarse las deudas. De no ser así, el banco tendría que entregarle el dinero de otro prestamista, pero esto ya no originará ningún tipo de creación de dinero, sino de redistribución del mismo. Ya no habría sustitutos monetarios en circulación ni por parte del prestamista ni por parte del prestatario. Ahora bien, el vendedor que canjeó los 900 euros virtuales por dinero en efectivo, tiene ahora 900 billetes que puede entregar como medio de pago a otra persona. Si esta los vuelve a depositar o se los presta al banco, el banquero volverá a emitir 9000 euros en forma de sustitutos monetarios. Y lo mismo sucede con los 100 euros en efectivo que tiene el vendedor al que realizó pagos el prestamista.

E igual que puede suceder todo esto, también puede ocurrir que simplemente el prestatario no devuelva a los seis meses los 900 euros y que, cuando el vendedor vaya a canjear los sustitutos monetarios, el banquero tenga que entregarle los 100 euros del prestamista inicial, más 800 euros de otros prestamistas. En este caso, seguiría existiendo una doble disponibilidad entre el prestamista inicial —que estaría utilizando sus 100 euros en forma de sustitutos monetarios— y el vendedor, que directamente estaría utilizando los 100 euros en efectivo del prestamista, más 800 euros en efectivo de otros prestamistas que también estarían utilizando como medio de pago sus tarjetas bancarias. Pero en este caso el banco tendría unas reservas tan bajas que, si hubiera sobrepasado el límite impuesto por el coeficiente de caja, no podría emitir más sustitutos monetarios hasta no recuperar el suficiente dinero.

Las posibilidades son infinitas pero al final, con 1000 euros en efectivo y un coeficiente de caja del 10%, siempre hay (matemáticamente hablando, porque la demanda de crédito varía continuamente) 10000 euros en circulación, 9000 de los cuales están en forma de sustitutos monetarios. Estos sustitutos monetarios solo desaparecen — temporalmente, porque luego se ponen en circulación otra vez— cuando las personas presentan al cobro las promesas de pago emitidas por los bancos; o cuando se compensan las deudas. Sin embargo, estamos hablando únicamente de las deudas que tengan los bancos con sus clientes y viceversa; no de las deudas que tengan unos bancos con otros. Estas últimas no desaparecen aunque se compensen pues, aunque el banco A reciba un cheque contra el banco B y el banco B reciba un cheque contra el banco A —de tal manera que ambas deudas puedan compensarse—, ambos bancos seguirán debiendo el importe de los cheques a sus clientes. Sólo si los clientes deben a su vez dinero a los bancos, las deudas se compensarán —y desaparecerán— definitivamente; aunque posteriormente los sustitutos monetarios se pondrán en circulación otra vez mediante nuevos préstamos.

El profesor Rallo afirma que continuamente se está destruyendo deuda por compensación, pero no especifica si se refiere a la compensación interbancaria o a la que se produce entre los bancos y los clientes. Las únicas compensaciones que realmente destruyen las deudas —de forma temporal— son, como ya hemos dicho, las que se realizan entre los propios clientes y los bancos. Además son muy comunes, ya que por lo general los clientes de los bancos siempre tienen saldo virtual en sus cuentas; y los banqueros solo tienen que eliminarlo para compensar las deudas. Además, en caso de que un prestatario deba dinero y no tenga el saldo disponible cuando llegue la fecha de vencimiento del crédito, el banco le podrá cobrar una penalización por descubierto (lo cual hace que los prestatarios intenten tener el dinero preparado).

Si un cliente se presenta en el banco con el objetivo de cobrar un cheque, pero éste a su vez le debe dinero al banco por un préstamo impagado, el banquero se quedará con el cheque sin entregarle el importe, a fin de compensar las deudas. De la misma forma, si una persona recibe un ingreso de 1000 euros, pero le debe esta cantidad al banco, éste se los descontará de su cuenta para compensar la deuda. La persona en cuestión ya no podrá retirar el dinero en efectivo, pero tampoco tendrá que devolver el préstamo. Las compensaciones entre bancos y clientes son algo muy habitual; de ahí que, como dice el profesor Rallo, continuamente se esté creando y destruyendo deuda.

No obstante, la deuda no solo se destruye por compensación. También, como dijimos, se destruye cuando los prestatarios van devolviendo el importe de los créditos, y posteriormente ese dinero —si ha sido entregado en efectivo— se utiliza para canjear los sustitutos monetarios que otras personas presentan. El problema es que luego esos sustitutos monetarios se vuelven a emitir mediante nuevos préstamos.

Los bancos, por otra parte, no siempre prestan el dinero en forma de sustitutos monetarios; también lo pueden prestar directamente en efectivo. Los vendedores que reciban pagos por parte de los prestatarios no tendrán ningún tipo de sustituto monetario que canjear (porque habrán recibido el dinero en efectivo) y, a medida que los prestatarios devuelvan el crédito a los bancos, estos podrán devolver el dinero a sus depositantes. Recordemos que, en este caso, con un coeficiente de caja del 10% prestarán el 90% del dinero que reciban. El proceso de expansión y contracción crediticia no es el mismo cuando se presta el dinero en forma de sustitutos monetarios que cuando se presta el dinero en efectivo, tal y como vimos anteriormente.

De este modo, si regresamos a la tabla que estudiamos en el apartado El proceso de expansión crediticia como tradicionalmente se explica (y de la que reproducimos una parte a continuación) comprobaremos que, cuando el último prestatario devuelve al banco el préstamo de 9,86 euros; el banco a su vez puede devolver a la persona U´ su depósito de 10,95 euros. Y si la persona U´(habiendo canjeado ya los sustitutos monetarios y recuperado su dinero en efectivo) realiza un pago de 10,95 euros al siguiente prestatario, éste podrá devolver al banco su préstamo; y entonces el banco podrá devolver a la persona T´ su depósito de 12,17 euros. Si ésta hace un pago en efectivo al siguiente prestatario, éste podrá devolver al banco su préstamo de 12,17 euros; y el banco podrá devolver su depósito de 13,52 euros a la persona S´. Así, remontándonos hasta la persona A, que fue la primera en realizar un depósito de 100 euros.

Columna 4: Cantidad de dinero que se quedó en la caja del banco (en efectivo) tras haber realizado el préstamo.
Columna 3: Cantidad de dinero que el prestatario devuelve al banco (en efectivo).
Columna 2: Cantidad de dinero que el banco devuelve (en efectivo) al depositante.
Columna 1: Depositante.

Columna 1              Columna 2               Columna 3              Columna 4

Persona A:                    100                             90                             10
Persona B´:                    90                              81                              9
……..                                ………                            ……….                         ……….
Persona S´:                  13,52                          12,17                         1,35
Persona T´:                  12,17                          10,95                        1,22
Persona U´:                  10,95                          9,86                         1,09
Persona V´:                     ..                                 ..                                ..

Del mismo modo que la deuda se expande cuando los bancos prestan el dinero de los depositantes, se contrae cuando los prestatarios devuelven los créditos y los depositantes canjean los sustitutos monetarios por su dinero en efectivo. El proceso de contracción crediticia es exactamente el mismo que el de expansión crediticia, pero a la inversa, tal y como explica el profesor Huerta de Soto. Aunque solo el 10% —en caso de que éste sea el coeficiente de caja— de la masa monetaria esté plasmada como dinero en efectivo, y el resto solo sea dinero virtual asociado a promesas de pago como cheques, pagarés, tarjetas bancarias, etc; es posible que todos los bancos puedan canjear sus promesas de pago por dinero en efectivo sin necesidad de que el Banco Central imprima billetes, siempre y cuando los prestatarios vayan devolviendo el crédito de forma ordenada y paulatina, y que todas las personas no quieran canjear sus sustitutos monetarios a la vez.

No es por lo tanto ningún error hablar de creación de dinero de la nada, aunque el profesor Juan Ramón Rallo afirme que sí lo es. Según su propia concepción del crédito —que antiguamente no guardaba relación con las teorías de Bondone—, el banco que presta 1000 euros en forma de sustitutos monetarios no los está creando a partir de la nada, sino a partir de la promesa de que el prestatario devolverá ese dinero. Es decir, que el banco presta 1000 euros a cambio de que el prestatario sea capaz de producir y vender bienes por valor de 1000 euros, para poder devolver el crédito. El préstamo estaría entonces respaldado por los bienes que en el futuro producirá y ofrecerá el prestatario.

“Se crean medios de pago a cambio de nuestra promesa de que en un mes le pagaremos al banco 1.000 onzas de oro. ¿Cree usted que una deuda con el banco no es “nada”? Si tiene una hipoteca, dudo que mantenga por mucho tiempo esa opinión: el derecho a recibir dinero es un activo tremendamente valioso (sobre todo si se termina pagando).” (Cómo crean dinero los bancos, artículo de Juan Ramón Rallo).

 http://juanramonrallo.com/2011/08/%C2%BFcomo-crean-dinero-los-bancos/

El profesor Rallo en ningún momento considera que, al emitir sustitutos monetarios perfectos, el banco concede el crédito sin necesidad de que haya ningún ahorro por parte del prestamista; que según la definición tradicional de crédito es quien tiene que realizar el ahorro. En todo crédito hay dos partes; la persona que lo concede —que sería el equivalente al prestamista— y la persona que lo recibe, que sería el equivalente al prestatario.

El prestamista es la parte que entrega bienes presentes (a los que se supone que ha renunciado) a cambio de recibir bienes futuros.

El prestatario es la parte que recibe bienes presentes (a los que se supone que el prestamista ha renunciado) a cambio de entregar bienes futuros.

Lo que dice el profesor Rallo es que, en la medida en que el prestatario sea capaz de entregar los bienes futuros —es decir, de devolver en el futuro el crédito— a cambio de recibir los bienes presentes (o sustitutos monetarios), éstos no habrán sido creados de la nada. Pero es que es evidente que, independientemente de que el crédito se devuelva o no, sí ha sido creado de la nada, porque el prestamista no ha renunciado al dinero que el banco ha prestado, ya que le ha facilitado sustitutos monetarios.

En todo crédito, el que tiene que ahorrar es el prestamista, al entregar sus bienes presentes. En la definición del profesor Rallo, en cambio, pareciera ser que el que tiene que ahorrar es el prestatario, al devolver los bienes futuros. Pero es que el prestatario, por descontado, siempre tiene que devolver los bienes que se le prestan. Si se quiere entender esto como un ahorro —al implicar un esfuerzo y sacrificio por su parte—, pues bueno. Pero esto no   exime al prestamista de tener que ahorrar él.

En un crédito con ahorro, el prestamista no debería recibir ningún ingreso (sustitutos monetarios) al dejar su dinero en el banco. Sólo así renunciaría realmente a su dinero porque, si quisiera sacarlo, tendrían que entregarle el dinero de otro prestamista y, en conjunto, todos ellos tendrían que estar renunciando a la disponibilidad inmediata de tanto dinero como el banco hubiese prestado. El prestatario, por su parte, lo que recibe son unos bienes presentes a cambio de devolver una cantidad mayor de bienes en el futuro. Obviamente, para devolver el crédito va a tener que esforzarse o sacrificarse de alguna manera; pero el hecho de que el prestatario tenga que ahorrar —o sacrificar parte de su consumo para devolver el crédito—, no implica que ya no tenga que ahorrar el prestamista. Éste, por definición, tiene que ahorrar el dinero que el banco presta; de lo contrario se trata de un préstamo creado a partir de la nada, o a partir de la ausencia de ahorro.

El ahorro, por definición, lo efectúa el que da el crédito; no el que lo devuelve (aunque también tenga que ahorrar para ello). Si el que da el crédito no lo ha ahorrado previamente, es que algo raro ha pasado ahí; aunque luego el que lo reciba sí ahorre para devolverlo. Incluso el propio Juan Ramón Rallo, aunque a veces no sea muy consciente de las implicaciones de sus propias palabras (ya que le vemos defender una idea y acto seguido la contraria), sabe que los créditos deben concederse en base al ahorro de los prestamistas.

“La concesión de préstamos contra bienes futuros no debería hacerse mediante la creación de deudas a la vista por parte de la banca, sino mediante ahorro y préstamos a la banca (renuncia por parte de un tercero a los bienes presentes que el deudor de la banca quiere adquirir hasta que fabrique los bienes futuros con cuya venta se amortizará el préstamo).” (Cómo crean dinero los bancos, artículo de Juan Ramón Rallo).

 http://juanramonrallo.com/2011/08/%C2%BFcomo-crean-dinero-los-bancos/

Es por ello que, si el banco fuera el propio prestamista, también tendría que ahorrar su propio dinero para poder prestarlo. En este caso, si el banquero prestara por ejemplo 100 euros en efectivo, la deuda quedaría saldada cuando el prestatario los devolviera. El banquero los pondría en circulación otra vez, pero entonces tendría de nuevo 100 euros menos.

En cambio, cuando el banquero entrega promesas de pago, no renuncia a su propio dinero al prestarlo. Conserva 100 euros y al mismo tiempo el prestatario tiene otros 100 que, clarísimamente, han sido creados de la nada. Cuando el prestatario devuelve el dinero y el último vendedor canjea los sustitutos monetarios (de tal forma que las deudas quedan saldadas), el banquero vuelve a emitirlos otra vez en cuanto alguien le pide un préstamo.

Esos sustitutos monetarios están circulando siempre.

La emisión de títulos privados.

En el capítulo de los errores del profesor Juan Ramón Rallo dijimos que cualquier persona puede entregar un pagaré a cambio de recibir otro tipo de bien; y vimos que él mismo ponía un ejemplo donde una persona entregaba un pagaré a cambio de recibir un coche.

      El crédito se articula cuando tú vas con un pagaré a ese vendedor y le dices “te compro tu coche con este pagaré”; con lo cual el vendedor si acepta el pagaré está renunciando a su bien presente, que es el coche, a cambio de un crédito exigible contra el banco. (Juan Ramón Rallo en la conferencia titulada “Algunos errores (graves) en la teoría monetaria de Mises”, que puede verse en youtube).

En realidad, los pagarés no suelen utilizarse como medio de intercambio (siendo por lo tanto sustitutos monetarios imperfectos) porque la gente no siempre confía en la solvencia del emisor pero, cuando sí son aceptados, pueden emplearse para la obtención de cualquier tipo de bien o de servicio. Así pues, del mismo modo que una persona puede entregar un pagaré a cambio de recibir un coche —o cualquier otra cosa—, también puede endosarlo a cambio de recibir financiación. Este sería, por ejemplo, el caso de un empresario que —en lugar de emitir acciones o pedir un préstamo en el banco— vendiera pagarés para financiar su empresa. El empresario, como cualquier otro prestatario, tiene que devolver el dinero que le han adelantado. Sin embargo, en vez de devolvérselo directamente a la persona que le compró el pagaré, lleva el importe al banco para que ésta pueda cobrarlo allí.

Vemos entonces que el resultado es el mismo cuando el empresario pide un préstamo y emite los pagarés contra el saldo de su cuenta, que cuando los emite sin dinero en su cuenta y sin notificarle al banco. El banco, tanto si inicialmente concedió un crédito como si no, va a aceptar el dinero que el empresario —ejerciendo de prestatario— aporte; y va a utilizarlo para canjear los pagarés que el empresario hubiera emitido. Al final, y en palabras del profesor Rallo, el banco solo se dedica a canjear la deuda privada (los pagarés que las personas emiten a título personal) por deuda del banco (saldo virtual canjeable por dinero en efectivo).

Pareciera, según esta afirmación, que no solo los bancos pueden crear dinero de la nada; sino también los empresarios y el resto de personas que emiten su propia deuda. Sin embargo esto no es así, solo los bancos crean dinero de la nada, al canjear los pagarés (o sustitutos monetarios imperfectos) por sustitutos monetarios perfectos; pero vamos a ver el proceso desde el principio:

-Un empresario emite un pagaré por valor de 900 euros y una persona se lo compra. El empresario, al vender el pagaré, obtiene 900 euros que utiliza para financiar su empresa o para comprar algo que necesita.

-Al mismo tiempo, un prestamista lleva 100 euros al banco y éste ingresa 100 euros en su cuenta; y otros 900 euros en la cuenta de un prestatario.

-El prestatario compra al empresario de antes un ordenador por valor de 900 euros, traspasándolos a su cuenta.

-La persona que inicialmente compró el pagaré va al banco para cobrarlo, de tal forma que se produce un traspaso de 900 euros desde la cuenta del empresario —que emitió el pagaré— hasta la cuenta de la persona que lo compró.

Es en este último paso cuando el banco canjea la deuda privada (el pagaré emitido por el empresario) por deuda del banco, que en este caso son los 900 euros virtuales que previamente el banco prestó a un prestatario, y que ahora han llegado a la cuenta del empresario. De esta forma, los sustitutos monetarios imperfectos —que no suelen ser utilizados como medios de pago— son convertidos en sustitutos monetarios perfectos. En este ejemplo hemos dicho que, para cuando el comprador del pagaré va a canjearlo, el empresario ya ha conseguido los 900 euros que debe; pero también podría suceder que el comprador del pagaré fuera a cobrarlo antes de la fecha de vencimiento, y que el empresario toda- vía no tuviera en su cuenta los 900 euros. Entonces el banco, si confía en la liquidez del empresario, creará 900 euros en forma de sustitutos monetarios y los ingresará en la cuenta de la persona que ha presentado el pagaré. De esta forma el banco respaldará con su dinero igualmente creado de la nada el préstamo que el empresario se concedió a sí mismo al emitir su propia deuda; siendo en última instancia como si el crédito lo hubiera concedido el banco.

Tengamos en cuenta que, si el banco no confiara en la liquidez del empresario y por lo tanto no respaldara su pagaré, la persona que lo presenta no podría cobrar el importe que el empresario le había prometido. Esto sería el equivalente a que el empresario, a fin de pagar una deuda, hubiese ido a pedir un préstamo en el banco y éste se lo hubiera denegado, al dudar de su solvencia. Obviamente el empresario no podría pagar el dinero que debe; que es precisamente lo que ocurre cuando entrega un pagaré que luego el banco no está dispuesto a canjear antes de fecha, emitiendo sus propios sustitutos monetarios. El banco, en ambos casos, le niega al empresario el importe del préstamo —al dudar de su solvencia como prestatario—, obligándole a conseguir el dinero que ha prometido de otro modo.

      Emitir un pagaré a título privado es, en resumidas cuentas, lo mismo que pedir un préstamo al banco; porque a éste le da igual entregar los sustitutos monetarios a la persona que presenta el pagaré, o entregárselos desde el principio a la persona que emitió el pagaré, mientras confíe en la solvencia de esta. Si el banco está dispuesto a respaldar con su propio dinero el pagaré que le lleven —hasta que llegue la fecha de vencimiento y el emisor lo aporte—, es que también habría estado dispuesto a conceder un préstamo a esa persona, en caso de que se lo hubiese pedido. Y el resultado, como ya hemos visto, es el mismo en ambos casos.

Ahora bien, del mismo modo que el banco puede entregar los préstamos en efectivo o en forma de sustitutos monetarios, también puede canjear los pagarés en efectivo o en forma de sustitutos monetarios. Los pagarés, puesto que no suelen utilizarse como medio de pago (y solo suelen endosarse cuando hay confianza en el emisor), solo son considerados como dinero —y aceptados en cualquier establecimiento— una vez que se canjean en el banco. Y ya hemos visto durante los capítulos anteriores que la cantidad de sustitutos monetarios que emiten los bancos está limitada por el coeficiente de caja y por la cantidad de dinero en efectivo existente. Es decir, que si los bancos descuentan y canjean muchos pagarés, será a costa de conceder menos préstamos. Con 100 euros en efectivo y un coeficiente de caja del 10%, solo puede haber en circulación 1000 euros en forma de sustitutos monetarios; independientemente de que la gente emita más o menos deuda privada. Otra cosa es que, si la gente emite mucha deuda privada —o pide muchos préstamos—, el Banco Central decida bajar el coeficiente de caja o imprimir más billetes para que los bancos privados puedan multiplicar el número de préstamos.

Todo esto significa que, aunque efectivamente —y tal y como dice el profesor Rallo— el sector bancario solo se dedique a canjear la deuda privada (los pagarés que las personas emiten a título personal) por deuda del banco, y a reducir las promesas de pago privadas en circulación; con esta simple labor los bancos ya están decidiendo a quiénes otorgan crédito y a quienes no. La cantidad de crédito que se puede conceder (o sustitutos monetarios que se pueden crear de la nada) está limitada, y son los bancos los que se encargan de distribuirlo, sin que los agentes privados puedan hacer nada (más que pedir los créditos, que ya es bastante). En cualquier caso, no se puede culpar al que pide un crédito —ya sea ejerciendo de prestatario en el banco o emitiendo sus propios pagarés— de crearlo de la nada; el que crea el crédito de la nada es siempre el que lo concede, o el que lo respalda emitiendo sustitutos monetarios.

Supongamos entonces que, en una sociedad donde no se emiten sustitutos monetarios (y por lo tanto no hay creación de dinero de la nada), los prestamistas llevan 100 euros al banco. Entonces éste, manteniendo un coeficiente de caja del 10%, presta 90 euros en efectivo a los prestatarios y guarda los otros 10. En total, podemos suponer que hay unos 100 euros en circulación; 90 por parte de los prestatarios y algo menos de 10 por parte de los prestamistas, que están ahorrando el 90% de su dinero. El banco, para no quebrar, depende de que el ahorro de los prestamistas siga siendo del 90%.

Al mismo tiempo hay otra sociedad donde sí se emiten sustitutos monetarios. Los prestamistas llevan 100 euros al banco y éste, tras hacer un ingreso de 100 euros virtuales en sus cuentas bancarias, hace otro ingreso de 900 euros virtuales en las cuentas de los prestatarios; conservando los 100 euros en efectivo y manteniendo así un coeficiente de caja del 10%. Para que el banco no quiebre, basta con que los usuarios no vayan a retirar los 100 euros que el banco conserva en efectivo; independientemente de que estén utilizando todos a la vez los 1000 euros que circulan en forma de sustitutos monetarios.

Según el profesor Rallo y otros muchos economistas, no importa cuántos sustitutos monetarios se emitan porque, mientras no se estén utilizando como medios de pago, se están ahorrando. Sin embargo es obvio que, para que en este segundo caso exista tanto ahorro como veíamos en el primero; sería necesario que de los 100 euros que los prestamistas tienen en forma de sustitutos monetarios solo estén utilizando 10 (ahorrando así el 90%), y que de los 900 euros que los prestatarios tienen en forma de sustitutos monetarios solo estén utilizando 90. De ser así, efectivamente existiría tanto ahorro como en el caso anterior, pues solo se estarían utilizando unas 100 unidades monetarias, de las cuales los prestamistas estarían renunciando a 90 (que son las que utilizan los prestatarios). No obstante esta situación es absolutamente inverosímil, pues es impensable que un banco preste 900 euros y de ahí solo se utilicen 90; ya que si se pide un préstamo suele ser para consumirlo entero, sobre todo cuando hay que devolverlo con intereses.

Muchos economistas, lamentablemente, deben creer que agregadamente crece el ahorro en la medida en que se renuncia a utilizar el nuevo dinero que se pone en circulación. Respecto a los dos escenarios que describíamos antes, para ellos habría más ahorro en el segundo, si no se utilizara la mayor parte del dinero virtual emitido. Recordemos que en el primer escenario —donde no había emisión de sustitutos monetarios— existían 100 unidades monetarias y se estaban utilizando esas 100; mientras que en el segundo caso se ha- bían emitido 1000 euros en forma de sustitutos monetarios. Si de esos 1000 euros solo estuvieran circulando —por ejemplo— 300 como medio de intercambio, para estos economistas se estarían ahorrando 700, por lo que habría más ahorro que en el caso anterior.

Esta concepción es completamente errónea, porque esas 1000 unidades monetarias son sustitutos monetarios o dinero virtual que no debería ni existir. En realidad, no se está consumiendo 300 sobre 1000 (y ahorrándose el resto), sino 300 sobre 100. Se está utilizando para el consumo más dinero real del que verdaderamente existe, por lo que no se está ahorrando nada; al contrario, se está produciendo un desahorro. En cuanto los diferentes agentes económicos utilizan simultáneamente una cantidad de dinero superior a los 100 euros originalmente existentes, ya no puede hablarse de ahorro. Si ahora los clientes del banco quieren retirar en efectivo los 300 euros que hemos dicho que están utilizando, se tienen que imprimir 200 euros para completar lo que falta, pues en el banco solo hay 100. El ahorro se mide en base al dinero originalmente existente que los prestamistas renuncian a utilizar mientras lo tienen los prestatarios, no en base a todo el conjunto de dinero creado de la nada que se renuncia a utilizar.

El profesor Rallo, no obstante, asegura que si una persona emite un pagaré y el comprador lo atesora (de tal manera que no lo endosa, ni lo presenta a cobro en el banco), es que lo está ahorrando. Bajo ese criterio, cualquier persona que rellene un pagaré a título privado y posteriormente lo guarde en un cajón de su habitación —en lugar de endosarlo o utilizarlo como medio de intercambio—, también lo está ahorrando. Y exagerando aún más, cualquier persona que vaya al banco a pedir un préstamo, y a medio camino lo reconsidere y regrese a su casa, podría decir que está ahorrando también ante su decisión final de no pedir el crédito y renunciar así al consumo.

La restricción del gasto no necesariamente implica un aumento del ahorro; y el hecho de no pedir un préstamo o de atesorar un pagaré, lógicamente tampoco. Si se crean 200 euros de la nada y no se utilizan, eso no supone ningún ahorro; al igual que el hecho de que se utilicen y posteriormente se repongan. Sólo una vez que ya han sido repuestos puede empezar a hablarse de ahorro, si es que efectivamente se produce una restricción del consumo en base al dinero originalmente existente.

Pese a todo, el profesor Rallo —entre otros muchos economistas— considera que todos esos pagarés que son emitidos como deuda privada (y que luego los bancos canjean por sustitutos monetarios perfectos) están respaldados por el ahorro de aquellas personas que venden algún tipo de bien a cambio de recibir esos pagarés. Según él, si una persona vende su ordenador a cambio de recibir un pagaré; esa persona —la que vende el ordenador— es la que está ahorrando al renunciar a sus bienes. Para el profesor Rallo, el ahorro no está constituido por la masa monetaria que se renuncia a utilizar, sino por los bienes que se renuncian a utilizar. Una vez más no se da cuenta de que la persona que vende el ordenador no está renunciando a ningún bien, porque inmediatamente después puede ir al banco para cobrar el pagaré (con un descuento o quita, al no haber llegado aún la fecha de vencimiento), y utilizar el dinero para comprar otro bien que reemplace al anterior. Es el mismo caso que el del prestamista que deja su dinero en el banco y recibe sustitutos monetarios.

Habíamos dicho que, con 100 euros y un coeficiente de caja del 10%, la máxima cantidad de dinero —en forma de sustitutos monetarios— que los bancos pueden emitir son 1000 euros. Pues bien, si el vendedor del ordenador presenta un pagaré de por ejemplo 700 euros, y recibe un ingreso de sólo 600 por haber cobrado el pagaré antes de la fecha de vencimiento; todavía el banco puede extender otro crédito a otra persona, hasta completar lo que le falta para llegar a los 1000 que en total puede emitir. Al final, ni siquiera los 100 euros a los que el vendedor del coche ha renunciado —para cobrar anticipadamente el pagaré— pueden considerarse de manera agregada como ahorro, ya que el banco se los facilitará a otra persona que demande ese crédito.

El crédito, tal y como explicábamos, está limitado por el coeficiente de caja y por la cantidad de dinero en efectivo existente; pero en realidad estas supuestas limitaciones no constituyen ningún tipo de barrera a la expansión crediticia. Es cierto que, con 100 euros y un coeficiente de caja del 10%, la máxima cantidad de dinero que los bancos pueden llegar a emitir son 1000 euros (en forma de sustitutos monetarios); pero es que, tal y como también decíamos, el banco central puede bajar el coeficiente de caja siempre que quiera, y también puede imprimir más billetes. Si no lo hace es precisamente porque a los bancos no les hace falta, ya que los diferentes agentes económicos no siempre demandan ni absorben todo el crédito que ofrecen. No obstante, si los bancos necesitaran un coeficiente de caja menor para operar, no habría ningún inconveniente en reducirlo lo que hiciera falta. Actualmente el coeficiente de caja legal es del 1% pero, como se puede manipular en cualquier momento (así como se puede aumentar la cantidad de billetes en circulación), no constituye ningún tipo de barrera a la expansión crediticia.

En realidad, y en última instancia, los bancos conceden tanto crédito como sus clientes piden, siempre y cuando confíen en que serán capaces de devolverlo; y a veces también sin confiar. Pero esto no significa que las personas puedan emitir su propio crédito de forma independiente, ya que dependen completamente del comportamiento de los bancos; y finalmente serán estos los encargados de concederlo o denegarlo.

El ahorro del prestamista:

Decíamos que —para el profesor Rallo— el ahorro no es masa monetaria, sino bienes; y que el valor monetario de los bienes producidos puede emplearse para comprar otros bienes. Es decir, que si una persona produce un ordenador, inmediatamente con eso ya tiene derecho a comprarse un televisor. Consideraciones complementarias aparte (porque es obvio que para poder comprar hay que vender); el caso es que si una persona produce un ordenador tiene derecho a comprar un televisor; no 10. Si un banco tiene 100 euros depositados y emite 1000 euros en forma de sustitutos monetarios es, en la práctica, como si estuviera dando a sus clientes la oportunidad de comprar 1000 ordenadores, cuando solo se han producido 100.

Lo lógico sería que, si se han producido 100 ordenadores (que en ese momento se están renunciando a utilizar), se presten esos 100 ordenadores —o su valor monetario—; y no 1000, de los cuales 900 ni siquiera existen. El profesor Rallo, sin embargo, no lo ve así. Para él, el hecho de que se presten 1000 ordenadores —o 1000 euros para comprar ordenadores, haciendo que los 100 que existen suban de precio—, implica que se tendrán que fabricar 1000 ordenadores (que serán menos, ya que anteriormente subieron de precio), para que se pueda devolver el préstamo de 1000 euros. La devolución —sin descalce de plazos— de ese préstamo es lo que el profesor Rallo entiende como “ahorro”; pero no lo es, el ahorro eran los 100 ordenadores que inicialmente se estaban renunciando a utilizar.

Si una persona emite un pagaré con el que compra un ordenador, y posteriormente fabrica y vende otro ordenador con el que devuelve el importe del pagaré, eso no es ahorro. Recordemos que, como esta persona, hay otras 999 emitiendo pagarés para comprarse ordenadores, cuando solo existen 100 (que es el ahorro propiamente dicho). El profesor Rallo piensa que las 1000 personas que han comprado los ordenadores —a un precio muy alto ante la escasez de oferta— serán capaces de fabricar otros y de devolver así los préstamos. Pero, si el flujo de producción y ahorro habitual es de 100, parece un poco improbable que durante los siguientes años vaya a crecer tanto como para multiplicarse por 10.

La inversión y el consumo sin ahorro —sin que se produzcan nuevos bienes que la gente esté renunciado a utilizar—, hace que suban de precio los que ya existen, debido a la escasa oferta de los mismos. Los nuevos bienes tardan en llegar al mercado más tiempo de lo que lo hace el nuevo dinero con el que pueden ser comprados. Los trabajadores que antiguamente se dedicaban a fabricar ordenadores se desplazan hasta la última etapa del proceso productivo pues, debido a la subida de precios, obtienen más beneficios vendiendo ordenadores que fabricándolos. La escasez aumenta todavía más, y los precios son aún más altos. La creación de dinero nunca ha garantizado un aumento de la producción, solo un aumento del consumo; y es obvio que cualquier sistema donde se consuma más de lo que se produce entra en quiebra. Si se han producido y se están ahorrando 100 bienes, y se presta dinero como para comprar 1000 (esperando a que posteriormente se puedan producir 1000 más, y que de este modo se devuelva el préstamo), se invita claramente a que la gente consuma más de lo que luego seguramente podrá producir.

El profesor Rallo no lo ve así. Lo que él ve es que los prestatarios consumen 1000 y más tarde producen 1000; tal y como él mismo expresa:

      “Se crean medios de pago a cambio de nuestra promesa de que en un mes le pagaremos al banco 1.000 onzas de oro. ¿Cree usted que una deuda con el banco no es “nada”? Si tiene una hipoteca, dudo que mantenga por mucho tiempo esa opinión: el derecho a recibir dinero es un activo tremendamente valioso (sobre todo si se termina pagando).” (Cómo crean dinero los bancos, artículo de Juan Ramón Rallo).

 http://juanramonrallo.com/2011/08/%C2%BFcomo-crean-dinero-los-bancos/

Los prestatarios reciben medios de pago con los que pueden obtener bienes por valor de 1000 euros (u onzas de oro), a cambio de que más adelante consigan producir bienes por ese valor, y puedan devolver así los préstamos. Pero, si arbitrariamente vamos a dar por hecho que los 1000 bienes que los prestatarios pretenden adquirir ya se han producido (y que además los prestamistas están renunciando a ellos), por qué mejor no dar por hecho que se han producido 10000 millones, y así entregar préstamos por ese valor. No hay ningún motivo para limitarse porque, a fin de cuentas, en cuanto los prestatarios logren fabricar bienes por valor de 10000 millones y devolver así los préstamos, estos habrán sido concedidos en base a un ahorro real.

Lo cierto es que la única forma de saber con total certeza que los préstamos están basados en un ahorro real, es prestando lo que previamente ya se ha producido y se está renunciando a consumir, o su equivalente en unidades monetarias. Si, en cambio, se prestan 1000 unidades monetarias cuando solo se han producido 100 bienes, será necesario que se fabriquen 900 bienes más para que se mantenga la proporción y que no suban de precio. Si solo se fabrican (por ejemplo) 200 bienes no se cumplirá esta premisa; y no existirá ningún tipo de ahorro por parte de los prestatarios, aunque posteriormente consigan venderlos y devolver a tiempo los préstamos. Para que exista el ahorro, los prestatarios tienen que fabricar tantos bienes como dinero creen los bancos.

En cualquier caso, ahora ya hay 300 bienes (los 100 del principio más los 200 de ahora), y los precios vuelven a bajar a medida que se devuelven los préstamos y que se reduce la cantidad de dinero en circulación. Si resulta que la gente renuncia al consumo inmediato de los 300 bienes que ahora existen, y que el banco los presta (o que presta el importe monetario de los mismos), entonces los nuevos préstamos estarán basados en un ahorro real. Si, por el contrario, el banco vuelve a emitir otra vez los mismos 1000 euros —en forma de sustitutos monetarios— de antes, solo 300 estarán respaldados por un ahorro real (o por bienes reales). Los prestatarios, de nuevo, serán capaces de devolver los créditos gracias a la nueva subida de los precios y a la producción y venta de, por ejemplo, 200 bienes más; pero esto tampoco constituirá ningún ahorro por su parte. Ahora existirán en total 500 bienes y, si nuevamente los bancos emiten créditos por valor de 1000 euros, solamente la mitad de ellos estarán basados en un ahorro real.

Se puede apreciar que, poco a poco, va aumentando el número de bienes existentes respecto a la cantidad de dinero en circulación (si es que el Banco Central no imprime más); pero esto, insistimos, no significa que todo ese dinero que una y otra vez se vuelve a prestar esté basado en un ahorro real. Para que los créditos estén basados en un ahorro real, tienen que producirse 1000 bienes que se estén renunciando a utilizar, de tal forma que los prestatarios puedan comprarlos —con el dinero procedente de los créditos— sin que tengan que subir de precio. Posteriormente, los prestatarios solo tendrán que devolver los mismos bienes que recibieron; pero ya no se verán obligados a fabricar otros nuevos —o a vender a un precio muy alto los que ya existían— para devolver los créditos. Una vez que se han devuelto los bienes (o el valor monetario de los mismos), sigue habiendo los mismos 1000 que había antes. Si, además, los prestatarios consiguen producir 200 más (como ocurría en los anteriores ejemplos que veíamos), existirán en total 1200 bienes y 1000 euros en circulación; lo cual implicará una ligera deflación (o caída de los precios) y un aumento real de la riqueza.

Repetimos:

      Si hay 100 ordenadores, obviamente no se pueden prestar 1000. Lo que se puede prestar son 1000 euros, pero esto no hará que haya 1000 ordenadores. Simplemente, subirán de precio los 100 ordenadores que ya existían. Cuando los prestatarios tengan que devolver los créditos, no lo harán fabricando 900 ordenadores (porque no se puede forzar el sistema productivo en función de las expectativas de productores y consumidores), sino vendiendo —también a un precio muy alto— los ordenadores que ya existían, junto con los nuevos que hayan podido fabricarse.

      Si, en cambio, hay 100 ordenadores y se prestan los 100 (o se presta su valor monetario) en lugar de 1000, estos mantienen su precio original. La diferencia con el caso anterior es que ahora los prestatarios no tienen que devolver 1000 ordenadores (o el valor monetario de los mismos), sino solo 100, que son los mismos que reciben prestados. Al ser —además— una cantidad mucho menor (y acorde con las posibilidades reales de producción), podrán fabricarlos fácilmente y devolver así los préstamos; de tal forma que no tendrán que devolver los ordenadores recibidos.

Lo único que se consigue cuando se intenta forzar la maquinaria de la producción (mediante la introducción de crédito en el mercado) es un aumento de los precios y la distorsión de las etapas del proceso productivo; pues los trabajadores dejan de producir nuevos bienes y se trasladan al sector de las ventas, que es donde se obtienen mayores beneficios. Por el hecho de prestar mucho dinero, no se va a conseguir que los prestatarios fabriquen muchos bienes a fin de poder devolverlo. Al contrario, el hecho de que se introduzca más dinero en la economía es una invitación para que se consuma por encima del nivel de producción. Ya vimos que se prestan 1000 euros con la intención de que se compren y produzcan 1000 ordenadores; pero que solo se compran los 100 que previamente existían, y que luego no se producen 900 más. Quizá ni siquiera lleguen a producirse 100 —como vimos que sucedía hasta entonces—, si es que además se distorsionan las etapas del proceso productivo y los trabajadores se trasladan a la última.

      La emisión de sustitutos monetarios genera la ilusión ficticia de que los depositantes y los prestatarios pueden disponer de los mismos bienes a la vez (de que se pueden comprar 1000 ordenadores, cuando solo existen 100) sin que nadie tenga que renunciar a ellos. En la medida en que los depositantes y los prestatarios estén utilizando los sustitutos monetarios para comprar más de 100 ordenadores (que son los que realmente existen); se producirá una doble disponibilidad en las compras que, al no poder materializarse en la adquisición de bienes reales, originará una subida de precio de los que ya existían.

En un préstamo sin ahorro, los prestamistas reciben sustitutos monetarios por valor de 100 euros, con los que pueden comprar 100 ordenadores; y al mismo tiempo los prestatarios reciben sustitutos monetarios por valor de 900 euros, con los que pueden comprar 900 ordenadores. Como no existen, lo único que sucede es que suben de precio los 100 que previamente existían; y a los que los prestamistas —en su gran mayoría— no están renunciando. Sin embargo, y tal y como ya habíamos explicado, a los banqueros no les importa si los prestamistas renuncian a los 100 ordenadores (o al valor monetario de los mismos); solo quieren que utilicen los sustitutos monetarios de los que disponen, para que así no vayan a retirar su dinero en efectivo. La retirada simultánea de todo el dinero representa, en definitiva, el descubrimiento de que solo existen 100 ordenadores o 100 euros con los que comprar 100 ordenadores; y de que sin embargo el banco ha emitido sustitutos monetarios con los que comprar 1000. E implica, en última instancia, la renuncia forzosa de 900 ordenadores.

En un préstamo con ahorro, sin embargo, se prestan los 100 ordenadores que ya existen. Si se trata de préstamos a la vista, y los prestamistas van a recuperar los ordenadores cuando todavía los prestatarios no los han devuelto, el banco quiebra, y ya está. Pero, al haberse prestado los mismos bienes que ya existían —y no 900 euros en forma de sustitutos monetarios para comprar 900 ordenadores que no existen—, estos no pueden subir de precio; ni puede generarse prácticamente ningún tipo de distorsión en las etapas del proceso productivo. El profesor Huerta de Soto afirma que los préstamos a la vista no están basados en el ahorro, porque los prestamistas no renuncian a la disposición inmediata de sus bienes; pero ya hemos demostrado que, mientras sean estos los que se prestan (y no sustitutos monetarios con los que comprar bienes que no existen), sí están basados en el ahorro.

Decíamos también que no es lo mismo hacer una promesa de pago verbal que entregar una promesa de pago (o sustituto monetario). En el primer caso —donde el comprador simplemente promete realizar un pago al cabo de X tiempo—, el vendedor no podrá comprarse otra cosa hasta que efectivamente reciba el pago; mientras que en el segundo caso —donde el vendedor recibe una promesa de pago o pagaré— podrá comprarse otra cosa inmediatamente. En el primer caso el comprador paga a crédito —puesto que existe una renuncia por parte del vendedor—, y en el segundo caso paga al contado. El hecho de que los compradores puedan emitir sus propias promesas de pago —o sustitutos monetarios— cada vez que quieran adquirir un bien, y de que luego los vendedores también puedan utilizar los mismos sustitutos monetarios para comprar otros bienes hace que, en última instancia, se consuman los bienes ya existentes a una velocidad mayor a la que se producen los nuevos.

Si los vendedores reciben sustitutos monetarios a la hora de vender 100 bienes, es el equivalente a que los prestamistas de un banco reciban sustitutos monetarios al dejar 100 bienes (o el valor monetario de los mismos). Los prestamistas no renuncian a los bienes que dejan en el banco (o al valor monetario de los mismos), porque disponen de sustitutos monetarios con los que pueden comprar otros iguales; y los vendedores tampoco renuncian a los bienes que venden, porque reciben sustitutos monetarios con los que pueden comprar otros iguales (o los mismos). Tal y como dice el profesor Rallo, la persona que otorga el crédito es siempre la que entrega los bienes presentes; y esta puede ser tanto el vendedor como el prestamista del banco si es que, efectivamente, renuncia a los bienes que entrega (o al valor monetario de los mismos). Como ninguno de los dos lo hace (ya que ambos reciben sustitutos monetarios a cambio de los bienes que entregan), en realidad no existe ningún crédito por parte de nadie.

En un verdadero pago a crédito, una persona compraría un ordenador al vendedor A, a cambio de pagarle en un mes. Entonces el vendedor A compraría un televisor al vendedor B, a cambio de pagarle en dos meses (después de haber recibido el pago de la primera persona). Luego el vendedor B compraría una consola al vendedor C a cambio de pagarle en tres meses (cuando reciba el pago del vendedor A), y así sucesivamente. Podemos observar que, en este ejemplo, los vendedores tardan cada vez más tiempo en cobrar el importe de sus ventas, por lo que llegará un momento en el que se negarán a realizarlas a crédito.

Sin embargo, si reciben directamente un pagaré, poco les importará si es a un mes o a un año; puesto que pueden endosárselo a otro vendedor, o bien descontarlo en el banco (con una quita, al cobrar el importe antes de la fecha) si es que nadie lo acepta. Y recordemos que, puesto que el banco (con un coeficiente de caja del 10%) puede emitir 1000 euros en forma de sustitutos monetarios por cada 100 en efectivo que —a nivel contable— tiene en caja; la quita del pagaré (o el importe que no le entregue al dueño por haberlo cobrado antes de la fecha) la empleará para conceder otros créditos.

      Hacer una promesa de pago verbal no es lo mismo que entregar una promesa de pago (en forma de pagaré, de cheque, o del instrumento que se quiera); y solo actúa de prestamista aquel que temporalmente renuncia a sus bienes, y por lo tanto también al importe de los mismos.

¿Banca libre con reserva fraccionaria?

Los teóricos de la banca libre defienden que, sin la existencia de un Banco Central que garantice el rescate de los bancos privados, ninguno se endeudará excesivamente, pues el sistema Compensación Interbancaria llevará a la quiebra a aquellos bancos que emitan más sustitutos monetarios que los demás. Por ejemplo, si (a igualdad de circunstancias) el banco X emite sustitutos monetarios por valor de 1000 euros, y el banco Y emite sustitutos monetarios por valor de 500 euros, existirán más probabilidades de que quiebre primero el banco X porque, aunque toda la gente vaya a cobrar sus cheques al banco Y, durante la compensación interbancaria éste cobrará los que correspondan al anterior. Recordemos que, si el banco X emite un cheque, el importe de ese cheque saldrá del banco X, aunque el dueño del cheque lo presente en otro banco.

Uno de los motivos por los que la gente suele cobrar en efectivo el importe de sus cheques o pagarés es para poder depositarlo en los bancos, ya que los cheques y los pagarés no pueden ser depositados. Otro motivo por el que la gente va a cobrar el importe de sus cheques es para poder utilizarlo como medio de pago en establecimientos, ya que los cheques y pagarés no siempre son aceptados. Hay varios motivos por los que la gente puede querer cobrar el importe de sus pagarés; pero no sucede lo mismo con el saldo virtual asociado a las cuenta bancarias. Éste, al contrario de lo que sucede con los cheques y pagarés, sí es aceptado como medio de pago en cualquier establecimiento; y además ya es un depósito en sí mismo, por lo que no hay necesidad de “volver a depositarlo”.

      Si una persona recibe un cheque, necesita cobrar el importe para poder depositarlo en el banco. En cambio, si una persona recibe una transferencia, el importe ya aparece reflejado en su cuenta, como si hubiera hecho el depósito ella misma. Las personas, entonces, no tienen ninguna necesidad de retirar su dinero en efectivo en ningún momento; y por lo tanto los bancos tampoco se ven obligados a limitar la expansión crediticia. Actualmente los cheques y pagarés ya apenas circulan como sustitutos monetarios; al haber sido sustituidos por saldo virtual asociado a nuestras cuentas bancarias. Y, como éste ya se ha convertido en un medio de pago comúnmente aceptado, nadie tiene ninguna necesidad de retirar su dinero en efectivo.

      “Al adquirir los billetes de banco la naturaleza de unidades monetarias, los mismos nunca serán devueltos al banco para retirar el dinero, puesto que pasan ya de mano en mano y son considerados como dinero por sí mismos” (Pág. 199 del libro Dinero, crédito bancario y ciclos económicos; de Jesús Huerta de Soto).

Con el agravante de que, tal y como decíamos, el dinero virtual ya constituye un depósito en sí mismo, por lo que nadie tiene que retirar su dinero en efectivo para poder depositarlo. La compensación interbancaria, que en otros escenarios favorecería a los bancos que menos deuda emitiesen; en el contexto actual no sirve absolutamente para nada, porque nadie tiene ninguna necesidad real de cobrar en efectivo el saldo virtual de su cuenta.

Ahora bien, dicen también los defensores de la reserva fraccionaria (tales como el profesor Juan Ramón Rallo) que no necesariamente tienen que producirse crisis económicas en un sistema de banca libre. Efectivamente, y tal y como demostramos en el capítulo anterior, las crisis económicas no van a producirse mientras se fabriquen nuevos bienes al mismo tiempo que se crean nuevos medios de pago. Incluso aunque no vaya completamente aparejada una cosa con la otra, el sistema puede absorber pequeñas descompensaciones con una subida leve de los precios; sin que se generen descoordinaciones en las etapas del proceso productivo. Sin embargo, en un sistema donde los bancos emitan sus propios medios de pago siempre se producirán desajustes porque, aunque ante la ausencia de un Banco Central que los rescate intenten actuar de forma responsable (cosa imposible como ya hemos visto), continuamente prestarán unos bienes que no se han ahorrado, y que ni siquiera existen como tal.

En definitiva: sistema de banca libre con reserva fraccionaria sí, pero en el que los banqueros solo puedan prestar una fracción de lo que han recibido prestado; sin facilitar sustitutos monetarios ni a los prestamistas ni a los prestatarios.

El Patrón Oro:

Ya hemos visto, durante todas estas páginas, que al final da igual cuánto dinero se cree contablemente —en forma de depósitos— si los usuarios de un banco no reciben sustitutos monetarios perfectos, o algún tipo de instrumento de pago que les permita utilizar el saldo virtual de dichos depósitos. Igualmente hemos visto que son los préstamos en forma de sustitutos monetarios los que verdaderamente producen las crisis económicas; y no los préstamos en los que directamente se entrega a los prestatarios el dinero de los depositantes, sin facilitarles a estos otros medios de pago. Aunque una redistribución errónea del dinero también desencadena efectos negativos, nunca podrán ser tan graves como los que tienen lugar cuando se crean nuevos medios de pago, sin que a su vez se produzcan nuevos bienes y servicios que los respalden.

Actualmente todos los bancos reciben el dinero de sus clientes como si fueran préstamos —aún sabiendo que en muchos casos la motivación es la de hacer un depósito—, por culpa de un sistema de reserva fraccionaria que permite a los banqueros prestar 99 veces el dinero que reciben (el coeficiente de caja actual en España es del 1%) sin hacer ningún tipo de distinción entre los contratos de préstamo y los contratos de depósito. El profesor Huerta de Soto insiste en la necesidad de que los bancos diferencien entre ambos tipos de contrato, pero únicamente está a favor de que presten aquel dinero que saben en qué fecha concreta tendrán que devolver. Según él (y al contrario de lo que defiende el profesor Juan Ramón Rallo), ningún dinero a la vista presentado en el banco debe prestarse o invertirse, porque generaría una doble disponibilidad entre los depositantes —que no han renunciado a él— y los prestatarios. Pero ya vimos que esta doble disponibilidad no se produce (a menos que se emitan sustitutos monetarios) y que los depositantes sí renuncian a la disponibilidad inmediata de su dinero mientras lo mantienen en el banco. Además, también vimos que hay empresas —como los fondos de inversión, o cualquier negocio en el que los empresarios acepten cancelaciones anticipadas de los préstamos a plazo, convirtiéndolos así en préstamos a la vista— que invierten el dinero que sus clientes les prestan a la vista; manteniendo solo una pequeña reserva en caja. Actualmente, y para que sirva de referencia, el coeficiente legal de liquidez de los fondos de inversión es del 1%; aunque generalmente operan con un coeficiente de liquidez mayor, que a veces llega hasta el 10%. Vemos, por lo tanto, que el coeficiente de liquidez de los fondos de inversión no es del 100% (tal y como el profesor Huerta de Soto pretende para los depósitos a la vista y derivados), y que aún así no crean ninguna doble disponibilidad ni ningún dinero de la nada.

Y si hay empresas que ya invierten los préstamos a la vista de sus clientes (sin necesidad de emitir sustitutos monetarios perfectos), seguro que los bancos también podrían hacerlo igual de bien. Pero, para ello, tendrían que empezar a distinguir entre préstamos y depósitos (independientemente de que sean a plazo o la vista), y a aceptar siempre la motivación de cada contrato. Antiguamente, las diferencias entre cada tipo de contrato tuvieron que estar muy bien definidas, si es que en algún momento llegó a emplearse un Patrón Oro puro, en el que todos los certificados entregados por los bancos tuviesen su contrapartida en oro.

Un Patrón Oro puro siempre exige la convertibilidad exacta de todos los sustitutos monetarios emitidos o, dicho de otro modo, la obligación de mantener en el banco tanto oro como sustitutos monetarios se encuentren en circulación; para que estos siempre puedan tener su respaldo en oro. Si se proporcionan sustitutos monetarios a las personas que dejan su oro en el banco (al entenderse que lo están depositando a la vista), entonces no puede prestarse su oro, y el coeficiente de caja tiene que ser del 100%. Si, en cambio, no se entregan sustitutos monetarios a las personas que dejan su oro en el banco (al entenderse que lo están prestando a la vista), entonces los banqueros sí pueden prestarlo, y el coeficiente de caja puede bajar del 100%. Aunque, obviamente, en este caso los banqueros deben prestar el propio oro de los prestamistas, y no sustitutos monetarios; ya que entonces cabría la posibilidad de que los prestamistas fueran a sacar su oro del banco cuando todavía los prestatarios estuvieran utilizando los sustitutos monetarios, y de que se generara una doble disponibilidad entre ambos.

No obstante, lo peor que un banco puede hacer es facilitar sustitutos monetarios tanto al prestamista como al prestatario, porque entonces la doble disponibilidad se producirá seguro, salvo que al menos uno de ellos esté renunciando a utilizar el saldo de su cuenta bancaria como medio de pago, y al mismo tiempo esté renunciando a sacar su dinero del banco.

Vemos entonces que, para mantener un Patrón Oro puro, antiguamente los banqueros tenían que conservar continuamente tanto oro como sustitutos monetarios hubiesen emitido. Actualmente, sin embargo y puesto que los banqueros ya no reciben oro, para mantener un “Patrón Oro” puro deben conservar continuamente tantos billetes como sustitutos monetarios hayan emitido. En realidad, no importa que los actuales billetes no sean convertibles en oro (siempre y cuando no se impriman más); lo que importa es que todo el saldo virtual esté siempre respaldado por billetes.

Si los banqueros van a prestar el dinero en efectivo de sus clientes —al entender que son prestamistas—, entonces no deberían facilitarles sustitutos monetarios; y si los banqueros van a facilitar sustitutos monetarios a sus clientes —entendiendo que son depositantes—, entonces no deberían prestar su dinero. De esta manera, todo el dinero virtual emitido por los bancos será convertible al 100% en billetes físicos, y no existirá ningún porcentaje de dinero creado de la nada.

Únicamente mediante el restablecimiento del Patrón Oro (adaptado a las condiciones actuales) y el fin de la Banca Central —o de cualquier otra Institución que pueda devaluar la moneda o rescatar a los bancos imprimiendo nuevos billetes— se pueden evitar los recurrentes ciclos de auge y recesión económica que han ocurrido a lo largo de toda la historia. Tan solo respetando los principios generales del derecho (en los cuales se distingue claramente entre el contrato de depósito y el de préstamo) se podrá acabar con las crisis financieras y lograr un crecimiento económico sano, basado en un ahorro real y no en una expansión artificial del crédito. La emisión de medios fiduciarios (sin respaldo económico), como ya ha quedado demostrado en tantas ocasiones, seguirá produciendo escenarios donde el enriquecimiento virtual e insostenible siempre terminará revirtiéndose, hasta que los bancos dejen de inundar el mercado con su dinero espurio, y con sus promesas de pago creadas a partir de la nada.

 

Bibliografía y referencias:

JESÚS HUERTA DE SOTO

 Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, de Jesús Huerta de Soto.
http://www.miseshispano.org/wp-content/uploads/2013/01/Dinero-Cr%C3%A9dito-Bancario-y-Ciclos-Econ%C3%B3micos-.pdf
Págs. citadas:  48, 54, 55, 122, 127, 151, 153, 197, 198, 199, 202, 219       

Curso por internet de introducción a la economía,
de José Manuel González González.
http://www.jesushuertadesoto.com/wp-content/uploads/2014/12/Curso_Internet_JHS_ebook_pro.pdf

Definición y tipos de dinero:
https://www.youtube.com/watch?v=yE6mLI1S2g0

Clases del profesor Huerta de Soto:

-El depósito irregular a lo largo de la historia.
http://anarcocapitalista.com/JHSLecciones23.htm
http://anarcocapitalista.com/JHSLecciones24.htm

-Intentos de fundamentación jurídica de la banca con Reserva Fraccionaria.     http://anarcocapitalista.com/JHSLecciones25.htm

-El proceso bancario de expansión crediticia.
http://anarcocapitalista.com/JHSLecciones26.htm

-La Teoría Austríaca del ciclo económico.
http://anarcocapitalista.com/JHSLecciones29.htm

http://anarcocapitalista.com/

JUAN RAMÓN RALLO

-Algunos errores graves en la teoría monetaria de Mises.
https://www.youtube.com/watch?v=Yfz_xTryC_4

-Cómo crean dinero los bancos.
http://juanramonrallo.com/2011/08/%C2%BFcomo-crean-dinero-los-bancos/

-La redefinición moderna del origen y de las funciones del dinero.
http://juanramonrallo.com/2013/06/leccion-5-la-redefinicion-moderna-del-origen-y-de-las-funciones-del-dinero/

-¿Crean los bancos dinero de la nada?
https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/crean-los-bancos-dinero-de-la-nada

                                                               OTROS:

-Los bancos, como simples intermediarios financieros entre los agentes que conceden el crédito (aportando los bienes presentes) y los agentes que lo reciben.
https://la-accion-humana.blogspot.com.es/2014/09/tienes-ninos-o-piensas-tenerlos-hazlo.html

-Ejemplo de confusión entre crédito mercancía y crédito circulatorio:
http://chartalismo.blogspot.com.es/2016/11/que-es-el-dinero-parte-i.html

-Teoría de Carlos Bondone, y ejemplo de la confusión entre bienes presentes y bienes futuros.
http://eleconomistaprudente.com/?tag=carlos-bondone-bien-presente-bien-futuro-credito

-Los Fondos de Inversión podrán reducir su coeficiente de liquidez al 1%.
http://www.expansion.com/mercados/2015/07/08/559d15e022601def208b4588.html

-Liquidez de los Fondos de Inversión:
https://www.ocu.org/inversiones/la-liquidez-en-los-fondos-de-inversion-s5045624.htm

 

© Diciembre de 2016. Sara de Mingo Fernández. http:creaciondedinero.es
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2 comentarios en “Mitos de la creación de dinero en la Escuela Austríaca

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